El haiku es una de las formas poéticas más conocidas de Japón y, curiosamente, quizá la única que es ampliamente conocida en Occidente, incluso por personas apenas interesadas en la poesía.

Esto en cierta forma no es casual, pues el haiku lo tiene todo para seducir a casi cualquier lector: es breve, pero al mismo tiempo profundo; apela al instante, como si quisiera apresarlo o darle cierta pátina de eternidad; se trata, además, de una especie de epifanía, una revelación inesperada respecto de la existencia; por último, en su forma canónica, el haiku hace de la naturaleza, en sus múltiples manifestaciones, una presencia imprescindible de todo ello: el instante, la inspiración, el hallazgo.

En los países occidentales, el haiku comenzó a cultivarse hacia finales del siglo XIX. En Francia, en particular, en estos años hubo un interés entusiasta por la cultura japonesa en los círculos intelectuales más decisivos de la época (quizá el ejemplo más conocido de esto sea la identificación de La mer, de Debussy, con La gran ola de Kanagawa, de Hokusai). Hacia comienzos del siglo XX, Ezra Pound también estudió y escribió haikus, y otro poeta notable en este ejercicio fue el mexicano José Juan Tablada.

Hay otro autor que aunque sumamente célebre, quizá no sea muy conocido que también escribió algunos haikus. Nos referimos a Jorge Luis Borges, identificado sin duda por sus cuentos y algunos poemas pero no del todo por esta faceta.

Borges, sin embargo, fue un gran admirador de la cultura japonesa, en particular hacia el final de su vida, cuando realizó un par de viajes al país. “Yo de algún modo me he ido preparando para esa sorpresa casi total que es el Japón”, dijo en una conferencia que pronunció al respecto en 1985, en cierta medida porque la fascinación de Borges por el país oriental estuvo determinada por algunos de sus intereses de toda la vida: el heroísmo, la civilidad, los jardines y algunas otras cualidades.

Del haiku admiró sobre todo dos características: la ya mencionada brevedad y el hecho de que en el haiku no hay metáfora sino sólo contemplación, contraste, la enunciación de un hecho pero sin el afán de querer convertirlo en otra cosa.

A continuación compartimos 7 haikus escritos por Borges, una selección cuyo resto puede encontrarse en La cifra (1981).

 .

Algo me han dicho

la tarde y la montaña.

Ya lo he perdido.

 .

¿Es o no es

el sueño que olvidé

antes del alba?

 .

La vasta noche

no es ahora otra cosa

que una fragancia.

.

Bajo el alero

el espejo no copia

más que la luna.

 .

¿Es un imperio

esa luz que se apaga

o una luciérnaga?

 .

La luna nueva.

Ella también la mira

desde otra puerta.

 .

Lejos un trino.

El ruiseñor no sabe

que te consuela.

.

El haiku es una de las formas poéticas más conocidas de Japón y, curiosamente, quizá la única que es ampliamente conocida en Occidente, incluso por personas apenas interesadas en la poesía.

Esto en cierta forma no es casual, pues el haiku lo tiene todo para seducir a casi cualquier lector: es breve, pero al mismo tiempo profundo; apela al instante, como si quisiera apresarlo o darle cierta pátina de eternidad; se trata, además, de una especie de epifanía, una revelación inesperada respecto de la existencia; por último, en su forma canónica, el haiku hace de la naturaleza, en sus múltiples manifestaciones, una presencia imprescindible de todo ello: el instante, la inspiración, el hallazgo.

En los países occidentales, el haiku comenzó a cultivarse hacia finales del siglo XIX. En Francia, en particular, en estos años hubo un interés entusiasta por la cultura japonesa en los círculos intelectuales más decisivos de la época (quizá el ejemplo más conocido de esto sea la identificación de La mer, de Debussy, con La gran ola de Kanagawa, de Hokusai). Hacia comienzos del siglo XX, Ezra Pound también estudió y escribió haikus, y otro poeta notable en este ejercicio fue el mexicano José Juan Tablada.

Hay otro autor que aunque sumamente célebre, quizá no sea muy conocido que también escribió algunos haikus. Nos referimos a Jorge Luis Borges, identificado sin duda por sus cuentos y algunos poemas pero no del todo por esta faceta.

Borges, sin embargo, fue un gran admirador de la cultura japonesa, en particular hacia el final de su vida, cuando realizó un par de viajes al país. “Yo de algún modo me he ido preparando para esa sorpresa casi total que es el Japón”, dijo en una conferencia que pronunció al respecto en 1985, en cierta medida porque la fascinación de Borges por el país oriental estuvo determinada por algunos de sus intereses de toda la vida: el heroísmo, la civilidad, los jardines y algunas otras cualidades.

Del haiku admiró sobre todo dos características: la ya mencionada brevedad y el hecho de que en el haiku no hay metáfora sino sólo contemplación, contraste, la enunciación de un hecho pero sin el afán de querer convertirlo en otra cosa.

A continuación compartimos 7 haikus escritos por Borges, una selección cuyo resto puede encontrarse en La cifra (1981).

 .

Algo me han dicho

la tarde y la montaña.

Ya lo he perdido.

 .

¿Es o no es

el sueño que olvidé

antes del alba?

 .

La vasta noche

no es ahora otra cosa

que una fragancia.

.

Bajo el alero

el espejo no copia

más que la luna.

 .

¿Es un imperio

esa luz que se apaga

o una luciérnaga?

 .

La luna nueva.

Ella también la mira

desde otra puerta.

 .

Lejos un trino.

El ruiseñor no sabe

que te consuela.

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