Las constelaciones son, quizá, las hijas más espléndidas de la imaginación humana. Al concebirlas como lo que realmente son, grupos de estrellas cuya disposición creó patrones y formas en la fantasía de alguien hace miles de años, los intentos por plasmarlas, por delinearlas, bien podrían ser llamados obras de arte.

Las constelaciones han variado de acuerdo a la época y el lugar donde fueron nombradas (y al mismo tiempo creadas). Ahí donde alguien vio alguna vez la forma de un animal o un ser mitológico, alguien más, en otra parte del mundo, podría haber visto un contorno distinto. Una de las culturas más embelesadas por las estrellas y sus formas fue la islámica, que obsequió a la humanidad una gran cantidad de tratados y mapas que, aún hoy, pueden deslumbrarnos por su belleza y simbolismo.

Abd al-Rahman al-Sufi, conocido también en Occidente como Azophi, nació en la hoy desaparecida ciudad de Rayy, en la provincia de Teherán, Irán, el 7 de diciembre del año 903; murió 83 años después. Vivió y trabajó en la corte del emir persa Adud ad-Daula, traduciendo y comentando volúmenes de astronomía, astrología, alquimia y matemáticas, en especial muchos provenientes del mundo griego.

En 964, Al-Sufi escribió el que sería su libro más famoso, su obra cumbre: Libro de las estrellas fijas, basado en el Almagesto —tratado central de Ptolomeo sobre las estrellas—. Ahí, Al-Sufi realizó correcciones a datos que el astrólogo alejandrino registró de algunas estrellas; asimismo, revisó su brillo y tamaño. También descubrió la galaxia conocida como Gran Nube de Magallanes y la Galaxia de Andrómeda, además de haber hecho un sinnúmero de traducciones de tratados astrológicos de la cultura helenística. Este sabio, en pocas palabras, dedicó su vida a observar, describir y catalogar las características de las estrellas (y escribió, incluso, un tratado sobre el astrolabio).

Originalmente escrito en árabe para luego ser traducido al persa y el latín, el Libro de las estrellas fijas presenta las 48 constelaciones conocidas como “estrellas fijas” que, de acuerdo con las concepciones medievales del universo, se encontraban repartidas en ocho de las nueve esferas que rodeaban a la Tierra. En este volumen, cada constelación aparece dos veces, a manera de espejo —una que describe la manera en que se ven desde la nuestro planeta y la otra cómo se ven desde el cielo—.

Tan simples como sofisticadas, siempre hipnotizantes, las constelaciones que describió e ilustró Al-Sufi no sólo brillan por su hermosura, también son poderosas obras gráficas por sí mismas, capaces de recordarnos los alcances y el poder de la imaginación humana, la herramienta más poderosa de la que disponemos.

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Imágenes: Dominio público

Las constelaciones son, quizá, las hijas más espléndidas de la imaginación humana. Al concebirlas como lo que realmente son, grupos de estrellas cuya disposición creó patrones y formas en la fantasía de alguien hace miles de años, los intentos por plasmarlas, por delinearlas, bien podrían ser llamados obras de arte.

Las constelaciones han variado de acuerdo a la época y el lugar donde fueron nombradas (y al mismo tiempo creadas). Ahí donde alguien vio alguna vez la forma de un animal o un ser mitológico, alguien más, en otra parte del mundo, podría haber visto un contorno distinto. Una de las culturas más embelesadas por las estrellas y sus formas fue la islámica, que obsequió a la humanidad una gran cantidad de tratados y mapas que, aún hoy, pueden deslumbrarnos por su belleza y simbolismo.

Abd al-Rahman al-Sufi, conocido también en Occidente como Azophi, nació en la hoy desaparecida ciudad de Rayy, en la provincia de Teherán, Irán, el 7 de diciembre del año 903; murió 83 años después. Vivió y trabajó en la corte del emir persa Adud ad-Daula, traduciendo y comentando volúmenes de astronomía, astrología, alquimia y matemáticas, en especial muchos provenientes del mundo griego.

En 964, Al-Sufi escribió el que sería su libro más famoso, su obra cumbre: Libro de las estrellas fijas, basado en el Almagesto —tratado central de Ptolomeo sobre las estrellas—. Ahí, Al-Sufi realizó correcciones a datos que el astrólogo alejandrino registró de algunas estrellas; asimismo, revisó su brillo y tamaño. También descubrió la galaxia conocida como Gran Nube de Magallanes y la Galaxia de Andrómeda, además de haber hecho un sinnúmero de traducciones de tratados astrológicos de la cultura helenística. Este sabio, en pocas palabras, dedicó su vida a observar, describir y catalogar las características de las estrellas (y escribió, incluso, un tratado sobre el astrolabio).

Originalmente escrito en árabe para luego ser traducido al persa y el latín, el Libro de las estrellas fijas presenta las 48 constelaciones conocidas como “estrellas fijas” que, de acuerdo con las concepciones medievales del universo, se encontraban repartidas en ocho de las nueve esferas que rodeaban a la Tierra. En este volumen, cada constelación aparece dos veces, a manera de espejo —una que describe la manera en que se ven desde la nuestro planeta y la otra cómo se ven desde el cielo—.

Tan simples como sofisticadas, siempre hipnotizantes, las constelaciones que describió e ilustró Al-Sufi no sólo brillan por su hermosura, también son poderosas obras gráficas por sí mismas, capaces de recordarnos los alcances y el poder de la imaginación humana, la herramienta más poderosa de la que disponemos.

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