En nuestros días siempre hay una pantalla exigiendo nuestra atención: ya sean las de nuestras computadoras o móviles, los televisores o el cine, los anuncios de la calle y un ecosistema de signos publicitarios, distraernos es sencillo y la atención necesaria para resolver un problema o para llegar a soluciones innovadoras es un bien escaso y que pareciera durar poco.

Pero esto puede ser así sólo porque estamos acostumbrados a lamentarnos por no ser “más” creativos o no poner “más” atención: según un cuerpo cada vez mayor de investigaciones, la creatividad estaría más ligada con ese permitirse ensoñar de la dispersión que con un esfuerzo intelectual de la atención.

14741129476_5f9092b7a4_zJonathan Schooler de la Universidad de California, cree que nuestros cerebros siempre se encuentran resolviendo problemas ajenos a los que tenemos enfrente durante esos periodos de aparente “dispersión.” La mitología de los pensadores y genios (recordemos a Einstein en bicicleta o las largas caminatas que inspiraron a Thoreau tanto como a Beethoven, o incluso los paseos a caballo de Montaigne, que reproducen el trajín del pensamiento) nos ha acostumbrado a pensar que la distracción es un lujo, y que “no hay tiempo que perder”. Pero precisamente “perder tiempo” puede darle a nuestros cerebros la oportunidad de producir asociaciones y conexiones entre experiencias y recuerdos, produciendo esa sensación de “eureka”, tan apreciada y fugaz.

El fundador de la agencia de innovación IDEO, David Kelley, recuerda algo que aprendió de su maestro Bob McKim: “la atención relajada”. Con una disposición cercana a la meditación, esta atención relajada es un nombre elegante para decir “ensoñación activa”, o la oportunidad de permitirse habitar a cada momento las ideas que llegan a nuestra mente… y dejarlas pasar.

Es que pareciera que precisamente el tratar de “ser creativos” se consigue por un medio donde el “tratar” no existe, porque no existe el fallo: permitirse contemplar los paisajes mentales durante 20 minutos, mientras damos una caminata o permanecemos recostados, puede ser la llave de las grandes ideas y las soluciones interesantes.

Esto nos recuerda también el tipo de atención utilizada por el practicante zen cuando se le plantea un koan, una adivinanza sin respuesta lógica diseñado para flexibilizar la mente del practicante de sus constricciones usuales. Así, el monje llegará al satori, la súbita iluminación, que mucho parecido alberga con esa sensación de eureka, cuando la respuesta que no sabíamos que buscábamos llega en medio de una ensoñación o un episodio de “distracción”.

Tom y David Kelley de Wired incluso abogan por una sencilla forma de subversión cotidiana que transmute la dispersión en maná creativo (e incluso antes de salir de tu cama): cuando nuestro despertador suena por la mañana y oprimimos el botón “Snooze” podemos experimentar cierta culpa por no levantarnos rápidamente; según los autores, en lugar de ver esos “5 minutos más” como una forma de pereza, podríamos verlos como momentos perfectos para ejercitar la atención relajada, en la frontera entre sueño y vigilia.

Transformar el botón “Snooze” en el botón de la “Musa” nos ayudará también a comenzar nuestro día con insight y con frescura, una práctica, además, que puede fortalecerse mucho con la reelaboración de nuestros sueños en ese primer estado de semiconciencia. Al mismo tiempo, podemos dejar que nuestra mente vague por un periodo limitado de tiempo antes de que nuestra atención sea nuevamente requerida por las ocupaciones del mundo.

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En nuestros días siempre hay una pantalla exigiendo nuestra atención: ya sean las de nuestras computadoras o móviles, los televisores o el cine, los anuncios de la calle y un ecosistema de signos publicitarios, distraernos es sencillo y la atención necesaria para resolver un problema o para llegar a soluciones innovadoras es un bien escaso y que pareciera durar poco.

Pero esto puede ser así sólo porque estamos acostumbrados a lamentarnos por no ser “más” creativos o no poner “más” atención: según un cuerpo cada vez mayor de investigaciones, la creatividad estaría más ligada con ese permitirse ensoñar de la dispersión que con un esfuerzo intelectual de la atención.

14741129476_5f9092b7a4_zJonathan Schooler de la Universidad de California, cree que nuestros cerebros siempre se encuentran resolviendo problemas ajenos a los que tenemos enfrente durante esos periodos de aparente “dispersión.” La mitología de los pensadores y genios (recordemos a Einstein en bicicleta o las largas caminatas que inspiraron a Thoreau tanto como a Beethoven, o incluso los paseos a caballo de Montaigne, que reproducen el trajín del pensamiento) nos ha acostumbrado a pensar que la distracción es un lujo, y que “no hay tiempo que perder”. Pero precisamente “perder tiempo” puede darle a nuestros cerebros la oportunidad de producir asociaciones y conexiones entre experiencias y recuerdos, produciendo esa sensación de “eureka”, tan apreciada y fugaz.

El fundador de la agencia de innovación IDEO, David Kelley, recuerda algo que aprendió de su maestro Bob McKim: “la atención relajada”. Con una disposición cercana a la meditación, esta atención relajada es un nombre elegante para decir “ensoñación activa”, o la oportunidad de permitirse habitar a cada momento las ideas que llegan a nuestra mente… y dejarlas pasar.

Es que pareciera que precisamente el tratar de “ser creativos” se consigue por un medio donde el “tratar” no existe, porque no existe el fallo: permitirse contemplar los paisajes mentales durante 20 minutos, mientras damos una caminata o permanecemos recostados, puede ser la llave de las grandes ideas y las soluciones interesantes.

Esto nos recuerda también el tipo de atención utilizada por el practicante zen cuando se le plantea un koan, una adivinanza sin respuesta lógica diseñado para flexibilizar la mente del practicante de sus constricciones usuales. Así, el monje llegará al satori, la súbita iluminación, que mucho parecido alberga con esa sensación de eureka, cuando la respuesta que no sabíamos que buscábamos llega en medio de una ensoñación o un episodio de “distracción”.

Tom y David Kelley de Wired incluso abogan por una sencilla forma de subversión cotidiana que transmute la dispersión en maná creativo (e incluso antes de salir de tu cama): cuando nuestro despertador suena por la mañana y oprimimos el botón “Snooze” podemos experimentar cierta culpa por no levantarnos rápidamente; según los autores, en lugar de ver esos “5 minutos más” como una forma de pereza, podríamos verlos como momentos perfectos para ejercitar la atención relajada, en la frontera entre sueño y vigilia.

Transformar el botón “Snooze” en el botón de la “Musa” nos ayudará también a comenzar nuestro día con insight y con frescura, una práctica, además, que puede fortalecerse mucho con la reelaboración de nuestros sueños en ese primer estado de semiconciencia. Al mismo tiempo, podemos dejar que nuestra mente vague por un periodo limitado de tiempo antes de que nuestra atención sea nuevamente requerida por las ocupaciones del mundo.

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