El trazado y diseño de una ciudad es complejo. De todos los espacios que ha habitado el ser humano, quizá ninguno tan cambiante, tan supeditado a las necesidades de las personas que ahí residen, como las grandes metrópolis. Sin embargo, qué asombrosa su capacidad de adaptación. Si un espacio responde, casi de inmediato y orgánicamente a las necesidades de sus habitantes, es una metrópoli.

Uno de los primeros grandes arquitectos en ver el potencial de las grandes ciudades fue Frank Lloyd Wright, quien siempre pensó la urbe como el espacio por excelencia para la comunicación –inmediata y a distancia.

Curiosamente, la idea de ciudad de Wright era muy distinta a la realidad de estas. Las grandes urbes se caracterizan por una suerte de “caos funcional”, una coincidencia compleja de incontables factores que, contra todo pronóstico, encuentran la manera de operar entre sí. Pero esto para Wright no era admirable, sino justo lo contrario. Ante la saturación propia de las ciudades, Wright prefería los elementos de los más se carece en los espacios urbanos: aire, espacio, luz y silencio.

Los diseños urbanos de Wright –entre los que se encuentran los centros cívicos de Madison, Wisconsin, y de Pittsburgh Point, entre  otros–, buscaron siempre propiciar la conexión entre los integrantes de una comunidad y sus  múltiples intereses. Wright entendió que la vida social estaba compuesta de muchos elementos: el arte, el entretenimiento, la política, la convivencia diaria y fortuita, el trabajo y más.

frank-lloyd-wright

A  propósito de una exposición de  los diseños urbanísticos de Wright que se presentó hace un par de años en el MoMA, Morgan Meis señaló en The New Yorker el peculiar extremismo del arquitecto, quien imaginó espacios densamente ocupados, incluso con edificios  imposibles de construir, pero también suburbios casi rurales, bucólicos. Además, como se sabe, la utopía también fue un ejercicio en el que incurrió, específicamente con su “Broadacre City”, una metrópoli de grandes espacios abiertos en donde la vida diaria de sus habitantes estaría facilitada por la tecnología mecánica y de comunicación.

Todo esto, tanto en los proyectos factibles como en sus fantasías más descontroladas, bajola idea de una convivencia perfecta entre el espacio artificial y el natural, las construcciones y el entorno, los edificios y aquello que los rodearía: los árboles, un río, las montañas, etc.

Es en este sentido que se habla de arquitectura “orgánica” en las ideas de Wight: diseños que si bien a primera vista parecerían rígidos, de líneas duras y formas inflexibles, cuando se observan en relación con el medio donde se encuentran, se revela la correspondencia con este, su coincidencia detalladamente planeada.

Para Wright, tanto en la utopía como en los diseños concretados, el arquitecto era una especie de demiurgo que debería ponderar hasta el elemento más mínimo del espacio  urbanístico para que aquello que sucediera en una ciudad no fuera fruto del azar o del caos, sino una especie de resultado objetivo, científico casi, que pusiera a dialogar la vitalidad con la lógica. Y esa quizá sea la gran enseñanza de su labor: que las ciudades son espacios donde sí es posible habitar de forma sensata.

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*Imágenes: Flickr – Kjell Olsen: 1) Wright Plan for Ellis Island; 2-5 ) Wright Sketches for Broadacre City / Creative Commons

El trazado y diseño de una ciudad es complejo. De todos los espacios que ha habitado el ser humano, quizá ninguno tan cambiante, tan supeditado a las necesidades de las personas que ahí residen, como las grandes metrópolis. Sin embargo, qué asombrosa su capacidad de adaptación. Si un espacio responde, casi de inmediato y orgánicamente a las necesidades de sus habitantes, es una metrópoli.

Uno de los primeros grandes arquitectos en ver el potencial de las grandes ciudades fue Frank Lloyd Wright, quien siempre pensó la urbe como el espacio por excelencia para la comunicación –inmediata y a distancia.

Curiosamente, la idea de ciudad de Wright era muy distinta a la realidad de estas. Las grandes urbes se caracterizan por una suerte de “caos funcional”, una coincidencia compleja de incontables factores que, contra todo pronóstico, encuentran la manera de operar entre sí. Pero esto para Wright no era admirable, sino justo lo contrario. Ante la saturación propia de las ciudades, Wright prefería los elementos de los más se carece en los espacios urbanos: aire, espacio, luz y silencio.

Los diseños urbanos de Wright –entre los que se encuentran los centros cívicos de Madison, Wisconsin, y de Pittsburgh Point, entre  otros–, buscaron siempre propiciar la conexión entre los integrantes de una comunidad y sus  múltiples intereses. Wright entendió que la vida social estaba compuesta de muchos elementos: el arte, el entretenimiento, la política, la convivencia diaria y fortuita, el trabajo y más.

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A  propósito de una exposición de  los diseños urbanísticos de Wright que se presentó hace un par de años en el MoMA, Morgan Meis señaló en The New Yorker el peculiar extremismo del arquitecto, quien imaginó espacios densamente ocupados, incluso con edificios  imposibles de construir, pero también suburbios casi rurales, bucólicos. Además, como se sabe, la utopía también fue un ejercicio en el que incurrió, específicamente con su “Broadacre City”, una metrópoli de grandes espacios abiertos en donde la vida diaria de sus habitantes estaría facilitada por la tecnología mecánica y de comunicación.

Todo esto, tanto en los proyectos factibles como en sus fantasías más descontroladas, bajola idea de una convivencia perfecta entre el espacio artificial y el natural, las construcciones y el entorno, los edificios y aquello que los rodearía: los árboles, un río, las montañas, etc.

Es en este sentido que se habla de arquitectura “orgánica” en las ideas de Wight: diseños que si bien a primera vista parecerían rígidos, de líneas duras y formas inflexibles, cuando se observan en relación con el medio donde se encuentran, se revela la correspondencia con este, su coincidencia detalladamente planeada.

Para Wright, tanto en la utopía como en los diseños concretados, el arquitecto era una especie de demiurgo que debería ponderar hasta el elemento más mínimo del espacio  urbanístico para que aquello que sucediera en una ciudad no fuera fruto del azar o del caos, sino una especie de resultado objetivo, científico casi, que pusiera a dialogar la vitalidad con la lógica. Y esa quizá sea la gran enseñanza de su labor: que las ciudades son espacios donde sí es posible habitar de forma sensata.

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*Imágenes: Flickr – Kjell Olsen: 1) Wright Plan for Ellis Island; 2-5 ) Wright Sketches for Broadacre City / Creative Commons

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