Damos por sentado cientos de cosas que nos fueron dadas como parte del “paquete humano” con que nacimos, pero hay una en específico que es preciso revalorar: el ojo de la mente, más comúnmente entendido como “imaginación visual”. El énfasis en revalorar esta capacidad viene de un estudio reciente en que se confirmó que existe una condición congénita llamada aphantasia, en la cual este “ojo de la mente” es ciego; es decir, el cerebro de algunas personas (1 de cada 50) es incapaz de formar imágenes.

De hecho, la mera existencia del “ojo de la mente” es una confirmación reciente para la neurociencia. Mientras que para la filosofía y la literatura esto ha sido un hecho más que asumido para entender ideas y conceptos, para la neurociencia nunca hubo una manera de medirlo y por lo tanto de asegurar su existencia. Ahora se ha comprobado que hay personas que simplemente no pueden procesar información visual (un poema, una descripción literaria o una conversación con referencias gráficas). Los que sufren de aphantasia (e incluso, pocos de ellos lo saben) tienen gran dificultad en describir su imaginación o cómo procesan información visual. Ellos experimentan las experiencias más comunes, como leer, de manera completamente diferente. Por ejemplo, un hombre con aphantasia reportó no poder “contar ovejas” para dormir, ni poder reconocer caras familiares. Imaginemos cómo sería leer a Borges o a Bradbury sin poder visualizar sus descripciones, o más aún, cómo podríamos leer poemas cuyas imágenes verbales son tratadas en sí como pinturas (“As idle as a painted ship upon a painted ocean”).

No es sorprendente que Shakespeare fuera quien acuñara el término “ojo de la mente” (the mind’s eye) en Hamlet, una de las obras que más requieren (tanto del personaje como del lector) una capacidad para visualizar los acontecimientos y sus fantasmas. “Llamamos a la luna luna”, decía John Donne, pero ahora resulta que hay quien la llama así sin poder viajar a verla con sólo cerrar los ojos. Al parecer la aphantasia agudiza la memoria de hechos, lo cual sirve como consuelo para aquellos que la padecen. Queda saber qué sueñan los que no ven con el ojo mental; qué leen en la ciencia ficción, qué escuchan en “Lucy in the Sky with Diamonds”.

Como tan a menudo sucede, enterarse de que otro carece de lo que uno tiene induce gratitud y perspectiva. El ojo de la mente nos ha dado tantos momentos felices –y terribles también, por que no decirlo– que sobreestimarlo no sería excesivo. A continuación, un poema de William Blake (quién posiblemente reimaginó la imaginación) y 13 maneras de mirar un mirlo con el ojo de la mente.

.

El tigre

Tigre, tigre, que te enciendes en luz
por los bosques de la noche
¿qué mano inmortal, qué ojo
pudo idear tu terrible simetría?

¿En qué profundidades distantes,
en qué cielos ardió el fuego de tus ojos?
¿Con qué alas osó elevarse?
¿Qué mano osó tomar ese fuego?

¿Y qué hombro, y qué arte
pudo tejer la nervadura de tu corazón?
Y al comenzar los latidos de tu corazón,
¿qué mano terrible? ¿Qué terribles pies?

¿Qué martillo? ¿Qué cadena?
¿En qué horno se templó tu cerebro?
¿En qué yunque?
¿Qué tremendas garras osaron
sus mortales terrores dominar?

Cuando las estrellas arrojaron sus lanzas
y bañaron los cielos con sus lágrimas
¿sonrió al ver su obra?
¿Quien hizo al cordero fue quien te hizo?

Tigre, tigre, que te enciendes en luz,
por los bosques de la noche
¿qué mano inmortal, qué ojo
osó idear tu terrible simetría?

.

Trece maneras de mirar un mirlo

1

Entre veinte cerros nevados
lo único que se movía
era el ojo de un mirlo.

2

Yo era de tres pareceres,
como un árbol
en el que hay tres mirlos.

3

En el viento de otoño giraba el mirlo.
Tenía un papel muy breve en la pantomima.

4

Un hombre y una mujer
son uno.
Un hombre y una mujer y un mirlo
son uno.

5

Yo no sé si prefiero
la belleza de las inflexiones
o la belleza de las insinuaciones,
si el nido silbando
o después.

6

El hielo cubría el ventanal
de cristales bárbaros.
La sombra del mirlo
lo cruzaba de un lado a otro.
La fantasía
trazaba en la sombra
una causa indescifrable.

7

Oh, delgados hombres de Haddam,
¿por qué imagináis pájaros dorados?
¿No veis cómo el mirlo
anda entre los pies
de las mujeres que os rodean?

8

Conozco nobles acentos
e inevitables ritmos lúcidos;
pero también conozco
que el mirlo anda complicado
en lo que conozco.

9

Cuando el mirlo se perdió de vista
señaló el límite
de un círculo entre otros muchos.

10

Al ver mirlos
volar en la luz verde,
hasta los charlatanes de la eufonía
gritarían agudamente.

11

Viajaba por Connecticut
en un coche de cristal.
Una vez le entró el miedo,
por haber confundido
la sombra de su equipaje
con mirlos.

12

El río se mueve.
Estará volando el mirlo.

13

Toda la tarde fue de noche.
Nevaba,
iba a seguir nevando.
El mirlo se detuvo
en la rama del cedro.

.

Damos por sentado cientos de cosas que nos fueron dadas como parte del “paquete humano” con que nacimos, pero hay una en específico que es preciso revalorar: el ojo de la mente, más comúnmente entendido como “imaginación visual”. El énfasis en revalorar esta capacidad viene de un estudio reciente en que se confirmó que existe una condición congénita llamada aphantasia, en la cual este “ojo de la mente” es ciego; es decir, el cerebro de algunas personas (1 de cada 50) es incapaz de formar imágenes.

De hecho, la mera existencia del “ojo de la mente” es una confirmación reciente para la neurociencia. Mientras que para la filosofía y la literatura esto ha sido un hecho más que asumido para entender ideas y conceptos, para la neurociencia nunca hubo una manera de medirlo y por lo tanto de asegurar su existencia. Ahora se ha comprobado que hay personas que simplemente no pueden procesar información visual (un poema, una descripción literaria o una conversación con referencias gráficas). Los que sufren de aphantasia (e incluso, pocos de ellos lo saben) tienen gran dificultad en describir su imaginación o cómo procesan información visual. Ellos experimentan las experiencias más comunes, como leer, de manera completamente diferente. Por ejemplo, un hombre con aphantasia reportó no poder “contar ovejas” para dormir, ni poder reconocer caras familiares. Imaginemos cómo sería leer a Borges o a Bradbury sin poder visualizar sus descripciones, o más aún, cómo podríamos leer poemas cuyas imágenes verbales son tratadas en sí como pinturas (“As idle as a painted ship upon a painted ocean”).

No es sorprendente que Shakespeare fuera quien acuñara el término “ojo de la mente” (the mind’s eye) en Hamlet, una de las obras que más requieren (tanto del personaje como del lector) una capacidad para visualizar los acontecimientos y sus fantasmas. “Llamamos a la luna luna”, decía John Donne, pero ahora resulta que hay quien la llama así sin poder viajar a verla con sólo cerrar los ojos. Al parecer la aphantasia agudiza la memoria de hechos, lo cual sirve como consuelo para aquellos que la padecen. Queda saber qué sueñan los que no ven con el ojo mental; qué leen en la ciencia ficción, qué escuchan en “Lucy in the Sky with Diamonds”.

Como tan a menudo sucede, enterarse de que otro carece de lo que uno tiene induce gratitud y perspectiva. El ojo de la mente nos ha dado tantos momentos felices –y terribles también, por que no decirlo– que sobreestimarlo no sería excesivo. A continuación, un poema de William Blake (quién posiblemente reimaginó la imaginación) y 13 maneras de mirar un mirlo con el ojo de la mente.

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El tigre

Tigre, tigre, que te enciendes en luz
por los bosques de la noche
¿qué mano inmortal, qué ojo
pudo idear tu terrible simetría?

¿En qué profundidades distantes,
en qué cielos ardió el fuego de tus ojos?
¿Con qué alas osó elevarse?
¿Qué mano osó tomar ese fuego?

¿Y qué hombro, y qué arte
pudo tejer la nervadura de tu corazón?
Y al comenzar los latidos de tu corazón,
¿qué mano terrible? ¿Qué terribles pies?

¿Qué martillo? ¿Qué cadena?
¿En qué horno se templó tu cerebro?
¿En qué yunque?
¿Qué tremendas garras osaron
sus mortales terrores dominar?

Cuando las estrellas arrojaron sus lanzas
y bañaron los cielos con sus lágrimas
¿sonrió al ver su obra?
¿Quien hizo al cordero fue quien te hizo?

Tigre, tigre, que te enciendes en luz,
por los bosques de la noche
¿qué mano inmortal, qué ojo
osó idear tu terrible simetría?

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Trece maneras de mirar un mirlo

1

Entre veinte cerros nevados
lo único que se movía
era el ojo de un mirlo.

2

Yo era de tres pareceres,
como un árbol
en el que hay tres mirlos.

3

En el viento de otoño giraba el mirlo.
Tenía un papel muy breve en la pantomima.

4

Un hombre y una mujer
son uno.
Un hombre y una mujer y un mirlo
son uno.

5

Yo no sé si prefiero
la belleza de las inflexiones
o la belleza de las insinuaciones,
si el nido silbando
o después.

6

El hielo cubría el ventanal
de cristales bárbaros.
La sombra del mirlo
lo cruzaba de un lado a otro.
La fantasía
trazaba en la sombra
una causa indescifrable.

7

Oh, delgados hombres de Haddam,
¿por qué imagináis pájaros dorados?
¿No veis cómo el mirlo
anda entre los pies
de las mujeres que os rodean?

8

Conozco nobles acentos
e inevitables ritmos lúcidos;
pero también conozco
que el mirlo anda complicado
en lo que conozco.

9

Cuando el mirlo se perdió de vista
señaló el límite
de un círculo entre otros muchos.

10

Al ver mirlos
volar en la luz verde,
hasta los charlatanes de la eufonía
gritarían agudamente.

11

Viajaba por Connecticut
en un coche de cristal.
Una vez le entró el miedo,
por haber confundido
la sombra de su equipaje
con mirlos.

12

El río se mueve.
Estará volando el mirlo.

13

Toda la tarde fue de noche.
Nevaba,
iba a seguir nevando.
El mirlo se detuvo
en la rama del cedro.

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