Cuando se piensa en Borges para relacionarlo con otros países fuera de su natal Argentina, los primeros nombres que con toda probabilidad acudan a la mente son, en primer lugar, Inglaterra, en cuyas literatura comenzó su formación para nunca abandonarla ni dejarla de amar; después, en una lista en la que las jerarquías no importan tanto, podríamos mencionar a Estados Unidos, los países nórdicos y sus kenningar; España y su adherencia juvenil al único movimiento artístico —el ultraísmo— al que en vida aceptó pertenecer; Suiza, donde descubrió que era un ciudadano del mundo y donde a la postre sería inhumado; Japón, “donde me sentía continuamente agradecido, continuamente atónito, continuamente indigno de lo que yo podía ver a través de mi ignorancia y de mi ceguera”, según dijo en una de sus conferencias. En menor medida Francia, Brasil (la zona sur, la de los gaúchos), Alemania y quizá alguno otro que se menciona tangencialmente en algún lugar de su obra.

En esta última categoría podríamos considerar a México, país que en un primer momento asociaríamos poco con el escritor. Salvo por “La escritura del dios” —el cuento con motivos de la cosmogonía maya— y una alusión directa en el post-scriptum de *** para El Aleph en el que dice que “la segunda de las muertes” de “La muerte y la brújula” puede ocurrir en México, la única de las cuatro que se ejecuta con puñal, al viejo estilo, la presencia mexicana es relativamente menor y poco explícita. Y quizá, podría pensarse, no hay razones para que fuera de otro modo.

Sin embargo, por debajo de esta apariencia se encuentra una realidad mucho más íntima, menos visible, que solo un atisbo más cercano a su vida personal nos revela.

Destaca, en primer sitio, la importancia capital que Alfonso Reyes tuvo en el desarrollo literario de Borges. 10 años mayor con una vida itinerante que tiene ciertos paralelismos con la del argentino, Reyes fue una de las figuras tutelares más decisivas que encaminó definitivamente a Borges en el destino de la literatura. Borges, por su parte, siempre reconoció a Reyes, en un epíteto que se ha vuelto famoso, como “el mejor estilista de la prosa española”:

Vastos y delicados esplendores

Logró tu estilo, esa precisa rosa…

La amistad de ambos comenzó muy temprano, cuando el autor de Visión de Anáhuac fungía como embajador de México en Argentina. Se dice que antes ya habían intercambiado cartas y Borges le había dado a conocer —también por correspondencia— sus primeros libros, y aunque al menos temporalmente ambos coincidieron en Madrid, alrededor de 1920, y en esta ciudad tenían un par de amigos en común (entre ellos Ramón Gómez de la Serna), fue solo en la ciudad porteña donde ambos comenzaron a hilar una de las más fecundas uniones de las letras hispanas.

De Reyes Borges aprendió a valorar la claridad de lo escrito, darse cuenta de que la pirotecnia verbal puede no ser el mejor recurso para quien elige el lenguaje como medio de expresión. Aprendió la importancia de la anécdota, a subvertir el imperio de la forma, a privilegiar la comunicación de una idea. Descubrió, por último, que para escribir lo que hace falta, en buena medida, es coraje, atrevimiento, tanto o más que disciplina y práctica perseverante.

Después de Reyes, la presencia de México en Borges es más bien circunstancial y obedece un poco al hecho de que, para la época, México y Argentina eran dos de los polos más importantes de la literatura en América Latina, una época en la que ambos países tuvieron a algunos de sus mejores escritores, en algunos casos incluso amigos entre ellos, aunque pertenecieran a generaciones distintas.

En sentido opuesto, México fue también uno de los primeros puntos donde comenzó la lectura de alguien que solo al final de su vida atraería los reflectores y los homenajes. Al principio, los lectores de Borges eran unos cuantos iniciados en su culto, arribando a sus libros como quien se pierde en las callejuelas de una ciudad e inesperadamente descubre un templo oculto. Alejandro Rossi —venezolano de origen pero realizador de su obra en México— dice que empezó a leer a Borges sin saber quién era Borges: enorgullecedor placer que solo un pocos pueden presumir. Octavio Paz cuenta algo parecido, si bien su acercamiento ocurre ya en 1940 y a través de Sur, la legendaria revista fundada junto con Victoria Ocampo y Adolfo Bioy Casares, y en la que participaron otros nombres importante de la literatura argentina de la época como Enrique Pezzoni y José Bianco (Sur, además, fue uno de los modelos sobre los que el propio Paz echaría a andar Plural y Vuelta, dos de las publicaciones más importantes de la vida cultural mexicana del siglo XX).

Con los años vendrían las invitaciones, las concesiones de premios, los pretextos varios (entre los cuales jugar ajedrez con Juan José Arreola no parece el menor) para que Borges y sus lectores mexicanos tuvieran la oportunidad de compartir circunstancias.

Quizá la de Borges y México sea una de esas amistades que se presentan en la vida en un momento específico, intenso, una de las que se viven con vehemencia pero que por distintas razones —pero no la voluntad— es imposible sostener, sin que por ello el recuerdo que dejan sea ya indeleble y profundamente significativo.

Cuando se piensa en Borges para relacionarlo con otros países fuera de su natal Argentina, los primeros nombres que con toda probabilidad acudan a la mente son, en primer lugar, Inglaterra, en cuyas literatura comenzó su formación para nunca abandonarla ni dejarla de amar; después, en una lista en la que las jerarquías no importan tanto, podríamos mencionar a Estados Unidos, los países nórdicos y sus kenningar; España y su adherencia juvenil al único movimiento artístico —el ultraísmo— al que en vida aceptó pertenecer; Suiza, donde descubrió que era un ciudadano del mundo y donde a la postre sería inhumado; Japón, “donde me sentía continuamente agradecido, continuamente atónito, continuamente indigno de lo que yo podía ver a través de mi ignorancia y de mi ceguera”, según dijo en una de sus conferencias. En menor medida Francia, Brasil (la zona sur, la de los gaúchos), Alemania y quizá alguno otro que se menciona tangencialmente en algún lugar de su obra.

En esta última categoría podríamos considerar a México, país que en un primer momento asociaríamos poco con el escritor. Salvo por “La escritura del dios” —el cuento con motivos de la cosmogonía maya— y una alusión directa en el post-scriptum de *** para El Aleph en el que dice que “la segunda de las muertes” de “La muerte y la brújula” puede ocurrir en México, la única de las cuatro que se ejecuta con puñal, al viejo estilo, la presencia mexicana es relativamente menor y poco explícita. Y quizá, podría pensarse, no hay razones para que fuera de otro modo.

Sin embargo, por debajo de esta apariencia se encuentra una realidad mucho más íntima, menos visible, que solo un atisbo más cercano a su vida personal nos revela.

Destaca, en primer sitio, la importancia capital que Alfonso Reyes tuvo en el desarrollo literario de Borges. 10 años mayor con una vida itinerante que tiene ciertos paralelismos con la del argentino, Reyes fue una de las figuras tutelares más decisivas que encaminó definitivamente a Borges en el destino de la literatura. Borges, por su parte, siempre reconoció a Reyes, en un epíteto que se ha vuelto famoso, como “el mejor estilista de la prosa española”:

Vastos y delicados esplendores

Logró tu estilo, esa precisa rosa…

La amistad de ambos comenzó muy temprano, cuando el autor de Visión de Anáhuac fungía como embajador de México en Argentina. Se dice que antes ya habían intercambiado cartas y Borges le había dado a conocer —también por correspondencia— sus primeros libros, y aunque al menos temporalmente ambos coincidieron en Madrid, alrededor de 1920, y en esta ciudad tenían un par de amigos en común (entre ellos Ramón Gómez de la Serna), fue solo en la ciudad porteña donde ambos comenzaron a hilar una de las más fecundas uniones de las letras hispanas.

De Reyes Borges aprendió a valorar la claridad de lo escrito, darse cuenta de que la pirotecnia verbal puede no ser el mejor recurso para quien elige el lenguaje como medio de expresión. Aprendió la importancia de la anécdota, a subvertir el imperio de la forma, a privilegiar la comunicación de una idea. Descubrió, por último, que para escribir lo que hace falta, en buena medida, es coraje, atrevimiento, tanto o más que disciplina y práctica perseverante.

Después de Reyes, la presencia de México en Borges es más bien circunstancial y obedece un poco al hecho de que, para la época, México y Argentina eran dos de los polos más importantes de la literatura en América Latina, una época en la que ambos países tuvieron a algunos de sus mejores escritores, en algunos casos incluso amigos entre ellos, aunque pertenecieran a generaciones distintas.

En sentido opuesto, México fue también uno de los primeros puntos donde comenzó la lectura de alguien que solo al final de su vida atraería los reflectores y los homenajes. Al principio, los lectores de Borges eran unos cuantos iniciados en su culto, arribando a sus libros como quien se pierde en las callejuelas de una ciudad e inesperadamente descubre un templo oculto. Alejandro Rossi —venezolano de origen pero realizador de su obra en México— dice que empezó a leer a Borges sin saber quién era Borges: enorgullecedor placer que solo un pocos pueden presumir. Octavio Paz cuenta algo parecido, si bien su acercamiento ocurre ya en 1940 y a través de Sur, la legendaria revista fundada junto con Victoria Ocampo y Adolfo Bioy Casares, y en la que participaron otros nombres importante de la literatura argentina de la época como Enrique Pezzoni y José Bianco (Sur, además, fue uno de los modelos sobre los que el propio Paz echaría a andar Plural y Vuelta, dos de las publicaciones más importantes de la vida cultural mexicana del siglo XX).

Con los años vendrían las invitaciones, las concesiones de premios, los pretextos varios (entre los cuales jugar ajedrez con Juan José Arreola no parece el menor) para que Borges y sus lectores mexicanos tuvieran la oportunidad de compartir circunstancias.

Quizá la de Borges y México sea una de esas amistades que se presentan en la vida en un momento específico, intenso, una de las que se viven con vehemencia pero que por distintas razones —pero no la voluntad— es imposible sostener, sin que por ello el recuerdo que dejan sea ya indeleble y profundamente significativo.

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