“Todo lo que nos sucede, incluso nuestras humillaciones, nuestras desgracias, nuestras vergüenzas, todo nos es dado como materia prima, como barro, para que podamos dar forma a nuestro arte”, acertó alguna vez Jorge Luis Borges en una de las varias conversaciones que mantuvo durante los últimos años de su vida con el escritor Roberto Alifano —y que posteriormente se convirtieron en un libro desbordante de lucidez.

Cuando se hizo el registro de estos diálogos con uno de los escritores más grandioso de América Latina, Borges llevaba unos 30 años siendo ciego. Este detalle es evocativo por dos razones: primero porque la ceguera, desde tiempos clásicos, ha sido relacionada con la capacidad de ver cosas que los demás no ven (pensemos en los muchos oráculos de la literatura griega y latina); y segundo, porque el escritor llevaba toda una vida nutriendo su sabiduría, una que en este breve pasaje aborda algunos de los sentimientos y sucesos que más tememos en la vida: la desgracia, la vergüenza y la humillación.

“Un escritor, o todo hombre, debe pensar que cuanto le ocurre es un instrumento; todas las cosas le han sido dadas para un fin y esto tiene que ser más fuerte en el caso de un artista”, decía el escritor ciego en un discurso tocado hermosamente por una noción de destino; esto, para un creador, toma una dimensión aún más contundente. Y es que sabemos que Borges siempre consideró a los artistas, y más específicamente a los escritores (dueños de un destino literario), como traductores o conductos de una sabiduría universal que los antecede y que espera a ser plasmada en una obra de arte. Dicho de otra manera, para Borges existe un gran libro (donde se encuentran todos los que ya se han escrito y los que están aún por escribirse) al que sólo algunas personas pueden acceder.

La idea de que el gran libro, el libro de libros, ya está escrito y los escritores sólo vienen al mundo a transcribirlo está presente en muchos de los textos de Borges. Así también, bajo esta óptica, el infortunio se intuye como la expresión de una sabiduría que nos supera, como si todo lo que se nos presentara en el curso de nuestra vida, incluso las experiencias más desagradables y temibles, estuvieran hechas especialmente para nosotros, para que las trascendamos y crezcamos a través de ellas.

 

 

 

Imagen: Dominio público

“Todo lo que nos sucede, incluso nuestras humillaciones, nuestras desgracias, nuestras vergüenzas, todo nos es dado como materia prima, como barro, para que podamos dar forma a nuestro arte”, acertó alguna vez Jorge Luis Borges en una de las varias conversaciones que mantuvo durante los últimos años de su vida con el escritor Roberto Alifano —y que posteriormente se convirtieron en un libro desbordante de lucidez.

Cuando se hizo el registro de estos diálogos con uno de los escritores más grandioso de América Latina, Borges llevaba unos 30 años siendo ciego. Este detalle es evocativo por dos razones: primero porque la ceguera, desde tiempos clásicos, ha sido relacionada con la capacidad de ver cosas que los demás no ven (pensemos en los muchos oráculos de la literatura griega y latina); y segundo, porque el escritor llevaba toda una vida nutriendo su sabiduría, una que en este breve pasaje aborda algunos de los sentimientos y sucesos que más tememos en la vida: la desgracia, la vergüenza y la humillación.

“Un escritor, o todo hombre, debe pensar que cuanto le ocurre es un instrumento; todas las cosas le han sido dadas para un fin y esto tiene que ser más fuerte en el caso de un artista”, decía el escritor ciego en un discurso tocado hermosamente por una noción de destino; esto, para un creador, toma una dimensión aún más contundente. Y es que sabemos que Borges siempre consideró a los artistas, y más específicamente a los escritores (dueños de un destino literario), como traductores o conductos de una sabiduría universal que los antecede y que espera a ser plasmada en una obra de arte. Dicho de otra manera, para Borges existe un gran libro (donde se encuentran todos los que ya se han escrito y los que están aún por escribirse) al que sólo algunas personas pueden acceder.

La idea de que el gran libro, el libro de libros, ya está escrito y los escritores sólo vienen al mundo a transcribirlo está presente en muchos de los textos de Borges. Así también, bajo esta óptica, el infortunio se intuye como la expresión de una sabiduría que nos supera, como si todo lo que se nos presentara en el curso de nuestra vida, incluso las experiencias más desagradables y temibles, estuvieran hechas especialmente para nosotros, para que las trascendamos y crezcamos a través de ellas.

 

 

 

Imagen: Dominio público