De todos los actos que nos hacen humanos, llorar es quizá el más contundente de todos. Se trata del momento en que la emoción, placentera o desagradable, aquello que no se ve ni se toca, se materializa y se derrama, un vertimiento tan metafórico como físico. Y es que hay un cierto placer, como alguna vez lo aseguró el gran Ovidio, en llorar —eso sin mencionar sus capacidades catárticas y curativas.

Las lágrimas, por su parte, son símbolos en sí mismas. Joyas acuosas (y casi marinas por su gusto a sal), han inspirado una gran cantidad de obras que frecuentemente coinciden en su calidad purificadora, una que comparten con el agua y que, como la del mar, limpia todo lo que toca, una que sin duda es capaz de hacer las penas un poco menores, de expiarlas a través de lo corpóreo.

“La tierra de las lágrimas es un lugar tan secreto”, escribió Antoine de Saint-Exupéry, un escritor que brilló intensamente por su tremenda sensibilidad. Y sí, el llanto es un acto casi siempre privado, un espacio íntimo que la gran mayoría prefiere vivir en soledad, tal vez por la irrebatible manifestación que implica.

Así también, en su cualidad ritual, el llanto puede disfrutarse mejor en algunos espacios, en momentos u horas específicos. A continuación algunos de los más propicios:

Una cascada

Si quieres llorar en silencio pero no puedes, el ruido de la cascada enmudecerá tu llanto. A manera de espejo, el agua cae en grandes cantidades mientras las lágrimas (diminutas a fuerza de la comparación) no pueden sino verse reflejadas ante lo inmenso.

El desierto

“En el desierto se está siempre en el centro”, escribió Borges, y además ese centro, esa amplitud de horizonte, esa fertilidad que surge del vacío, es uno de los lugares más íntimos e introspectivos del mundo.

El cine

Porque nadie puede verte, porque casi nadie puede escucharte, porque nadie está poniéndote atención y porque, si eres lo suficientemente afortunado, lo que estás viendo en la pantalla puede propiciar el placer de un llanto pendiente.

Una playa

La sal interior se derrama en el rostro, la de afuera se agita, se revuelve, ruge e, incluso, tiene un olor particular. La inmensidad del mar, como la del desierto, es capaz de tocar nuestros más sensibles rincones.

Una tina

Durante un baño, las lágrimas se pierden en el agua que te envuelve y que es capaz de confortarte como una especie de estado primigenio que obsequia seguridad y también fragilidad. Entonces, estarás bañándote en tus propias lágrimas.

Frente a un espejo

Porque no existe un enfrentamiento mayor con uno mismo, con ese desconocido que se ha vuelto conocido a fuerza de la costumbre, que el acto de llorar frente a la propia imagen.

BONUS

Un diván

Pues las palabras sentidas (y escuchadas) pueden convertirse en nudos de emoción que cortan la voz y, también, pueden derramarse con libertad.

 

 

 

Imagen: Dominio público

De todos los actos que nos hacen humanos, llorar es quizá el más contundente de todos. Se trata del momento en que la emoción, placentera o desagradable, aquello que no se ve ni se toca, se materializa y se derrama, un vertimiento tan metafórico como físico. Y es que hay un cierto placer, como alguna vez lo aseguró el gran Ovidio, en llorar —eso sin mencionar sus capacidades catárticas y curativas.

Las lágrimas, por su parte, son símbolos en sí mismas. Joyas acuosas (y casi marinas por su gusto a sal), han inspirado una gran cantidad de obras que frecuentemente coinciden en su calidad purificadora, una que comparten con el agua y que, como la del mar, limpia todo lo que toca, una que sin duda es capaz de hacer las penas un poco menores, de expiarlas a través de lo corpóreo.

“La tierra de las lágrimas es un lugar tan secreto”, escribió Antoine de Saint-Exupéry, un escritor que brilló intensamente por su tremenda sensibilidad. Y sí, el llanto es un acto casi siempre privado, un espacio íntimo que la gran mayoría prefiere vivir en soledad, tal vez por la irrebatible manifestación que implica.

Así también, en su cualidad ritual, el llanto puede disfrutarse mejor en algunos espacios, en momentos u horas específicos. A continuación algunos de los más propicios:

Una cascada

Si quieres llorar en silencio pero no puedes, el ruido de la cascada enmudecerá tu llanto. A manera de espejo, el agua cae en grandes cantidades mientras las lágrimas (diminutas a fuerza de la comparación) no pueden sino verse reflejadas ante lo inmenso.

El desierto

“En el desierto se está siempre en el centro”, escribió Borges, y además ese centro, esa amplitud de horizonte, esa fertilidad que surge del vacío, es uno de los lugares más íntimos e introspectivos del mundo.

El cine

Porque nadie puede verte, porque casi nadie puede escucharte, porque nadie está poniéndote atención y porque, si eres lo suficientemente afortunado, lo que estás viendo en la pantalla puede propiciar el placer de un llanto pendiente.

Una playa

La sal interior se derrama en el rostro, la de afuera se agita, se revuelve, ruge e, incluso, tiene un olor particular. La inmensidad del mar, como la del desierto, es capaz de tocar nuestros más sensibles rincones.

Una tina

Durante un baño, las lágrimas se pierden en el agua que te envuelve y que es capaz de confortarte como una especie de estado primigenio que obsequia seguridad y también fragilidad. Entonces, estarás bañándote en tus propias lágrimas.

Frente a un espejo

Porque no existe un enfrentamiento mayor con uno mismo, con ese desconocido que se ha vuelto conocido a fuerza de la costumbre, que el acto de llorar frente a la propia imagen.

BONUS

Un diván

Pues las palabras sentidas (y escuchadas) pueden convertirse en nudos de emoción que cortan la voz y, también, pueden derramarse con libertad.

 

 

 

Imagen: Dominio público