Además de poseer una extraña belleza, la palabra petrofilia describe una de las obsesiones más antiguas del ser humano: el amor por las rocas. De todos los cultos a los seres inanimados que comparten el universo con nosotros, la adoración a las piedras sería caprichosa si no fuera tan irrebatible: se trata de trozos de nuestro planeta con un poder silencioso y casi mágico. Esta tradición nació en China hace muchos siglos, y su historia es narrada brevemente por Alain de Botton en un encantador video de The School of Life.

Todo comenzó en China en el año 826 d.C. mientras Bai Juyi, servidor público del imperio y uno de los poetas más reconocidos de su tiempo, hacía una caminata alrededor del lago Tai; fue entonces cuando notó dos extrañas rocas con una forma singular, éstas lo cautivaron a tal grado que decidió llevarlas a casa, y una vez ahí, las lavó y compuso un poema sobre ellas. En éste describe su apariencia desagradable —amarillentas, oscuras y deformes, llenas de moho— y también sus grietas e imperfecciones, admirables testigos de los procesos del universo y la naturaleza, de acuerdo a los principios de taoísmo. Finalmente, en un acto enternecedor, el poeta pide a las rocas que le hagan compañía en su vejez (quizá porque las percibe como sus iguales); ellas, a pesar de ser mudas, le prometen que lo harán. Este poema y el entusiasmo de su autor iniciaron un gusto por la piedras en todo el oriente, uno que sobrevive hasta el día de hoy.

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Años después, en el siglo XII, Mi Fu —otro excéntrico erudito— protagonizó una escena que habría de reafirmar el privilegiado lugar de las rocas en el imaginario chino. Al ser elegido magistrado de la provincia de Wuwei, fue llamado a conocer a los administradores con los que trabajaría. Mientras los funcionarios lo esperaban para recibirlo en los jardines de la residencia oficial, el recién llegado, al tiempo que caminaba hacia ellos para saludarlos, se detuvo en contra de todo protocolo ante una enorme piedra a la que hizo una reverencia y llamó “vieja hermana piedra”, para después dar un elaborado discurso en su honor. Para cuando terminó con este saludo, quienes lo esperaban estaban perplejos. Este episodio habría de ganarle el apodo “el loco Mi” y también habría de fascinar a muchos durante siglos. Mi Fu incluso redactó un tratado que describía las cuatro principales características estéticas de una roca: shou (su estatura elegante y erguida), tou (los orificios que permiten que el aire y la luz traspasen la piedra), lou (sus canales y grietas) y zhou (las arrugas y su textura).

En los siglos XI y XII, durante la dinastía Song, coleccionar rocas se volvió una práctica común entre estudiosos, artistas y gente de poder, que las montaban sobre preciosas bases de madera tallada, y las colocaban en sus estudios; en el caso de piedras de mayores dimensiones, éstas eran colocadas en sus lujosos jardines como adornos y fuentes silentes de inspiración. En chino, se conocieron como gongshi o “rocas de los eruditos” (una traducción imprecisa, según de Botton, de lo que en realidad significa “rocas espíritu”) y fueron tan valiosas como una pintura o un pergamino de caligrafía. Las más apreciadas eran las rocas calizas de la provincia de Anhoui.

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Como muchas de las tradiciones y filosofías nacidas en China, el amor por las piedras llegaría a Japón en el sigo XV para ahí adquirir una estética propia. Los japoneses las llamaron suiseki y las colocaban en recipientes con arena o agua donde hacían las veces de montañas miniatura con sus respectivos valles y lagos; también las utilizaron como adornos de sus hermosos jardines zen, donde las piedras se rodeaban de arena en la que se dibujaban sofisticados patrones. Los nipones preferían las rocas más lisas, en las que era posible notar el paso del tiempo (un reflejo de los principios estéticos del wabi-sabi).

En uno de sus ensayos, Bai Juyi, el hombre que inició esta tradición con un pequeño poema a dos piedras, habla de la adicción que puede resultar de contemplar las rocas, aconsejando a los hombres sabios dedicar sólo unas pocas horas al día a su observación. La adoración de las rocas en una sociedad como la nuestra podría pensarse como una discreta invitación a buscar la sabiduría afuera de los libros, en el mundo natural, sus elementos y sus patrones, en las cosas pequeñas y que normalmente pasamos por alto como las rocas, objetos que por su aspecto singular, por su silencio que parece sabiduría, se han transformado en receptáculos de nuestra interioridad.

 

*Imágenes: 1) Piedra Lingbi de Anhoui, dinastía Ming, siglo XV / Wikimedia Commons; 2) gongshi o “rocas de los eruditos”, siglo XI / Wikimedia Commons; 3) Mi Fu, pintura de Guo Xu, 1503 / Wikimedia Commons

Además de poseer una extraña belleza, la palabra petrofilia describe una de las obsesiones más antiguas del ser humano: el amor por las rocas. De todos los cultos a los seres inanimados que comparten el universo con nosotros, la adoración a las piedras sería caprichosa si no fuera tan irrebatible: se trata de trozos de nuestro planeta con un poder silencioso y casi mágico. Esta tradición nació en China hace muchos siglos, y su historia es narrada brevemente por Alain de Botton en un encantador video de The School of Life.

Todo comenzó en China en el año 826 d.C. mientras Bai Juyi, servidor público del imperio y uno de los poetas más reconocidos de su tiempo, hacía una caminata alrededor del lago Tai; fue entonces cuando notó dos extrañas rocas con una forma singular, éstas lo cautivaron a tal grado que decidió llevarlas a casa, y una vez ahí, las lavó y compuso un poema sobre ellas. En éste describe su apariencia desagradable —amarillentas, oscuras y deformes, llenas de moho— y también sus grietas e imperfecciones, admirables testigos de los procesos del universo y la naturaleza, de acuerdo a los principios de taoísmo. Finalmente, en un acto enternecedor, el poeta pide a las rocas que le hagan compañía en su vejez (quizá porque las percibe como sus iguales); ellas, a pesar de ser mudas, le prometen que lo harán. Este poema y el entusiasmo de su autor iniciaron un gusto por la piedras en todo el oriente, uno que sobrevive hasta el día de hoy.

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Años después, en el siglo XII, Mi Fu —otro excéntrico erudito— protagonizó una escena que habría de reafirmar el privilegiado lugar de las rocas en el imaginario chino. Al ser elegido magistrado de la provincia de Wuwei, fue llamado a conocer a los administradores con los que trabajaría. Mientras los funcionarios lo esperaban para recibirlo en los jardines de la residencia oficial, el recién llegado, al tiempo que caminaba hacia ellos para saludarlos, se detuvo en contra de todo protocolo ante una enorme piedra a la que hizo una reverencia y llamó “vieja hermana piedra”, para después dar un elaborado discurso en su honor. Para cuando terminó con este saludo, quienes lo esperaban estaban perplejos. Este episodio habría de ganarle el apodo “el loco Mi” y también habría de fascinar a muchos durante siglos. Mi Fu incluso redactó un tratado que describía las cuatro principales características estéticas de una roca: shou (su estatura elegante y erguida), tou (los orificios que permiten que el aire y la luz traspasen la piedra), lou (sus canales y grietas) y zhou (las arrugas y su textura).

En los siglos XI y XII, durante la dinastía Song, coleccionar rocas se volvió una práctica común entre estudiosos, artistas y gente de poder, que las montaban sobre preciosas bases de madera tallada, y las colocaban en sus estudios; en el caso de piedras de mayores dimensiones, éstas eran colocadas en sus lujosos jardines como adornos y fuentes silentes de inspiración. En chino, se conocieron como gongshi o “rocas de los eruditos” (una traducción imprecisa, según de Botton, de lo que en realidad significa “rocas espíritu”) y fueron tan valiosas como una pintura o un pergamino de caligrafía. Las más apreciadas eran las rocas calizas de la provincia de Anhoui.

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Como muchas de las tradiciones y filosofías nacidas en China, el amor por las piedras llegaría a Japón en el sigo XV para ahí adquirir una estética propia. Los japoneses las llamaron suiseki y las colocaban en recipientes con arena o agua donde hacían las veces de montañas miniatura con sus respectivos valles y lagos; también las utilizaron como adornos de sus hermosos jardines zen, donde las piedras se rodeaban de arena en la que se dibujaban sofisticados patrones. Los nipones preferían las rocas más lisas, en las que era posible notar el paso del tiempo (un reflejo de los principios estéticos del wabi-sabi).

En uno de sus ensayos, Bai Juyi, el hombre que inició esta tradición con un pequeño poema a dos piedras, habla de la adicción que puede resultar de contemplar las rocas, aconsejando a los hombres sabios dedicar sólo unas pocas horas al día a su observación. La adoración de las rocas en una sociedad como la nuestra podría pensarse como una discreta invitación a buscar la sabiduría afuera de los libros, en el mundo natural, sus elementos y sus patrones, en las cosas pequeñas y que normalmente pasamos por alto como las rocas, objetos que por su aspecto singular, por su silencio que parece sabiduría, se han transformado en receptáculos de nuestra interioridad.

 

*Imágenes: 1) Piedra Lingbi de Anhoui, dinastía Ming, siglo XV / Wikimedia Commons; 2) gongshi o “rocas de los eruditos”, siglo XI / Wikimedia Commons; 3) Mi Fu, pintura de Guo Xu, 1503 / Wikimedia Commons