A composition is like a house you can walk around in.

—John Cage

Tal vez la música, antes que ser el arte del sonido, sea el arte del tiempo. Por eso su comunión con el espacio, y por ende con la arquitectura, es perfecta. Cuando tocamos la relación entre música y arquitectura, en realidad estamos hablando no del encuentro de dos artes, sino de dos dimensiones –y sus respectivas fuerzas originarias–.

La influencia de la música sobre el espacio es palpable. Sabemos que una habitación, y lo que sucede en su interior, puede transformarse radicalmente según los influjos musicales que se le apliquen. Pero esto también ocurre, como sostiene David Byrne, en la otra dirección: los espacios, y sus propósitos, han inspirado o influido escuelas musicales –la música sacra difícilmente habría existido sin la previa existencia de catedrales y monasterios, o el punk no habría sonado igual sin los pequeños y caóticos clubes londinenses de la época.

Música que actúa sobre la materia

Numerosos estudios han analizado la injerencia de la música a nivel celular: sobre la conducta, longevidad y otros aspectos de las células. También se ha documentado su rol dentro del proceso de neuroplasticidad, es decir, los cambios que va experimentado físicamente nuestro cerebro a lo largo de la vida. Así que (incluso sin apelar a hipótesis ‘new-age´ que advierten el impacto de la música sobre las estructuras moleculares del agua) podemos afirmar con confianza que la música tiene un impactó tangible sobre la materia.

Pero, si la música tiene la capacidad de alterar el comportamiento celular, o de modelar el cerebro humano, especulemos un poco en lo que puede producir sobre el espacio –la profundidad con que puede tocarlo–.

El arte del tiempo-espacio

I call architecture frozen music. 

Goethe

K. H. Stockhausen advertía en la relación espacio-música un factor esencial en sus composiciones; a la hora de componer consideraba la dirección en la que viajaría el sonido a través del espacio. Este maestro alemán encontraba imposible disociar la música del espacio físico, algo similar a lo que le ocurría a Iannis Xenakis, el arquitecto franco-griego que brillaría como músico en la segunda mitad del siglo XX. 

La espacialidad en la música, lo mismo que la musicalidad en la arquitectura, nos remiten a la esencia matemática de ambas disciplinas; la “música de las esferas”, decía Pitágoras, en relación a la música generada, al menos filosóficamente, por el desplazamiento de los astros.   

Algo interesante a considerar es que el sonido, necesita de espacio para poder cobrar vida –es decir, un medio para desdoblar sus ondas–. Por otro lado, no existe espacio alguno, al menos no en la Tierra, que pueda blindarse por completo ante el asalto sonoro. Por eso, insistimos, quizá deberíamos de seguir el ejemplo de Stockhausen y simplemente no admitir la existencia de una separada de la otra. 

Sentir la encrucijada

Música y arquitectura, su encuentro, forman una deliciosa encrucijada que, similar a lo que ocurre con el árbol del koan Zen que cae en el bosque, tal vez necesita el ingrediente perceptivo para existir, es decir, tiempo, espacio y una conciencia que los perciba. Así que la próxima vez que escuches música, y lo hagas inevitablemente en un espacio físico, acuérdate que estás siendo testigo de una de las comuniones más profundas que puedan registrarse.

 

 

magen: Dominio público

A composition is like a house you can walk around in.

—John Cage

Tal vez la música, antes que ser el arte del sonido, sea el arte del tiempo. Por eso su comunión con el espacio, y por ende con la arquitectura, es perfecta. Cuando tocamos la relación entre música y arquitectura, en realidad estamos hablando no del encuentro de dos artes, sino de dos dimensiones –y sus respectivas fuerzas originarias–.

La influencia de la música sobre el espacio es palpable. Sabemos que una habitación, y lo que sucede en su interior, puede transformarse radicalmente según los influjos musicales que se le apliquen. Pero esto también ocurre, como sostiene David Byrne, en la otra dirección: los espacios, y sus propósitos, han inspirado o influido escuelas musicales –la música sacra difícilmente habría existido sin la previa existencia de catedrales y monasterios, o el punk no habría sonado igual sin los pequeños y caóticos clubes londinenses de la época.

Música que actúa sobre la materia

Numerosos estudios han analizado la injerencia de la música a nivel celular: sobre la conducta, longevidad y otros aspectos de las células. También se ha documentado su rol dentro del proceso de neuroplasticidad, es decir, los cambios que va experimentado físicamente nuestro cerebro a lo largo de la vida. Así que (incluso sin apelar a hipótesis ‘new-age´ que advierten el impacto de la música sobre las estructuras moleculares del agua) podemos afirmar con confianza que la música tiene un impactó tangible sobre la materia.

Pero, si la música tiene la capacidad de alterar el comportamiento celular, o de modelar el cerebro humano, especulemos un poco en lo que puede producir sobre el espacio –la profundidad con que puede tocarlo–.

El arte del tiempo-espacio

I call architecture frozen music. 

Goethe

K. H. Stockhausen advertía en la relación espacio-música un factor esencial en sus composiciones; a la hora de componer consideraba la dirección en la que viajaría el sonido a través del espacio. Este maestro alemán encontraba imposible disociar la música del espacio físico, algo similar a lo que le ocurría a Iannis Xenakis, el arquitecto franco-griego que brillaría como músico en la segunda mitad del siglo XX. 

La espacialidad en la música, lo mismo que la musicalidad en la arquitectura, nos remiten a la esencia matemática de ambas disciplinas; la “música de las esferas”, decía Pitágoras, en relación a la música generada, al menos filosóficamente, por el desplazamiento de los astros.   

Algo interesante a considerar es que el sonido, necesita de espacio para poder cobrar vida –es decir, un medio para desdoblar sus ondas–. Por otro lado, no existe espacio alguno, al menos no en la Tierra, que pueda blindarse por completo ante el asalto sonoro. Por eso, insistimos, quizá deberíamos de seguir el ejemplo de Stockhausen y simplemente no admitir la existencia de una separada de la otra. 

Sentir la encrucijada

Música y arquitectura, su encuentro, forman una deliciosa encrucijada que, similar a lo que ocurre con el árbol del koan Zen que cae en el bosque, tal vez necesita el ingrediente perceptivo para existir, es decir, tiempo, espacio y una conciencia que los perciba. Así que la próxima vez que escuches música, y lo hagas inevitablemente en un espacio físico, acuérdate que estás siendo testigo de una de las comuniones más profundas que puedan registrarse.

 

 

magen: Dominio público