Eres algo que todo el Universo está haciendo
al igual que una ola es algo que todo el océano está haciendo.
 
-Alan Watts

El filósofo británico Alan Watts fue uno de los intérpretes más accesibles y entretenidos de la filosofía oriental en Occidente. Jugó un papel esencial no solo en popularizar el budismo zen de este lado del mundo, sino también en traducirlo, por decirlo así, a un lenguaje de metáforas vivas. Él, al igual que el zen, tuvo una inusual cualidad humorística, y desde ahí se relacionaba con el mundo. Es en gran medida por eso, aunado a su potente lucidez, lo que lo posicionó como una suerte de rockstar de la filosofía budista. Watts no fue un académico solemne y seco. Fue, como Aleister Crowley, un bromista al igual que un pensador, y se describía a sí mismo como un “animador espiritual”.

Fue radical en su manera de interpretar algunos aspectos del tao y del zen. En su libro Psychotherapy East and West (1961) explica que estas disciplinas tienen más que ver con la psicología que con la religión. Para él, la práctica se trata de encontrar la manera de mantener una personalidad sana en una cultura que tiende a enredarte en un montón de cuerdas del inconsciente lógico. Y la instrucción más importante es que debemos ser espontáneos. Watts creía que su trabajo era enseñarnos a pensar claramente para así poder mirar a través del pensamiento convencional hacia un lugar donde nuestra mente pudiera estar en paz dentro de una cultura que pudo haber estado diseñada para generar ansiedad. Y a ello se dedicó desde los 16 años.

Para todos los escritores de zen, la vida es –al igual que para Shakespeare– algo parecido a un sueño, y si no estás en el momento presente (de ahí la espontaneidad de los samurái) estás viviendo una fantasía. Lo que Alan Watts enseñó, más que nada, es que todo es transitorio. Él mismo murió de alcoholismo después de ser un fuerte bebedor por toda su vida. Pero tampoco fue un “borracho deprimido”. Nunca expresó culpa o remordimiento acerca de su manera de beber y fumar, y nunca faltó a una conferencia o una fecha límite en su escritura.

En 1973, cuando murió, ya había escrito 27 libros e impartido cientos de conferencias con títulos como “De ser vago”, “Muerte”, “Nada” y “Omnipotencia”. Sobre él hay una miríada de cosas y se puede decir que todas ellas tienen un dejo afectivo, como si las personas que lo leyeron o lo escucharon hablar hubieran formado una cercanía con él. Baste ver la animación que hicieron los creadores de South Park, la canción que Van Morrison le dedicó o la inmensa alusión que hacen de él en la reciente película Her. Alan Watts fue un personaje esencial en la construcción del puente hacia el bellísimo Oriente y fue responsable de encender la pasión de incontables buscadores de sabiduría y deleites espirituales. Pero siempre dejó claro que “el menú no es la comida”; el camino lo recorre cada uno.

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Eres algo que todo el Universo está haciendo
al igual que una ola es algo que todo el océano está haciendo.
 
-Alan Watts

El filósofo británico Alan Watts fue uno de los intérpretes más accesibles y entretenidos de la filosofía oriental en Occidente. Jugó un papel esencial no solo en popularizar el budismo zen de este lado del mundo, sino también en traducirlo, por decirlo así, a un lenguaje de metáforas vivas. Él, al igual que el zen, tuvo una inusual cualidad humorística, y desde ahí se relacionaba con el mundo. Es en gran medida por eso, aunado a su potente lucidez, lo que lo posicionó como una suerte de rockstar de la filosofía budista. Watts no fue un académico solemne y seco. Fue, como Aleister Crowley, un bromista al igual que un pensador, y se describía a sí mismo como un “animador espiritual”.

Fue radical en su manera de interpretar algunos aspectos del tao y del zen. En su libro Psychotherapy East and West (1961) explica que estas disciplinas tienen más que ver con la psicología que con la religión. Para él, la práctica se trata de encontrar la manera de mantener una personalidad sana en una cultura que tiende a enredarte en un montón de cuerdas del inconsciente lógico. Y la instrucción más importante es que debemos ser espontáneos. Watts creía que su trabajo era enseñarnos a pensar claramente para así poder mirar a través del pensamiento convencional hacia un lugar donde nuestra mente pudiera estar en paz dentro de una cultura que pudo haber estado diseñada para generar ansiedad. Y a ello se dedicó desde los 16 años.

Para todos los escritores de zen, la vida es –al igual que para Shakespeare– algo parecido a un sueño, y si no estás en el momento presente (de ahí la espontaneidad de los samurái) estás viviendo una fantasía. Lo que Alan Watts enseñó, más que nada, es que todo es transitorio. Él mismo murió de alcoholismo después de ser un fuerte bebedor por toda su vida. Pero tampoco fue un “borracho deprimido”. Nunca expresó culpa o remordimiento acerca de su manera de beber y fumar, y nunca faltó a una conferencia o una fecha límite en su escritura.

En 1973, cuando murió, ya había escrito 27 libros e impartido cientos de conferencias con títulos como “De ser vago”, “Muerte”, “Nada” y “Omnipotencia”. Sobre él hay una miríada de cosas y se puede decir que todas ellas tienen un dejo afectivo, como si las personas que lo leyeron o lo escucharon hablar hubieran formado una cercanía con él. Baste ver la animación que hicieron los creadores de South Park, la canción que Van Morrison le dedicó o la inmensa alusión que hacen de él en la reciente película Her. Alan Watts fue un personaje esencial en la construcción del puente hacia el bellísimo Oriente y fue responsable de encender la pasión de incontables buscadores de sabiduría y deleites espirituales. Pero siempre dejó claro que “el menú no es la comida”; el camino lo recorre cada uno.

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