Andrés Caicedo es un fenómeno de moda, pero no necesariamente nuevo: cada tanto se ven los signos de la misma enfermedad, en distintos continentes y artes. El arquetipo es el mismo: el héroe-niño, el Peter Pan que se niega a participar del mundo adulto (cuyo epítome es Arthur Rimbaud). Y aunque el arquetipo perviva y se glorifique a través de sus emuladores, pocas veces la leyenda se sostiene en una sólida obra.

Con Caicedo ocurre lo siguiente: uno escucha hablar sobre él hasta el hartazgo y lo lee tal vez para refutar el entusiasmo de la prensa. Pero lo que el lector encuentra es una obra poderosa expresivamente, radical estilísticamente y de una belleza difícil de describir. El caso paradigmático del universo caicediano es ¡Que viva la música!

Hablemos de la obra antes de hablar de la vida: ¡Que viva la música! parte de una anécdota simple, una chica burguesa de Cali con una especial sensibilidad para traducir con su cuerpo y sus palabras los ardientes acordes de la rumba, el sexo y el rock n’ roll.

Lo que podría no ser más que otro relato de iniciación termina convirtiéndose en una breve sinfonía elaborada a base de cut-up y remixes de letras de salsa, oraciones de santería, diálogos desbordantes y descripciones de la farmacopea que circulaba en forma de marihuana, LSD, hongos mágicos y “perico”, la cocaína, asociada al mundo de la fiesta y la noche.

Según el escritor chileno Alberto Fuguet, “Caicedo es el eslabón perdido del boom. Y el enemigo número uno de Macondo”, el epítome de la ciudad subdesarrollada del realismo mágico latinoamericano, por lo que ha sido elevado a una especie de alternativa literaria a García Márquez.

Hablemos brevemente de la vida: Andrés Caicedo era un joven escritor, crítico cinematográfico y director de teatro radicado en Cali, muy activo en la escena cultural local, que se mantenía gracias al apoyo de su madre y de artículos sobre cine publicados en diversos medios. Sostenía el credo de que era absurdo vivir más allá de los 25 años, por lo cual, después de recibir el primer ejemplar de ¡Que viva la música!, decidió ingerir una dosis fatal de somníferos.

La fuerza de gravedad de esta anécdota ha servido para impulsar el interés internacional, así como las magníficas traducciones de ¡Que viva la música!, la de Frank Wynne al inglés y la de Bernard Cohen al francés.

Andrés Caicedo es un fenómeno de moda, pero no necesariamente nuevo: cada tanto se ven los signos de la misma enfermedad, en distintos continentes y artes. El arquetipo es el mismo: el héroe-niño, el Peter Pan que se niega a participar del mundo adulto (cuyo epítome es Arthur Rimbaud). Y aunque el arquetipo perviva y se glorifique a través de sus emuladores, pocas veces la leyenda se sostiene en una sólida obra.

Con Caicedo ocurre lo siguiente: uno escucha hablar sobre él hasta el hartazgo y lo lee tal vez para refutar el entusiasmo de la prensa. Pero lo que el lector encuentra es una obra poderosa expresivamente, radical estilísticamente y de una belleza difícil de describir. El caso paradigmático del universo caicediano es ¡Que viva la música!

Hablemos de la obra antes de hablar de la vida: ¡Que viva la música! parte de una anécdota simple, una chica burguesa de Cali con una especial sensibilidad para traducir con su cuerpo y sus palabras los ardientes acordes de la rumba, el sexo y el rock n’ roll.

Lo que podría no ser más que otro relato de iniciación termina convirtiéndose en una breve sinfonía elaborada a base de cut-up y remixes de letras de salsa, oraciones de santería, diálogos desbordantes y descripciones de la farmacopea que circulaba en forma de marihuana, LSD, hongos mágicos y “perico”, la cocaína, asociada al mundo de la fiesta y la noche.

Según el escritor chileno Alberto Fuguet, “Caicedo es el eslabón perdido del boom. Y el enemigo número uno de Macondo”, el epítome de la ciudad subdesarrollada del realismo mágico latinoamericano, por lo que ha sido elevado a una especie de alternativa literaria a García Márquez.

Hablemos brevemente de la vida: Andrés Caicedo era un joven escritor, crítico cinematográfico y director de teatro radicado en Cali, muy activo en la escena cultural local, que se mantenía gracias al apoyo de su madre y de artículos sobre cine publicados en diversos medios. Sostenía el credo de que era absurdo vivir más allá de los 25 años, por lo cual, después de recibir el primer ejemplar de ¡Que viva la música!, decidió ingerir una dosis fatal de somníferos.

La fuerza de gravedad de esta anécdota ha servido para impulsar el interés internacional, así como las magníficas traducciones de ¡Que viva la música!, la de Frank Wynne al inglés y la de Bernard Cohen al francés.

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