Uno de los grandes problemas que enfrenta la humanidad desde hace décadas es la educación. Y quizá la razón por la que no se soluciona es porque la mayoría de nosotros somos producto de una educación desviada que programa a los individuos a someterse a la autoridad y a temer el fracaso sobre todas las cosas. La propaganda que recibimos todos los días quiere que creamos en la economía como una suerte de dios. El paradigma de este sistema es que es nada menos que caníbal: la economía nunca alcanzará su clímax porque no existe tal cosa; seguiremos adormilados tratando de conseguir los medios –el dinero– como si fuera su propio fin, en lugar de educar a los niños a no ser materialistas y e integrarse a un modelo que les funcione para vivir felices y en paz. Y es que todos hablan de paz, pero nadie educa para la paz. La educación no debe decirnos qué pensar, sino, como dice Foster Wallace, debe enseñarnos que podemos elegir qué pensar.

Para ello hay movimientos que están planteando preguntas acerca de la manera de operar del mundo moderno. Estos son instituidos por agentes de cambio que pueden ayudar a transformar el ya tambaleante sistema de educación occidental y se suman a la academia más importante de todas, que a veces se nos escapa escuchar, la de la vida. Uno de los personajes más resonantes de este movimiento es el filósofo y escritor Alan Watts, quien propone a sus alumnos una sencilla pregunta (que todos deberíamos postularnos antes de subirnos al tren del defectuoso sistema económico mundial): Si el dinero no fuera impedimento, ¿qué harías?

¿Qué te mueve? ¿cómo disfrutarías realmente pasar tu vida? Ante esto cada quien tiene su respuesta, pero lo importante es que es difícil no ser absolutamente honesto con uno mismo cuando nos plantean un mundo en el que podemos hacer lo que nos apasiona sin tener que preocuparnos por el pragmatismo. En la respuesta está el camino.

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Uno de los grandes problemas que enfrenta la humanidad desde hace décadas es la educación. Y quizá la razón por la que no se soluciona es porque la mayoría de nosotros somos producto de una educación desviada que programa a los individuos a someterse a la autoridad y a temer el fracaso sobre todas las cosas. La propaganda que recibimos todos los días quiere que creamos en la economía como una suerte de dios. El paradigma de este sistema es que es nada menos que caníbal: la economía nunca alcanzará su clímax porque no existe tal cosa; seguiremos adormilados tratando de conseguir los medios –el dinero– como si fuera su propio fin, en lugar de educar a los niños a no ser materialistas y e integrarse a un modelo que les funcione para vivir felices y en paz. Y es que todos hablan de paz, pero nadie educa para la paz. La educación no debe decirnos qué pensar, sino, como dice Foster Wallace, debe enseñarnos que podemos elegir qué pensar.

Para ello hay movimientos que están planteando preguntas acerca de la manera de operar del mundo moderno. Estos son instituidos por agentes de cambio que pueden ayudar a transformar el ya tambaleante sistema de educación occidental y se suman a la academia más importante de todas, que a veces se nos escapa escuchar, la de la vida. Uno de los personajes más resonantes de este movimiento es el filósofo y escritor Alan Watts, quien propone a sus alumnos una sencilla pregunta (que todos deberíamos postularnos antes de subirnos al tren del defectuoso sistema económico mundial): Si el dinero no fuera impedimento, ¿qué harías?

¿Qué te mueve? ¿cómo disfrutarías realmente pasar tu vida? Ante esto cada quien tiene su respuesta, pero lo importante es que es difícil no ser absolutamente honesto con uno mismo cuando nos plantean un mundo en el que podemos hacer lo que nos apasiona sin tener que preocuparnos por el pragmatismo. En la respuesta está el camino.

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