Anaïs Nin nos heredó en sus diarios un extraordinario registro de un pasado individual con validez universal; el suyo. Su primer diario comenzaría como una carta en francés dirigida a su padre, escrita durante un viaje en barco que la llevó, junto con el resto de su familia, a vivir a Estados Unidos. La carta nunca fue enviada por temor a que nunca llegase a su destino, y sin embargo la misiva marcaría el comienzo de un nuevo hábito: el de escribirlo todo, a cada momento.

Escritores como Henry Miller aseguran que en los diarios de Nin se encuentra su verdadera obra maestra. De hecho, varios de sus textos comenzaron como parte de esos cuadernos que llevaba consigo a todas partes. Ahí quedaron grabadas sus distintas versiones: la Anaïs Nin que sufrió el abandono de su padre, que no dejó de preguntarse acerca del significado de ser mujer, o simplemente la de una persona que reflexiona por medio de sus relaciones con los otros (la mayoría personalidades interesantes como el mismo Miller, Otto Rank, Gore Vidal o Antonin Artaud).

Sus diarios contienen una serie de meditaciones sobre el carácter, la paternidad y la responsabilidad personal. Probablemente uno de los diarios más interesantes sea el Volumen V (1947 a 1955), que contiene las experiencias de la autora en México, California, Nueva York y París, su psicoanálisis y su experimentación con el LSD, junto a una memorable reflexión acerca del temidísimo inconsciente del hombre y la necesidad de reconocer en los artistas su compromiso con la sinceridad.

En el inconciente se encuentran no sólo los demonios del hombre (como temíamos), las fuerzas primitivas, instintivas, incontrolables de la naturaleza, sino también esa fuerza creativa, expansiva, que conecta con el universo y que se halla en grandes figuras como Beethoven, Einstein, y en pintores y escritores de valor.

Nin jamás comprometió esa sinceridad. En su diario escribió que la gente temerosa hacia lo desconocido era aquella con mayor inseguridad interna. La hostilidad hacia lo diferente no podía, en su opinión, caracterizar a un innovador, ya fuera artista, científico o cualquier persona en general. “Necesitamos aventureros en el mundo”, decía. También advertía que muchas veces tendemos a abandonar la persecución de nuestros propios intereses por intentar cumplir con el “deber-ser”. En este sentido es importante recordar su filosofía, y quizá sumergirnos en sus tan valientes diarios, como una fuente inspiración que nos catapulte a encarar lo desconocido que siempre toca la puerta y siempre ofrece a cambio un mundo rico y valioso que podemos pasar la vida intentando evitar.

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Anaïs Nin nos heredó en sus diarios un extraordinario registro de un pasado individual con validez universal; el suyo. Su primer diario comenzaría como una carta en francés dirigida a su padre, escrita durante un viaje en barco que la llevó, junto con el resto de su familia, a vivir a Estados Unidos. La carta nunca fue enviada por temor a que nunca llegase a su destino, y sin embargo la misiva marcaría el comienzo de un nuevo hábito: el de escribirlo todo, a cada momento.

Escritores como Henry Miller aseguran que en los diarios de Nin se encuentra su verdadera obra maestra. De hecho, varios de sus textos comenzaron como parte de esos cuadernos que llevaba consigo a todas partes. Ahí quedaron grabadas sus distintas versiones: la Anaïs Nin que sufrió el abandono de su padre, que no dejó de preguntarse acerca del significado de ser mujer, o simplemente la de una persona que reflexiona por medio de sus relaciones con los otros (la mayoría personalidades interesantes como el mismo Miller, Otto Rank, Gore Vidal o Antonin Artaud).

Sus diarios contienen una serie de meditaciones sobre el carácter, la paternidad y la responsabilidad personal. Probablemente uno de los diarios más interesantes sea el Volumen V (1947 a 1955), que contiene las experiencias de la autora en México, California, Nueva York y París, su psicoanálisis y su experimentación con el LSD, junto a una memorable reflexión acerca del temidísimo inconsciente del hombre y la necesidad de reconocer en los artistas su compromiso con la sinceridad.

En el inconciente se encuentran no sólo los demonios del hombre (como temíamos), las fuerzas primitivas, instintivas, incontrolables de la naturaleza, sino también esa fuerza creativa, expansiva, que conecta con el universo y que se halla en grandes figuras como Beethoven, Einstein, y en pintores y escritores de valor.

Nin jamás comprometió esa sinceridad. En su diario escribió que la gente temerosa hacia lo desconocido era aquella con mayor inseguridad interna. La hostilidad hacia lo diferente no podía, en su opinión, caracterizar a un innovador, ya fuera artista, científico o cualquier persona en general. “Necesitamos aventureros en el mundo”, decía. También advertía que muchas veces tendemos a abandonar la persecución de nuestros propios intereses por intentar cumplir con el “deber-ser”. En este sentido es importante recordar su filosofía, y quizá sumergirnos en sus tan valientes diarios, como una fuente inspiración que nos catapulte a encarar lo desconocido que siempre toca la puerta y siempre ofrece a cambio un mundo rico y valioso que podemos pasar la vida intentando evitar.

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