Todos los poetas interaccionan con las aves. O quizás el lenguaje tenga una fascinación innata por cualquier cosa aviar, como cuando éramos niños y narrábamos historias de todo tipo de vuelos y criaturas aladas. Y es que cuando uno descubre los pájaros es difícil despojarse de su símbolo, tan espiritualmente exacto que no requiere que se le añada más. Ahora, cuando los pájaros pueblan un texto este se convierte en otra cosa; tiene ya un símbolo vivo, común a todos los lectores, que despierta su subconsciente de golpe.

Los pájaros negros, en especial, han sido un recurso enorme de la literatura para sugerir puentes entre este mundo y otros a menudo más oscuros. Pero hay un aspecto en ellos, en su color y temperamento, que no depende del poeta ni del lector; que está contenido en su materia bruta y los convierte en elementos insólitamente adecuados para la auto-iluminación. Si consultamos antologías poéticas, el pájaro negro (ya sea mirlo, zorzal, cuervo, cenzontle, zanate…) está y ha estado en todas partes. Es un símbolo arquetípico altamente descifrable, pero es su estatus de mensajero el que lo ha colocado como un protagonista de la psique poética, que, quizás, siempre ha aspirado a silbar como él.

Los siguientes son dos bellísimos poemas modernos que hablan sobre el blackbird. Ambos tienen la cualidad de permanecer con el lector como pulsos físicos que se sienten en el cuerpo y lo acompañan toda su vida como refulgentes fantasmas. El primero es del irlandés Seamus Heaney y se titula “San Kevin y el mirlo”; el segundo, “Trece formas de mirar un mirlo”, lo escribió el estadounidense Wallace Stevens. Para cerrar el triangulo de pájaros negros (porque su esencia es más esta que la de un par) añadimos la canción de The Beatles, escrita por Lennon y McCartney, que tiene también ese luto persuasivo del ave negra que se queda cerca mucho tiempo.

.

 

San Kevin y el mirlo

Seamus Heaney

 Helos aquí: San Kevin y el mirlo.
De rodillas, los brazos en cruz, el santo
Está dentro de su celda, pero la celda es tan angosta,

Que una palma volteada sale por la ventana,
Rígida como una viga transversal, cuando un mirlo
Llega a posarse: pone sus huevos y se dispone a anidar.

Kevin siente los tibios huevos, el pequeño pecho,
La cabeza y garras acurrucadas, se sabe parte
De la gran cadena de la vida eterna,

Y eso lo mueve a piedad: ahora habrá de mantener la mano
Como una rama a merced del sol y de la lluvia semanas enteras,
Hasta que los polluelos rompan el cascarón, echen plumas y vuelen.

*

Y ya que todo esto es algo imaginado,
Imagina que eres Kevin. ¿Cómo estará?
¿En olvido de sí o en agonía todo el tiempo,

Desde el cuello hasta los adoloridos antebrazos?
¿Se le habrán dormido los dedos? ¿Sentirá aún las rodillas?
¿O acaso la mirada en blanco del subsuelo

Habrá trepado a través suyo? ¿Existirá la distancia en su cabeza?
Solo y reflejado claramente en el río profundo del amor,
“Trabajar, sin pretender ninguna recompensa”, reza,

Una oración elevada por su cuerpo enteramente,
Pues él ha olvidado el ser, ha olvidado al ave
Y, en la ribera, el nombre del río ha olvidado.

Traducción de Pura López Colomé© De The Spirit Level, Faber & Faber, 1996.

.

Trece formas de mirar un mirlo

Wallace Stevens

I

Entre veinte montañas nevadas
Sólo se movía
El ojo de un mirlo.

II

Tenía tres deseos
Como un árbol
En el que hay tres mirlos.

III

El mirlo que hacía cabriolas en el viento de otoño
Era una pequeña parte de la pantomima.

IV

Un hombre y una mujer
Son uno.
Un hombre y una mujer y un mirlo
Son uno.

V

No sé qué preferir,
La belleza de las inflexiones
O la belleza de las insinuaciones,
El trino del mirlo
O después.

VI

Los carámbanos llenaron la larga ventana
Con vidrio bárbaro.
La sombra del mirlo
Lo cruzó, de un lado a otro.
El humor
Trazó en la sombra
Una causa indescifrable.

VII

Oh, magros hombres de Haddam,
¿Por qué imaginan pájaros de oro?
¿No ven acaso cómo el mirlo
Sigue los pasos
De las mujeres que los rodean?

VIII

Yo sé nobles acentos
Y lúcidos ritmos, inescapables;
Pero también, sé,
Que el mirlo forma parte
De lo que yo sé.

IX

Cuando el mirlo se perdió de vista
Señaló el límite de uno de muchos círculos.

X

A la vista de mirlos
Volando en la luz verde,
Aun el parloteo de la eufonía
Gritaría agudamente.

XI

En una calesa de cristal
Recorrió Connecticut.
Una vez, lo traspasó un temor
Cuando confundió
Con los mirlos
La sombra de su equipaje.

XII

Se mueve el río.
Debe estar volando el mirlo.

XIII

Fue de noche toda la tarde.
Estaba nevando
E iba a nevar.
El mirlo se posó
En la rama del cedro.

Traducción de Miguel Ángel Flores

.

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Image 2: St. Kevin at Our Lady of Knock Shrine in Ireland / by Karen A. Doherty – Green Canticle

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Todos los poetas interaccionan con las aves. O quizás el lenguaje tenga una fascinación innata por cualquier cosa aviar, como cuando éramos niños y narrábamos historias de todo tipo de vuelos y criaturas aladas. Y es que cuando uno descubre los pájaros es difícil despojarse de su símbolo, tan espiritualmente exacto que no requiere que se le añada más. Ahora, cuando los pájaros pueblan un texto este se convierte en otra cosa; tiene ya un símbolo vivo, común a todos los lectores, que despierta su subconsciente de golpe.

Los pájaros negros, en especial, han sido un recurso enorme de la literatura para sugerir puentes entre este mundo y otros a menudo más oscuros. Pero hay un aspecto en ellos, en su color y temperamento, que no depende del poeta ni del lector; que está contenido en su materia bruta y los convierte en elementos insólitamente adecuados para la auto-iluminación. Si consultamos antologías poéticas, el pájaro negro (ya sea mirlo, zorzal, cuervo, cenzontle, zanate…) está y ha estado en todas partes. Es un símbolo arquetípico altamente descifrable, pero es su estatus de mensajero el que lo ha colocado como un protagonista de la psique poética, que, quizás, siempre ha aspirado a silbar como él.

Los siguientes son dos bellísimos poemas modernos que hablan sobre el blackbird. Ambos tienen la cualidad de permanecer con el lector como pulsos físicos que se sienten en el cuerpo y lo acompañan toda su vida como refulgentes fantasmas. El primero es del irlandés Seamus Heaney y se titula “San Kevin y el mirlo”; el segundo, “Trece formas de mirar un mirlo”, lo escribió el estadounidense Wallace Stevens. Para cerrar el triangulo de pájaros negros (porque su esencia es más esta que la de un par) añadimos la canción de The Beatles, escrita por Lennon y McCartney, que tiene también ese luto persuasivo del ave negra que se queda cerca mucho tiempo.

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San Kevin y el mirlo

Seamus Heaney

 Helos aquí: San Kevin y el mirlo.
De rodillas, los brazos en cruz, el santo
Está dentro de su celda, pero la celda es tan angosta,

Que una palma volteada sale por la ventana,
Rígida como una viga transversal, cuando un mirlo
Llega a posarse: pone sus huevos y se dispone a anidar.

Kevin siente los tibios huevos, el pequeño pecho,
La cabeza y garras acurrucadas, se sabe parte
De la gran cadena de la vida eterna,

Y eso lo mueve a piedad: ahora habrá de mantener la mano
Como una rama a merced del sol y de la lluvia semanas enteras,
Hasta que los polluelos rompan el cascarón, echen plumas y vuelen.

*

Y ya que todo esto es algo imaginado,
Imagina que eres Kevin. ¿Cómo estará?
¿En olvido de sí o en agonía todo el tiempo,

Desde el cuello hasta los adoloridos antebrazos?
¿Se le habrán dormido los dedos? ¿Sentirá aún las rodillas?
¿O acaso la mirada en blanco del subsuelo

Habrá trepado a través suyo? ¿Existirá la distancia en su cabeza?
Solo y reflejado claramente en el río profundo del amor,
“Trabajar, sin pretender ninguna recompensa”, reza,

Una oración elevada por su cuerpo enteramente,
Pues él ha olvidado el ser, ha olvidado al ave
Y, en la ribera, el nombre del río ha olvidado.

Traducción de Pura López Colomé© De The Spirit Level, Faber & Faber, 1996.

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Trece formas de mirar un mirlo

Wallace Stevens

I

Entre veinte montañas nevadas
Sólo se movía
El ojo de un mirlo.

II

Tenía tres deseos
Como un árbol
En el que hay tres mirlos.

III

El mirlo que hacía cabriolas en el viento de otoño
Era una pequeña parte de la pantomima.

IV

Un hombre y una mujer
Son uno.
Un hombre y una mujer y un mirlo
Son uno.

V

No sé qué preferir,
La belleza de las inflexiones
O la belleza de las insinuaciones,
El trino del mirlo
O después.

VI

Los carámbanos llenaron la larga ventana
Con vidrio bárbaro.
La sombra del mirlo
Lo cruzó, de un lado a otro.
El humor
Trazó en la sombra
Una causa indescifrable.

VII

Oh, magros hombres de Haddam,
¿Por qué imaginan pájaros de oro?
¿No ven acaso cómo el mirlo
Sigue los pasos
De las mujeres que los rodean?

VIII

Yo sé nobles acentos
Y lúcidos ritmos, inescapables;
Pero también, sé,
Que el mirlo forma parte
De lo que yo sé.

IX

Cuando el mirlo se perdió de vista
Señaló el límite de uno de muchos círculos.

X

A la vista de mirlos
Volando en la luz verde,
Aun el parloteo de la eufonía
Gritaría agudamente.

XI

En una calesa de cristal
Recorrió Connecticut.
Una vez, lo traspasó un temor
Cuando confundió
Con los mirlos
La sombra de su equipaje.

XII

Se mueve el río.
Debe estar volando el mirlo.

XIII

Fue de noche toda la tarde.
Estaba nevando
E iba a nevar.
El mirlo se posó
En la rama del cedro.

Traducción de Miguel Ángel Flores

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Image 2: St. Kevin at Our Lady of Knock Shrine in Ireland / by Karen A. Doherty – Green Canticle

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