El sueño de la utopía ha acompañado persistentemente a la humanidad en su anhelo de perfección: el deseo de vivir en una especie de paraíso terrenal donde el bien, la justicia, la paz y la armonía sean los valores que regulen nuestro trato cotidiano con nosotros mismos y con nuestro entorno. Y si bien estos lugares han estado en su mayoría limitados a la fabulación literaria ―desde la República de Platón hasta el Walden Dos de B. F. Skinner―, también existen ejemplos de personas que han intentado demostrar que esa realidad es posible.

Uno de los casos más admirables y exitosos es el de Auroville, la “Ciudad de la Aurora”, fundada en 1986 al sur de la India por Mirra Alfassa, “la Madre”. Esta comunidad está inspirada en las ideas y enseñanzas de Sri Aurobindo, uno de los pensadores indios más influyentes, y quien tenía la certeza de que la evolución humana es un proceso aún no terminado.

Alfassa recogió el legado intelectual y espiritual de Aurobindo, y en colaboración con el arquitecto francés Roger Anger, hizo realidad uno de los proyectos más ambiciosos en la historia de las utopías humanas: un “experimento social” que diariamente ensaya preceptos que nuestras costumbres y hábitos nos hacen creer irrealizables, entre ellos la inexistencia de la propiedad privada, la religión y la política.

Auroville es una comunidad que hoy cuenta con poco más de 2 mil habitantes, originarios de 43 nacionalidades distintas. Su diseño espacial es el de un mandala que tiene como núcleo el Matrimandir o “Templo de la madre”, desde donde irradian, y se estructuran, las zonas residencial, industrial, cultural e internacional de la ciudad.

El Matrimandir, por cierto, es un recinto sacro que privilegia la meditación, el silencio y la paz como vehículos de descubrimiento de la conciencia personal. Y es que el primer requisito para pertenecer a la comunidad de Auroville es saber quién eres cuando estás despojado de tus “apariencias sociales, morales, culturales, raciales y hereditarias”, quién eres si descubres ese núcleo precioso, absoluto, de libertad y conocimiento que se encuentra más allá de todas esas capas.

En suma, la intención última de Auroville, y en general de las enseñanzas de Sri Aurobindo, es propiciar la culminación de la evolución humana, el arribo de una nueva especie que comprenda naturalmente que la unidad es nuestro único destino colectivo posible.

El sueño de la utopía ha acompañado persistentemente a la humanidad en su anhelo de perfección: el deseo de vivir en una especie de paraíso terrenal donde el bien, la justicia, la paz y la armonía sean los valores que regulen nuestro trato cotidiano con nosotros mismos y con nuestro entorno. Y si bien estos lugares han estado en su mayoría limitados a la fabulación literaria ―desde la República de Platón hasta el Walden Dos de B. F. Skinner―, también existen ejemplos de personas que han intentado demostrar que esa realidad es posible.

Uno de los casos más admirables y exitosos es el de Auroville, la “Ciudad de la Aurora”, fundada en 1986 al sur de la India por Mirra Alfassa, “la Madre”. Esta comunidad está inspirada en las ideas y enseñanzas de Sri Aurobindo, uno de los pensadores indios más influyentes, y quien tenía la certeza de que la evolución humana es un proceso aún no terminado.

Alfassa recogió el legado intelectual y espiritual de Aurobindo, y en colaboración con el arquitecto francés Roger Anger, hizo realidad uno de los proyectos más ambiciosos en la historia de las utopías humanas: un “experimento social” que diariamente ensaya preceptos que nuestras costumbres y hábitos nos hacen creer irrealizables, entre ellos la inexistencia de la propiedad privada, la religión y la política.

Auroville es una comunidad que hoy cuenta con poco más de 2 mil habitantes, originarios de 43 nacionalidades distintas. Su diseño espacial es el de un mandala que tiene como núcleo el Matrimandir o “Templo de la madre”, desde donde irradian, y se estructuran, las zonas residencial, industrial, cultural e internacional de la ciudad.

El Matrimandir, por cierto, es un recinto sacro que privilegia la meditación, el silencio y la paz como vehículos de descubrimiento de la conciencia personal. Y es que el primer requisito para pertenecer a la comunidad de Auroville es saber quién eres cuando estás despojado de tus “apariencias sociales, morales, culturales, raciales y hereditarias”, quién eres si descubres ese núcleo precioso, absoluto, de libertad y conocimiento que se encuentra más allá de todas esas capas.

En suma, la intención última de Auroville, y en general de las enseñanzas de Sri Aurobindo, es propiciar la culminación de la evolución humana, el arribo de una nueva especie que comprenda naturalmente que la unidad es nuestro único destino colectivo posible.

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