La secuencia matemática de los números primos hace que nunca se toquen. Su naturaleza los hace estar eternamente separados. Pueden estar tan cerca como el 11 y el 13 pero siempre estará el 12, que no es primo, en medio de ellos. Está es la metáfora que se desprende de la novela adaptada en esta película, con la cual comparte título: La Soledad de los Números Primos (Saverio Costanzo, 2010).

El concepto matemático también es utilizado para organizar a los personajes: Alice (Alba Rohrwacher, Martina Albano, Ariana Nastro) y Mattia (Luca Marinelli, Vittorio Lomartire, Tommaso Neri), interpretados por tres actores distintos cada uno. Tenemos que ver a éstos personajes en tres distintas etapas de la vida, correspondientes a tres décadas, que se entrecruzan sin respetar la cronología, justificando esta operación cinematográfica por medio, no de recuerdos, sino de experiencias sucediéndose.

La Soledad de los Números Primos logra una notable continuidad emocional, y en ningún momento escapa de la verosimilitud; el guión de la película nos hace saltar de una etapa a otra audazmente, al enfocarse en lo que sienten los personajes por encima de la anécdota, y sobre todo por encima del tiempo. Su dolor va uniendo a Alice con Mattia, brindándoles un estatus común, pero al igual que ocurre con los números primos, ellos tampoco pueden llegar a tener contacto del todo.

Desde un inicio la música, compuesta por Mike Patton y que recuerda las pistas sonoras de cine Giallo, se une al pronunciado uso del contraste en colores saturados. Mientras que Fabio Cinchetti, el fotógrafo, manipula una cámaraamara vivado una cafugiarse en las matematicas por todo el doolor qaleza, la madera, la piedra que rodea a estos seres, que a viva para mostrarnos un festival de la primavera en alguna escuela primaria italiana, como si se tratase de la casa de espantos de un parque de diversiones.

Compartiendo ésta realidad, se encuentran Mattia y Alice, siempre acompañándose de lejos y compartiendo su dolor cada quien desde su ventana. En apariencia el drama se centra en el conflicto que vive Mattia, que jamás logra escapar de la culpa por la muerte de su hermana siendo niños, aunque intenta refugiarse en las matemáticas. Mattia, cuando niño y avergonzado por la enfermedad mental de su hermana, la obliga a que lo espere en un parque mientras acude a una fiesta infantil que dura varias horas –las suficientes para nunca volverla a ver.

Pocas películas retratan la soledad infantil y la dificultad de sobrevivir en esa etapa, como ésta cinta. Sumergidos en visiones de seres con los que podemos sentir gran empatía, vamos alejándonos del cliché del bullying, para adentrarnos en las complicaciones de un ser humano en su lucha por construir una personalidad propia.

La relación con los protagonistas con sus respectivos padres nos marca los dos ambientes estéticos en los que la trama se desenvuelve. En especial la presencia de Isabella Rossellini, madre de Mattia y mujer llena de intrigas, nos acerca a éste tipo de madre que salta de un momento a otro entre el tierno trato y la negligencia; un poder que que ejerce sin contemplar las consecuencias que sus actos tendrán en el futuro de su hijo.

La realización es certera, con una cámara que está a la altura de los niños. Los adultos casi siempre tienen que agacharse para entrar a cuadro. Los colores vivos de la infancia se van tornando saturados y más neutros durante la juventud, para terminar siendo los de la naturaleza, la madera.

La Soledad de los Números Primos, es una sucesión de recuerdos de personas con almas fracturadas, un eterno zoom a momentos dolorosos que brindan de personalidad a éstos seres afligidos, un viaje suave a la infancia sin cuentos de hadas. El realismo sirve aquí a la fantasía, recovecos de espejos de agua que impulsan la experiencia estética del espectador haciéndolo consciente de su propia existencia, basada en un pasado y en un futuro, y que aunque no existan del todo le dan forma a su vida.

La secuencia matemática de los números primos hace que nunca se toquen. Su naturaleza los hace estar eternamente separados. Pueden estar tan cerca como el 11 y el 13 pero siempre estará el 12, que no es primo, en medio de ellos. Está es la metáfora que se desprende de la novela adaptada en esta película, con la cual comparte título: La Soledad de los Números Primos (Saverio Costanzo, 2010).

El concepto matemático también es utilizado para organizar a los personajes: Alice (Alba Rohrwacher, Martina Albano, Ariana Nastro) y Mattia (Luca Marinelli, Vittorio Lomartire, Tommaso Neri), interpretados por tres actores distintos cada uno. Tenemos que ver a éstos personajes en tres distintas etapas de la vida, correspondientes a tres décadas, que se entrecruzan sin respetar la cronología, justificando esta operación cinematográfica por medio, no de recuerdos, sino de experiencias sucediéndose.

La Soledad de los Números Primos logra una notable continuidad emocional, y en ningún momento escapa de la verosimilitud; el guión de la película nos hace saltar de una etapa a otra audazmente, al enfocarse en lo que sienten los personajes por encima de la anécdota, y sobre todo por encima del tiempo. Su dolor va uniendo a Alice con Mattia, brindándoles un estatus común, pero al igual que ocurre con los números primos, ellos tampoco pueden llegar a tener contacto del todo.

Desde un inicio la música, compuesta por Mike Patton y que recuerda las pistas sonoras de cine Giallo, se une al pronunciado uso del contraste en colores saturados. Mientras que Fabio Cinchetti, el fotógrafo, manipula una cámaraamara vivado una cafugiarse en las matematicas por todo el doolor qaleza, la madera, la piedra que rodea a estos seres, que a viva para mostrarnos un festival de la primavera en alguna escuela primaria italiana, como si se tratase de la casa de espantos de un parque de diversiones.

Compartiendo ésta realidad, se encuentran Mattia y Alice, siempre acompañándose de lejos y compartiendo su dolor cada quien desde su ventana. En apariencia el drama se centra en el conflicto que vive Mattia, que jamás logra escapar de la culpa por la muerte de su hermana siendo niños, aunque intenta refugiarse en las matemáticas. Mattia, cuando niño y avergonzado por la enfermedad mental de su hermana, la obliga a que lo espere en un parque mientras acude a una fiesta infantil que dura varias horas –las suficientes para nunca volverla a ver.

Pocas películas retratan la soledad infantil y la dificultad de sobrevivir en esa etapa, como ésta cinta. Sumergidos en visiones de seres con los que podemos sentir gran empatía, vamos alejándonos del cliché del bullying, para adentrarnos en las complicaciones de un ser humano en su lucha por construir una personalidad propia.

La relación con los protagonistas con sus respectivos padres nos marca los dos ambientes estéticos en los que la trama se desenvuelve. En especial la presencia de Isabella Rossellini, madre de Mattia y mujer llena de intrigas, nos acerca a éste tipo de madre que salta de un momento a otro entre el tierno trato y la negligencia; un poder que que ejerce sin contemplar las consecuencias que sus actos tendrán en el futuro de su hijo.

La realización es certera, con una cámara que está a la altura de los niños. Los adultos casi siempre tienen que agacharse para entrar a cuadro. Los colores vivos de la infancia se van tornando saturados y más neutros durante la juventud, para terminar siendo los de la naturaleza, la madera.

La Soledad de los Números Primos, es una sucesión de recuerdos de personas con almas fracturadas, un eterno zoom a momentos dolorosos que brindan de personalidad a éstos seres afligidos, un viaje suave a la infancia sin cuentos de hadas. El realismo sirve aquí a la fantasía, recovecos de espejos de agua que impulsan la experiencia estética del espectador haciéndolo consciente de su propia existencia, basada en un pasado y en un futuro, y que aunque no existan del todo le dan forma a su vida.

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