¿Qué hay en los bestiarios que los hace tan atractivos? Nos devuelven, quizá, el resultado de una operación que todos practicamos, no sin cierto disfrute, a lo largo de la vida: el acto de transferir cualidades de una cosa a otra para producir artefactos, monstruos nuevos.

Un barco, por ejemplo, es una bestia de la sinestesia. Sus velas imitan las alas de los pájaros, su quilla las aletas de los peces, su casco el cuerpo de las aves acuáticas. Los aviones son águilas y cetáceos, los trenes serpientes y ciempiés. La evolución tecnológica es en sí un bestiario vivo, y el más creativo de los hombres es aquel que sabe mezclar y metaforizar con lo que le rodea. No hay mejor ejemplo de la diligencia de la imaginación para engendrar vida nueva, combinaciones extraordinarias (incluso si abominables), que los bestiarios de la Edad Oscura y del “Siglo de la física” (XVII).

La historia de los monstruos (Monstrorum Historia, 1624), de Ulisse Aldrovandi, es un bizarro testimonio de la imaginación y la vasta educación del autor en historia natural, ciencia y diversidad. A Aldrovandi se le considera el fundador de la Historia Natural moderna; su libro Storia Naturale, una impresión en trece volúmenes, fue concebida como la descripción más completa de los tres reinos de la naturaleza –mineral, vegetal y animal– concebidos hasta entonces.

Su bestiario, rebosante de criaturas ominosas, irreales y vívidas destaca porque cada una de las bestias tiene una realidad propia. Aldrovandi se limita a los reinos naturales para conferir vida y terror a sus quimeras: su imaginación no cesa de adherirse a lo real, y por lo tanto no pierde fuerza. Es decir, hace uso de esa extraña regla de la imaginación que dicta que cuando esta se adhiere a lo irreal, a aquello que no conocemos, deja de sostenernos; pierde nuestro interés por falta de elementos que podamos identificar. Y el humano –pensemos en las constelaciones, en las descripciones antiguas de plantas o animales– necesita advertir cualidades conocidas en aquello que le parece extraño. Queremos que todo se parezca a algo que hemos visto antes. Así, una criatura con el pene en la panza, el rostro en el tórax, la cabeza usurpada por la de un zopilote o un coral creciendo de la crin de un caballo son visiones enérgicas y “probables”.

Cada una de las partes que conforman un monstruo de Aldrovandi es una imagen familiar dislocada. El científico juega con el reino animal, vegetal y mineral como si fueran piezas de un rompecabezas del inframundo, donde las criaturas, por ser combinaciones de cosas de este mundo, son a la vez terribles y vitales.

Quizá bastesolamente hojear La historia de los monstruos para responder la pregunta del principio. Los bestiarios son fascinantes porque introducen bestias patibularias que nos reflejan en el revés de nuestro espejo, son un muestrario de bestias familiares; bestias queribles.

¿Qué hay en los bestiarios que los hace tan atractivos? Nos devuelven, quizá, el resultado de una operación que todos practicamos, no sin cierto disfrute, a lo largo de la vida: el acto de transferir cualidades de una cosa a otra para producir artefactos, monstruos nuevos.

Un barco, por ejemplo, es una bestia de la sinestesia. Sus velas imitan las alas de los pájaros, su quilla las aletas de los peces, su casco el cuerpo de las aves acuáticas. Los aviones son águilas y cetáceos, los trenes serpientes y ciempiés. La evolución tecnológica es en sí un bestiario vivo, y el más creativo de los hombres es aquel que sabe mezclar y metaforizar con lo que le rodea. No hay mejor ejemplo de la diligencia de la imaginación para engendrar vida nueva, combinaciones extraordinarias (incluso si abominables), que los bestiarios de la Edad Oscura y del “Siglo de la física” (XVII).

La historia de los monstruos (Monstrorum Historia, 1624), de Ulisse Aldrovandi, es un bizarro testimonio de la imaginación y la vasta educación del autor en historia natural, ciencia y diversidad. A Aldrovandi se le considera el fundador de la Historia Natural moderna; su libro Storia Naturale, una impresión en trece volúmenes, fue concebida como la descripción más completa de los tres reinos de la naturaleza –mineral, vegetal y animal– concebidos hasta entonces.

Su bestiario, rebosante de criaturas ominosas, irreales y vívidas destaca porque cada una de las bestias tiene una realidad propia. Aldrovandi se limita a los reinos naturales para conferir vida y terror a sus quimeras: su imaginación no cesa de adherirse a lo real, y por lo tanto no pierde fuerza. Es decir, hace uso de esa extraña regla de la imaginación que dicta que cuando esta se adhiere a lo irreal, a aquello que no conocemos, deja de sostenernos; pierde nuestro interés por falta de elementos que podamos identificar. Y el humano –pensemos en las constelaciones, en las descripciones antiguas de plantas o animales– necesita advertir cualidades conocidas en aquello que le parece extraño. Queremos que todo se parezca a algo que hemos visto antes. Así, una criatura con el pene en la panza, el rostro en el tórax, la cabeza usurpada por la de un zopilote o un coral creciendo de la crin de un caballo son visiones enérgicas y “probables”.

Cada una de las partes que conforman un monstruo de Aldrovandi es una imagen familiar dislocada. El científico juega con el reino animal, vegetal y mineral como si fueran piezas de un rompecabezas del inframundo, donde las criaturas, por ser combinaciones de cosas de este mundo, son a la vez terribles y vitales.

Quizá bastesolamente hojear La historia de los monstruos para responder la pregunta del principio. Los bestiarios son fascinantes porque introducen bestias patibularias que nos reflejan en el revés de nuestro espejo, son un muestrario de bestias familiares; bestias queribles.

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