“Para aquel que sabe cómo mirar y sentir, cada momento de esta vida libre y vagabunda es un encantamiento”, aseguró alguna vez Alexandra David Néel (1868-1969), cuya inclinación por los viajes y atracción por la espiritualidad la llevaron a ser la primera mujer occidental en entrar, en 1924, a Lhasa, la ciudad prohibida del Tíbet, y llevar a Occidente lo que aprendió sobre las filosofías y religiones del Oriente. Dueña de una vida fuera de lo común, ella habría de viajar durante toda su vida y plasmar en sus escritos las iluminaciones que encontró en su muy singular camino; uno que duró, increíblemente, 101 años.

Desde muy pequeña, el espíritu inquieto de Alexandra la incitó a emprender viajes y desafiar las convenciones de su época con valentía. Cuando niña, se sabe, pasaba mucho de su tiempo en museos, donde realizó estudios sobre el arte y las religiones orientales, algo que la llevaría inevitablemente al budismo, una religión que practicó durante buena parte de su vida. En su época de juventud estudió sánscrito y filosofía oriental en La Sorbona, y a los 23 años, tras recibir una pequeña herencia, se embarcó en su primer viaje a la India. Ahí vivió algún tiempo en un centro de estudios teosóficos cerca de Madrás, ciudad en la que continuó sus estudios de sánscrito y se familiarizó con la milenaria práctica del yoga.

Habiendo gastado todo su dinero, Alexandra viajó a Bélgica (donde vivía su familia) y, para sostenerse, decidió estudiar música en el Conservatorio Real de Bruselas; entonces se convirtió en cantante profesional de ópera. Su trabajo en la Compañía de Ópera de Hanoi hizo que volviera al mundo que tanto amaba: el Oriente. Otro viaje la conduciría como cantante a Túnez, donde trabajó como directora musical de un casino y conoció al millonario Philip Néel; con él se casaría a los 36 años y viviría durante siete años.

Alexandra David-Néel se separó de su marido en 1911, aunque él la apoyaría económicamente hasta su muerte. Fue entonces cuando ella regresó a la India para permanecer en aquel país durante 14 años. Durante esta época se convirtió en la discípula de un monje budista y vivió en una cueva durante dos años. Su conocimiento del sánscrito le abrió muchas puertas, además de que ahí habría de aprender tibetano y algunas técnicas esotéricas como el tumo, una forma de meditación para generar calor corporal en condiciones extremas. Durante aquellos años en la India, Alexandra adoptó a Aphur Yongden, su sirviente de 14 años, con el que recorrería diversos países de Asia a lo largo de muchos años. En uno de sus múltiples viajes, en Japón, conoció a un monje que había logrado entrar a Lhasa, la ciudad prohibida del Tíbet, haciéndose pasar por un doctor chino. Fue a partir de ese encuentro que Alexandra comenzó a planear su viaje a la capital tibetana.

En 1924, con 56 años de edad, Alexandra tiñó su cara con carbón, se trenzó el pelo (haciéndose pasar por el sirviente de Aphur) y penetró a la ciudad de Lhasa. Así que se convirtió en la primera mujer occidental en entrar a un lugar que hasta entonces estaba prohibido para los extranjeros; ahí permaneció por dos meses hasta que el gobierno británico la descubrió y expulsó.

1-5 
En su libro Magic and Mystery in Tibet, publicado en 1929, Alexandra habría de describir el improbable y maravilloso mundo que encontró en Lhasa, uno dotado de elementos sorprendentes, mágicos y de fenómenos como la telepatía. En este volumen describió prácticas ascetas, como la de monjes que corrían ininterrumpidamente por las montañas durante días; también registró su experiencia con extraños ritos chamánicos pre-budistas, tales como un embrujo que podía revivir muertos.

Después de su viaje al Tíbet, Alexandra volvió a Francia y fue a vivir a la Provenza (en aquella provincia sería visitada nada menos que por el Dalai Lama).  Escribió alrededor de 30 libros sobre el Oriente y lo que ahí aprendió, un corpus que influenció, principalmente, a escritores de la Generación beat, como Allen Ginsberg y Jack Kerouac, además de Alan Watts (discreto y encantador filósofo del espíritu).

Hoy en día, una mujer aprendiendo yoga y visitando la India podría resultar en cierto sentido algo común, pero la manera en que Alexandra vivió su vida fue entonces una sin precedentes. La historia y los viajes de Alexandra David Néel (como lo son los de una de las primeras periodistas, Nelly Bly) no sólo inspiran por su fuerza y profundidad; también nos recuerda que en la vida los verdaderos viajes son, inevitablemente, travesías hacia nuestro interior.

 

 

Imágenes: 1)Wikimedia Commons 2) Wikimedia Commons

“Para aquel que sabe cómo mirar y sentir, cada momento de esta vida libre y vagabunda es un encantamiento”, aseguró alguna vez Alexandra David Néel (1868-1969), cuya inclinación por los viajes y atracción por la espiritualidad la llevaron a ser la primera mujer occidental en entrar, en 1924, a Lhasa, la ciudad prohibida del Tíbet, y llevar a Occidente lo que aprendió sobre las filosofías y religiones del Oriente. Dueña de una vida fuera de lo común, ella habría de viajar durante toda su vida y plasmar en sus escritos las iluminaciones que encontró en su muy singular camino; uno que duró, increíblemente, 101 años.

Desde muy pequeña, el espíritu inquieto de Alexandra la incitó a emprender viajes y desafiar las convenciones de su época con valentía. Cuando niña, se sabe, pasaba mucho de su tiempo en museos, donde realizó estudios sobre el arte y las religiones orientales, algo que la llevaría inevitablemente al budismo, una religión que practicó durante buena parte de su vida. En su época de juventud estudió sánscrito y filosofía oriental en La Sorbona, y a los 23 años, tras recibir una pequeña herencia, se embarcó en su primer viaje a la India. Ahí vivió algún tiempo en un centro de estudios teosóficos cerca de Madrás, ciudad en la que continuó sus estudios de sánscrito y se familiarizó con la milenaria práctica del yoga.

Habiendo gastado todo su dinero, Alexandra viajó a Bélgica (donde vivía su familia) y, para sostenerse, decidió estudiar música en el Conservatorio Real de Bruselas; entonces se convirtió en cantante profesional de ópera. Su trabajo en la Compañía de Ópera de Hanoi hizo que volviera al mundo que tanto amaba: el Oriente. Otro viaje la conduciría como cantante a Túnez, donde trabajó como directora musical de un casino y conoció al millonario Philip Néel; con él se casaría a los 36 años y viviría durante siete años.

Alexandra David-Néel se separó de su marido en 1911, aunque él la apoyaría económicamente hasta su muerte. Fue entonces cuando ella regresó a la India para permanecer en aquel país durante 14 años. Durante esta época se convirtió en la discípula de un monje budista y vivió en una cueva durante dos años. Su conocimiento del sánscrito le abrió muchas puertas, además de que ahí habría de aprender tibetano y algunas técnicas esotéricas como el tumo, una forma de meditación para generar calor corporal en condiciones extremas. Durante aquellos años en la India, Alexandra adoptó a Aphur Yongden, su sirviente de 14 años, con el que recorrería diversos países de Asia a lo largo de muchos años. En uno de sus múltiples viajes, en Japón, conoció a un monje que había logrado entrar a Lhasa, la ciudad prohibida del Tíbet, haciéndose pasar por un doctor chino. Fue a partir de ese encuentro que Alexandra comenzó a planear su viaje a la capital tibetana.

En 1924, con 56 años de edad, Alexandra tiñó su cara con carbón, se trenzó el pelo (haciéndose pasar por el sirviente de Aphur) y penetró a la ciudad de Lhasa. Así que se convirtió en la primera mujer occidental en entrar a un lugar que hasta entonces estaba prohibido para los extranjeros; ahí permaneció por dos meses hasta que el gobierno británico la descubrió y expulsó.

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En su libro Magic and Mystery in Tibet, publicado en 1929, Alexandra habría de describir el improbable y maravilloso mundo que encontró en Lhasa, uno dotado de elementos sorprendentes, mágicos y de fenómenos como la telepatía. En este volumen describió prácticas ascetas, como la de monjes que corrían ininterrumpidamente por las montañas durante días; también registró su experiencia con extraños ritos chamánicos pre-budistas, tales como un embrujo que podía revivir muertos.

Después de su viaje al Tíbet, Alexandra volvió a Francia y fue a vivir a la Provenza (en aquella provincia sería visitada nada menos que por el Dalai Lama).  Escribió alrededor de 30 libros sobre el Oriente y lo que ahí aprendió, un corpus que influenció, principalmente, a escritores de la Generación beat, como Allen Ginsberg y Jack Kerouac, además de Alan Watts (discreto y encantador filósofo del espíritu).

Hoy en día, una mujer aprendiendo yoga y visitando la India podría resultar en cierto sentido algo común, pero la manera en que Alexandra vivió su vida fue entonces una sin precedentes. La historia y los viajes de Alexandra David Néel (como lo son los de una de las primeras periodistas, Nelly Bly) no sólo inspiran por su fuerza y profundidad; también nos recuerda que en la vida los verdaderos viajes son, inevitablemente, travesías hacia nuestro interior.

 

 

Imágenes: 1)Wikimedia Commons 2) Wikimedia Commons