El terremoto de Fukushima en el 2011 produjo estragos monumentales, tanto materiales como simbólicos. En respuesta, Anish Kapoor y Arata Isozaki diseñaron una sala de conciertos inflable: Ark Nova. Ésta alberga a 500 personas y apunta a trasladar el goce musical a donde más se necesite. Recordemos que Kapoor está dedicado a explorar mediante sus piezas el espacio, y demostrar que aquello que nos acontece como vacío, no carece de potencial simbólico: todo lo contrario.

En el afán de reconstruir las tensiones culturales —la territorialidad— la extraña catedral inflable, dedicada a la belleza de la música, devuelve al espacio la oportunidad de ser lugar de comunión. La cualidad móvil de Ark Nova, la ligereza de su materialidad y la carencia de anclajes al espacio, la convierten en metáfora sanadora frente a la contingencia. Como afirma Marc Kushner, la estructura inflable invita a mirar hacia arriba, no sólo por la majestuosidad impresa en su forma; el arriba es un panorama limpio y abierto: espacialidad pura y pura posibilidad.

En el vacío —silencio que resuena, como un grito ahogado por la sorpresa— acontece lo estético. En esta suspensión de lo fáctico, lo que menos importa es la funcionalidad del edificio o su perdurabilidad. Lo que importa es ese instante eterno, mucho más presente que el presente mismo; lo que importa es cómo, a través del puro momento contemplativo —que es efímero— se atraviesa el camino que lleva a una nueva vida, a una reconstrucción, a un territorio distinto. Es celebrable que el arte lance sus discursividades y ejercicios de estetización a un campo en donde se prestan a la disposición comunitaria. Ante la catastrophe, la recuperación del territorio simbólico es tan valiosa como el reensamblaje de los edificios.

La arquitectura juega de ambos lados, pues el espacio es el principio, el terreno esencial en donde se despliega todo lo demás. Es un fluido que carece de materialidad, pero condiciona lo material de absolutamente todo. A pesar de ello, el terremoto anuncia —mientras destruye edificaciones y replantea la traza urbana— que el espacio no es lo mismo que el territorio. El espacio es una dimensión y el territorio se compone de las tensiones provocadas por las distintas formas de habitar de cada sujeto. El territorio es cultural e ideológico. Cuando los edificios se caen, lo que hemos perdido no es la vivienda, es lo habitual: “Aquello que se hace, padece o posee con continuación o por hábito”.

 

 

 

*Imagen: video – ARK NOVA 2014

El terremoto de Fukushima en el 2011 produjo estragos monumentales, tanto materiales como simbólicos. En respuesta, Anish Kapoor y Arata Isozaki diseñaron una sala de conciertos inflable: Ark Nova. Ésta alberga a 500 personas y apunta a trasladar el goce musical a donde más se necesite. Recordemos que Kapoor está dedicado a explorar mediante sus piezas el espacio, y demostrar que aquello que nos acontece como vacío, no carece de potencial simbólico: todo lo contrario.

En el afán de reconstruir las tensiones culturales —la territorialidad— la extraña catedral inflable, dedicada a la belleza de la música, devuelve al espacio la oportunidad de ser lugar de comunión. La cualidad móvil de Ark Nova, la ligereza de su materialidad y la carencia de anclajes al espacio, la convierten en metáfora sanadora frente a la contingencia. Como afirma Marc Kushner, la estructura inflable invita a mirar hacia arriba, no sólo por la majestuosidad impresa en su forma; el arriba es un panorama limpio y abierto: espacialidad pura y pura posibilidad.

En el vacío —silencio que resuena, como un grito ahogado por la sorpresa— acontece lo estético. En esta suspensión de lo fáctico, lo que menos importa es la funcionalidad del edificio o su perdurabilidad. Lo que importa es ese instante eterno, mucho más presente que el presente mismo; lo que importa es cómo, a través del puro momento contemplativo —que es efímero— se atraviesa el camino que lleva a una nueva vida, a una reconstrucción, a un territorio distinto. Es celebrable que el arte lance sus discursividades y ejercicios de estetización a un campo en donde se prestan a la disposición comunitaria. Ante la catastrophe, la recuperación del territorio simbólico es tan valiosa como el reensamblaje de los edificios.

La arquitectura juega de ambos lados, pues el espacio es el principio, el terreno esencial en donde se despliega todo lo demás. Es un fluido que carece de materialidad, pero condiciona lo material de absolutamente todo. A pesar de ello, el terremoto anuncia —mientras destruye edificaciones y replantea la traza urbana— que el espacio no es lo mismo que el territorio. El espacio es una dimensión y el territorio se compone de las tensiones provocadas por las distintas formas de habitar de cada sujeto. El territorio es cultural e ideológico. Cuando los edificios se caen, lo que hemos perdido no es la vivienda, es lo habitual: “Aquello que se hace, padece o posee con continuación o por hábito”.

 

 

 

*Imagen: video – ARK NOVA 2014