Una leyenda es una historia contada demasiadas veces por demasiadas personas a lo largo del tiempo: como olas sobre un paisaje arenoso, cada versión sucesiva de la historia añade o resta, rectifica o introduce nueva información, por lo que conocer el principio de una leyenda equivale a desear conocer el rostro original de las playas. Las aguas que sumergieron en el fondo del mar a la mítica Atlántida (o Atlantis, que significa “isla de Atlas”, en cuyo honor también fue nombrado un océano, el Atlántico) no pudieron, sin embargo, hundir los deseos de filósofos, escritores y arqueólogos para dar con nuevos indicios y evidencias que reforzaran la belleza de la historia.

Atlantis.city

La versión de la que muchos parten es la de Platón: Critias, discípulo de Sócrates, oía relatar a su abuelo la fantástica historia de una poderosa isla conocida en tiempos antiguos como Atlantis, que Poseidón, dios de los mares, había dividido en diez reinos para albergar a los diez hijos que tuvo con Clito. Con el tiempo, estos reinos prosperaron en una geografía que Critias describe como rica en todos los tipos de cosechas buenas para el hombre, próspera para hacer pastar ganado y aguas límpidas rebosantes de peces. El argumento de Platón en los diálogos correspondientes a Critias y Timeo no pretende sino describir una organización social ideal, con armonía entre los dioses y los hombres, y con una base de gobierno fundada en la cooperación con otros reinos y en la prohibición de mostrarse hostiles con sus vecinos; la descripción de una ciudad o sociedad ideal fue emprendida por Platón en otros diálogos suyos como la República, que puede compartir con Critias el calificativo de “utópico” en al menos dos sentidos: 1) ambos describen una forma de gobierno eficiente, necesariamente distinta de aquella a la cual viven; 2) el sentido de la historia consiste en mostrar que precisamente la organización ideal es imposible de hallar, ya que la sociedad perfecta siempre es utópica: “ausente en el espacio” o, en su acepción etimológica estricta, “sin lugar”.

“Sin lugar” también es el diálogo de Sócrates y Critias, que se interrumpe abruptamente sin que el destino de la legendaria Atlántida hubiera sido referido. Comentadores de Platón como Plinio el Viejo y Eustacio reforzaron la veracidad del relato del abuelo de Critias (verdaderamente una anécdota familiar más que una leyenda de algo que, incluso en la época de Platón, había ocurrido miles de años atrás), quien encontró obeliscos egipcios que portaban el conocimiento oculto de los atlantes, una costumbre que los hombres adoptaron gustosamente en los siguientes siglos: componer un desenlace para la historia haciendo coincidir las ruinas de Atlantis con el lugar donde uno supone que la isla se hundió.

Atlantis

Pero que un lugar no exista —es decir, que sea utópico— no quiere decir que no se le puede buscar. Durante milenios, los exploradores de las profundidades han tratado de dar con la mítica Atlantis, haciéndola coincidir con las islas del mar Caribe, la península de Yucatán, el continente americano, Irlanda, las Azores, Groenlandia, África, Sicilia y la Antártida. Un fuerte contendiente, tanto por su localización geográfica como por su localización histórica, es la isla griega de Creta. En la época de Platón el recuerdo del poderoso rey Minos y su genealogía eran de una proporción mítica, pero desde un punto de vista histórico Creta ofrecía el ejemplo del ocaso de una sociedad prolífica y poderosa. Alrededor del año 1627 antes de nuestra era, más de un milenio antes del tiempo de Platón, una explosión volcánica similar a la del Krakatoa en el siglo XIX hizo desaparecer buena parte de la superficie cretense y cambió para siempre la faz del mar Egeo, cruzado por los barcos de los héroes homéricos.

A principios de 2015, la National Geographic Society situó la Atlántida en unas marismas cercanas al puerto de Doñana, al noroeste de Cádiz, en España. Geólogos y arqueólogos de distintas nacionalidades se reunieron bajo la dirección de Richard Freund para sopesar teorías y comparar posibles evidencias; es decir, para contarse una vez más la historia de una ciudad hecha de círculos concéntricos que permitían moderar la fuerza de los mares y protegerse de posibles invasores; una ciudad construida bajo los principios ordenadores que Platón deriva del trato con la idea (la éidos, la forma de las cosas), que reproducía en el carácter de sus gobernantes y en la construcción de sus instituciones un paradigma de perfección cósmica. Una ciudad imaginaria que vuelve a la vida en forma de leyenda —es decir, cuando leemos o hablamos o contamos otra vez la misma historia.

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Una leyenda es una historia contada demasiadas veces por demasiadas personas a lo largo del tiempo: como olas sobre un paisaje arenoso, cada versión sucesiva de la historia añade o resta, rectifica o introduce nueva información, por lo que conocer el principio de una leyenda equivale a desear conocer el rostro original de las playas. Las aguas que sumergieron en el fondo del mar a la mítica Atlántida (o Atlantis, que significa “isla de Atlas”, en cuyo honor también fue nombrado un océano, el Atlántico) no pudieron, sin embargo, hundir los deseos de filósofos, escritores y arqueólogos para dar con nuevos indicios y evidencias que reforzaran la belleza de la historia.

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La versión de la que muchos parten es la de Platón: Critias, discípulo de Sócrates, oía relatar a su abuelo la fantástica historia de una poderosa isla conocida en tiempos antiguos como Atlantis, que Poseidón, dios de los mares, había dividido en diez reinos para albergar a los diez hijos que tuvo con Clito. Con el tiempo, estos reinos prosperaron en una geografía que Critias describe como rica en todos los tipos de cosechas buenas para el hombre, próspera para hacer pastar ganado y aguas límpidas rebosantes de peces. El argumento de Platón en los diálogos correspondientes a Critias y Timeo no pretende sino describir una organización social ideal, con armonía entre los dioses y los hombres, y con una base de gobierno fundada en la cooperación con otros reinos y en la prohibición de mostrarse hostiles con sus vecinos; la descripción de una ciudad o sociedad ideal fue emprendida por Platón en otros diálogos suyos como la República, que puede compartir con Critias el calificativo de “utópico” en al menos dos sentidos: 1) ambos describen una forma de gobierno eficiente, necesariamente distinta de aquella a la cual viven; 2) el sentido de la historia consiste en mostrar que precisamente la organización ideal es imposible de hallar, ya que la sociedad perfecta siempre es utópica: “ausente en el espacio” o, en su acepción etimológica estricta, “sin lugar”.

“Sin lugar” también es el diálogo de Sócrates y Critias, que se interrumpe abruptamente sin que el destino de la legendaria Atlántida hubiera sido referido. Comentadores de Platón como Plinio el Viejo y Eustacio reforzaron la veracidad del relato del abuelo de Critias (verdaderamente una anécdota familiar más que una leyenda de algo que, incluso en la época de Platón, había ocurrido miles de años atrás), quien encontró obeliscos egipcios que portaban el conocimiento oculto de los atlantes, una costumbre que los hombres adoptaron gustosamente en los siguientes siglos: componer un desenlace para la historia haciendo coincidir las ruinas de Atlantis con el lugar donde uno supone que la isla se hundió.

Atlantis

Pero que un lugar no exista —es decir, que sea utópico— no quiere decir que no se le puede buscar. Durante milenios, los exploradores de las profundidades han tratado de dar con la mítica Atlantis, haciéndola coincidir con las islas del mar Caribe, la península de Yucatán, el continente americano, Irlanda, las Azores, Groenlandia, África, Sicilia y la Antártida. Un fuerte contendiente, tanto por su localización geográfica como por su localización histórica, es la isla griega de Creta. En la época de Platón el recuerdo del poderoso rey Minos y su genealogía eran de una proporción mítica, pero desde un punto de vista histórico Creta ofrecía el ejemplo del ocaso de una sociedad prolífica y poderosa. Alrededor del año 1627 antes de nuestra era, más de un milenio antes del tiempo de Platón, una explosión volcánica similar a la del Krakatoa en el siglo XIX hizo desaparecer buena parte de la superficie cretense y cambió para siempre la faz del mar Egeo, cruzado por los barcos de los héroes homéricos.

A principios de 2015, la National Geographic Society situó la Atlántida en unas marismas cercanas al puerto de Doñana, al noroeste de Cádiz, en España. Geólogos y arqueólogos de distintas nacionalidades se reunieron bajo la dirección de Richard Freund para sopesar teorías y comparar posibles evidencias; es decir, para contarse una vez más la historia de una ciudad hecha de círculos concéntricos que permitían moderar la fuerza de los mares y protegerse de posibles invasores; una ciudad construida bajo los principios ordenadores que Platón deriva del trato con la idea (la éidos, la forma de las cosas), que reproducía en el carácter de sus gobernantes y en la construcción de sus instituciones un paradigma de perfección cósmica. Una ciudad imaginaria que vuelve a la vida en forma de leyenda —es decir, cuando leemos o hablamos o contamos otra vez la misma historia.

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