En los años 60 Agnes Martin formaba parte de una comunidad de artistas que vivían en Manhattan, entre los que se encontraban Jasper Johns, Ellsworth Kelly y Robert Rauschenberg. Creció en Canadá, estudió para ser maestra de arte y cuenta que un día conoció la obra de los expresionistas abstractos, de Rothko y Reinhardt, y se dio cuenta de que podía vivir del arte.

En Nueva York estaba en el mejor lugar para lograr una carrera exitosa: en la ciudad abundaban las propuestas culturales y estaba rodeada de amigos y artistas que la admiraban y promovían. Pero un día de 1967, Martin regaló sus pigmentos y lienzos, se subió a una camioneta y dejó Nueva York. Durante 4 años recorrió Estados Unidos y Canadá. Durante 4 años dejó de pintar.

Se fue cuando estaba en la cima. Lo dejó todo: la ciudad, los amigos y la pintura. Quizás la rapidez, la sobreabundancia, la competencia de Nueva York la estaban asfixiando. Un día Martin tuvo que ser hospitalizada, cuando la encontraron vagando por las calles de Manhattan en una especie de trance. Se sabe muy poco de este episodio. No se sabe tampoco por qué dejó la ciudad: “Decidí tratar una vida solitaria y simple a ver si me volvía sabia”, dijo.

Hay una gran influencia de la filosofía oriental en el pensamiento de Martin. En sus escritos, una de las ideas más recurrentes es la de la inspiración; para Martin la inspiración está siempre allí, y se logra tranquilizando la mente. “Es bien sabido que un estado mental tranquilo no puede durar. Así que decimos que la inspiración viene y va, pero en realidad está allí todo el tiempo esperando a que nos tranquilicemos de nuevo”. En algún momento, Martin tuvo una visión: adobes y el desierto. Y fue tras ello. Llegó al desierto de Nuevo México, y se mudó a Taos, a una gran meseta bajo las montañas Sangre de Cristo, cerca del Río Grande. Allí vivieron también, probablemente atraídos por los paisajes, Aldous Huxley, Ansel Adams, Carl Jung y Georgia O’Keeffe, entre otros.

En medio del desierto, Martin se construyó una casa de adobe. La construyó con sus propias manos, como había construido también todos los muebles de su estudio en Manhattan, como pintó cada uno de sus cuadros sin tener nunca un asistente. Y allí, en ese aislamiento absoluto, en esa casa de la que no podía salir en invierno por la nieve, a veces durante semanas enteras, comenzó a pintar de nuevo.

Antes de llamarse todos Sin Título, los cuadros de Martin, de una abstracción casi minimalista, tenían nombres de flores y paisajes. La gente suele ver paisajes en ellos, horizontes en esas líneas que atraviesan el lienzo con una vibración sutil. Martin decía que no era el paisaje lo que quería retratar, sino el sentimiento que provocaba un paisaje en el espectador: “Pintaba lo que sientes cuando estás contemplando la tundra”.

Eso que se siente al ver un paisaje o las pinturas de Martin, para muchos se parece a la felicidad. “People who look at my painting say that it makes them happy … And happiness is the goal, isn’t it?”

La búsqueda de Martin tiene que ver con la de John Cage, que también persigue la plenitud en el vacío y en el silencio. Su idea del no ser, en este sentido, proviene de las escuelas orientales y se plasma en la infinitud minimalista de sus cuadros.

La historia de Martin es la de una mujer que se rebeló ante el camino convencional del éxito, cuando lo tuvo tan a la mano, que transformó su vida por razones enigmáticas. Sus ideas nos sitúan en el umbral entre la locura y el misticismo; sus pinturas, sin embargo, son fragmentos de paz y desierto.

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En los años 60 Agnes Martin formaba parte de una comunidad de artistas que vivían en Manhattan, entre los que se encontraban Jasper Johns, Ellsworth Kelly y Robert Rauschenberg. Creció en Canadá, estudió para ser maestra de arte y cuenta que un día conoció la obra de los expresionistas abstractos, de Rothko y Reinhardt, y se dio cuenta de que podía vivir del arte.

En Nueva York estaba en el mejor lugar para lograr una carrera exitosa: en la ciudad abundaban las propuestas culturales y estaba rodeada de amigos y artistas que la admiraban y promovían. Pero un día de 1967, Martin regaló sus pigmentos y lienzos, se subió a una camioneta y dejó Nueva York. Durante 4 años recorrió Estados Unidos y Canadá. Durante 4 años dejó de pintar.

Se fue cuando estaba en la cima. Lo dejó todo: la ciudad, los amigos y la pintura. Quizás la rapidez, la sobreabundancia, la competencia de Nueva York la estaban asfixiando. Un día Martin tuvo que ser hospitalizada, cuando la encontraron vagando por las calles de Manhattan en una especie de trance. Se sabe muy poco de este episodio. No se sabe tampoco por qué dejó la ciudad: “Decidí tratar una vida solitaria y simple a ver si me volvía sabia”, dijo.

Hay una gran influencia de la filosofía oriental en el pensamiento de Martin. En sus escritos, una de las ideas más recurrentes es la de la inspiración; para Martin la inspiración está siempre allí, y se logra tranquilizando la mente. “Es bien sabido que un estado mental tranquilo no puede durar. Así que decimos que la inspiración viene y va, pero en realidad está allí todo el tiempo esperando a que nos tranquilicemos de nuevo”. En algún momento, Martin tuvo una visión: adobes y el desierto. Y fue tras ello. Llegó al desierto de Nuevo México, y se mudó a Taos, a una gran meseta bajo las montañas Sangre de Cristo, cerca del Río Grande. Allí vivieron también, probablemente atraídos por los paisajes, Aldous Huxley, Ansel Adams, Carl Jung y Georgia O’Keeffe, entre otros.

En medio del desierto, Martin se construyó una casa de adobe. La construyó con sus propias manos, como había construido también todos los muebles de su estudio en Manhattan, como pintó cada uno de sus cuadros sin tener nunca un asistente. Y allí, en ese aislamiento absoluto, en esa casa de la que no podía salir en invierno por la nieve, a veces durante semanas enteras, comenzó a pintar de nuevo.

Antes de llamarse todos Sin Título, los cuadros de Martin, de una abstracción casi minimalista, tenían nombres de flores y paisajes. La gente suele ver paisajes en ellos, horizontes en esas líneas que atraviesan el lienzo con una vibración sutil. Martin decía que no era el paisaje lo que quería retratar, sino el sentimiento que provocaba un paisaje en el espectador: “Pintaba lo que sientes cuando estás contemplando la tundra”.

Eso que se siente al ver un paisaje o las pinturas de Martin, para muchos se parece a la felicidad. “People who look at my painting say that it makes them happy … And happiness is the goal, isn’t it?”

La búsqueda de Martin tiene que ver con la de John Cage, que también persigue la plenitud en el vacío y en el silencio. Su idea del no ser, en este sentido, proviene de las escuelas orientales y se plasma en la infinitud minimalista de sus cuadros.

La historia de Martin es la de una mujer que se rebeló ante el camino convencional del éxito, cuando lo tuvo tan a la mano, que transformó su vida por razones enigmáticas. Sus ideas nos sitúan en el umbral entre la locura y el misticismo; sus pinturas, sin embargo, son fragmentos de paz y desierto.

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