John Cage es uno de los nombres más reconocidos de la vanguardia musical del siglo XX. Su audacia, su talento y lúdica inteligencia hicieron de él un compositor polémico, oscilante entre el genio y el humor, la obra maestra y la broma de talante casi infantil.

En una biografía recientemente publicada (Where the Heart Beats: John Cage, Zen Buddhism, and the Inner Life of Artists), Kay Larson, una conocida crítica de arte y budista ella misma, explora las relaciones de Cage con el budismo zen, en particular la influencia que esta práctica tuvo en su vida creativa.

Luego de deambular por distintas tradiciones y búsquedas espirituales, Cage finalmente recaló en el budismo, en buena medida gracias a los ensayos sobre el tema escritos por D. T. Suzuki, quien a la postre se convirtió en uno de sus maestros más decisivos y le mostró una manera diametralmente distinta de comprender el mundo en comparación con la usual en Occidente.

Cage aprendió de Suzuki a romper con el individualismo tan propio de las sociedades occidentales, a renunciar y a “insertar al individuo en el flujo de lo corriente, el flujo de todo lo que pasa”, a preferir las preguntas sobre las decisiones (teniendo como guía los 64 hexagramas del I Ching); en suma, primero Suzuki y después la profundización en el zen dieron a Cage las claves para liberarse de “la propia ceguera espiritual” que de alguna manera entorpecía su actividad creadora. En ésta, dicha aventura espiritual se refleja tanto en las formas de la composición como en el sentido último que intentan inspirar. Partiendo del principio de que “la función de la música, como cualquier otra ocupación saludable, es juntar de nuevo esas partes separadas” que son la mente consciente y la esfera de lo inconsciente, Cage se propuso en varias de sus piezas favorecer las condiciones para que sucediera una especie de instante de iluminación, de entendimiento en el que lo imprevisto o lo aparentemente absurdo adquirieran pleno sentido por una vía espiritual más que racional.

Para finalizar este breve recuento, vale la pena rescatar esta anécdota que de algún modo anticipa la inclinación de Cage por el budismo zen, como si antes de iniciarse en su doctrina y su práctica supiera de antemano que este sería el camino espiritual que mayor satisfacción le generaría:

Mis composiciones surgen de formular preguntas. Recuerdo una historia acerca de una clase con Schönberg. Nos pidió que fuéramos a la pizarra a resolver un cierto problema sobre contrapunto (creo que era una clase de armonía). Dijo: ‘Cuando tengan una solución, voltéense y déjenme verla’. Lo hice. Entonces él dijo: ‘Ahora otra solución, por favor’. Di otra y otra hasta que finalmente tuve siete u ocho; pensé un poco y después dije con alguna certeza: ‘No hay más soluciones’. Él dijo: ‘Está bien. ¿Cuál es el principio subyacente en todas estas soluciones?’. No pude responder a la pregunta, pero siempre adoré al hombre y en ese momento incluso más. Él ascendió, por decirlo de alguna manera. Pasé el resto de mi vida, hasta hace muy poco, escuchándolo hacer la pregunta una y otra vez. Y entonces se me ocurrió que a través de la dirección que mi trabajo había tomado, es decir, la renunciación a las elecciones y la sustitución de interrogantes, el principio subyacente de todas las soluciones que le di era la pregunta que él había hecho, porque aquellas ciertamente no provenían de ningún otro punto. Él habría aceptado la respuesta, creo. Las respuestas tienen preguntas en común, por lo tanto la pregunta subyace a las respuestas.

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John Cage es uno de los nombres más reconocidos de la vanguardia musical del siglo XX. Su audacia, su talento y lúdica inteligencia hicieron de él un compositor polémico, oscilante entre el genio y el humor, la obra maestra y la broma de talante casi infantil.

En una biografía recientemente publicada (Where the Heart Beats: John Cage, Zen Buddhism, and the Inner Life of Artists), Kay Larson, una conocida crítica de arte y budista ella misma, explora las relaciones de Cage con el budismo zen, en particular la influencia que esta práctica tuvo en su vida creativa.

Luego de deambular por distintas tradiciones y búsquedas espirituales, Cage finalmente recaló en el budismo, en buena medida gracias a los ensayos sobre el tema escritos por D. T. Suzuki, quien a la postre se convirtió en uno de sus maestros más decisivos y le mostró una manera diametralmente distinta de comprender el mundo en comparación con la usual en Occidente.

Cage aprendió de Suzuki a romper con el individualismo tan propio de las sociedades occidentales, a renunciar y a “insertar al individuo en el flujo de lo corriente, el flujo de todo lo que pasa”, a preferir las preguntas sobre las decisiones (teniendo como guía los 64 hexagramas del I Ching); en suma, primero Suzuki y después la profundización en el zen dieron a Cage las claves para liberarse de “la propia ceguera espiritual” que de alguna manera entorpecía su actividad creadora. En ésta, dicha aventura espiritual se refleja tanto en las formas de la composición como en el sentido último que intentan inspirar. Partiendo del principio de que “la función de la música, como cualquier otra ocupación saludable, es juntar de nuevo esas partes separadas” que son la mente consciente y la esfera de lo inconsciente, Cage se propuso en varias de sus piezas favorecer las condiciones para que sucediera una especie de instante de iluminación, de entendimiento en el que lo imprevisto o lo aparentemente absurdo adquirieran pleno sentido por una vía espiritual más que racional.

Para finalizar este breve recuento, vale la pena rescatar esta anécdota que de algún modo anticipa la inclinación de Cage por el budismo zen, como si antes de iniciarse en su doctrina y su práctica supiera de antemano que este sería el camino espiritual que mayor satisfacción le generaría:

Mis composiciones surgen de formular preguntas. Recuerdo una historia acerca de una clase con Schönberg. Nos pidió que fuéramos a la pizarra a resolver un cierto problema sobre contrapunto (creo que era una clase de armonía). Dijo: ‘Cuando tengan una solución, voltéense y déjenme verla’. Lo hice. Entonces él dijo: ‘Ahora otra solución, por favor’. Di otra y otra hasta que finalmente tuve siete u ocho; pensé un poco y después dije con alguna certeza: ‘No hay más soluciones’. Él dijo: ‘Está bien. ¿Cuál es el principio subyacente en todas estas soluciones?’. No pude responder a la pregunta, pero siempre adoré al hombre y en ese momento incluso más. Él ascendió, por decirlo de alguna manera. Pasé el resto de mi vida, hasta hace muy poco, escuchándolo hacer la pregunta una y otra vez. Y entonces se me ocurrió que a través de la dirección que mi trabajo había tomado, es decir, la renunciación a las elecciones y la sustitución de interrogantes, el principio subyacente de todas las soluciones que le di era la pregunta que él había hecho, porque aquellas ciertamente no provenían de ningún otro punto. Él habría aceptado la respuesta, creo. Las respuestas tienen preguntas en común, por lo tanto la pregunta subyace a las respuestas.

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