Varios museos de historia y arte medieval, como los Cloisters en Nueva York o el museo de Cluny en París, tienen cuernos de unicornio entre su colección. Son larguísimos, de alrededor de dos metros de altura, de un material parecido al marfil que asciende en un patrón espiral hacia la punta. Si no se lee la cédula, si se piensa que en la Edad Media no había plástico ni impresoras 3D, es difícil comprender el origen de este objeto. Si se hace un esfuerzo por colocarse en la mente de un medieval, digamos, en el norte de Francia, resulta casi imposible no imaginar que esto es en verdad un cuerno de unicornio.

El libro The Natural History of Unicorns, de Chris Lavers, explica cómo distintos animales pudieron dar origen al mito del unicornio. En su trabajo detectivesco, rastrea también la historia de los cuernos a los que se refiere como Alicornios (dice que esta palabra se comenzó a utilizar para evitar la repetición de sonido en frases como “el cuerno del unicornio”). Aquellos que podemos encontrar en las iglesias y museos son en realidad dientes de narval, y durante la Edad Media fueron muy populares entre la nobleza y el clero, para quienes el unicornio tenía una relación directa con la figura de Cristo. Se dice que uno de estos cuernos podía costar lo mismo que media ciudad. Se obtenían por medio de mercaderes árabes, y vikingos, porque los narvales vivían en esa época todavía en el ártico, y a veces llegaban inclusive al norte de Alemania o Inglaterra.

El alicornio, que a partir del siglo XVI se comenzó a vender en polvo hecho con huesos animales, era famoso por una propiedad en específico. Se decía que si se acercaba veneno al cuerno, comenzaba a sudar. Es posible, a decir de Lavers, que esta idea llegara a los europeos a través de los árabes, quienes mencionan en sus textos al karkadann, un ser parecido al búfalo con un solo cuerno en la frente. Su cuerno también sudaba al acercarse a un veneno. Lo más probable es que el karkadann que describe Al-Biruni, un viajero del siglo XI, haya sido un rinoceronte, cuyo cuerno se consideraba un potente afrodisiaco en Asia. Una teoría es que el rinoceronte comía plantas venenosas y por ello se pensaba que su cuerno (venenoso) funcionaría como antídoto, bajo la premisa de que lo mismo cura lo mismo.

Pero también es posible que la propiedad curativa que se atribuía al alicornio tuviera que ver con un ingrediente que también, se decía, sudaba ante la presencia de veneno: el khutu. No parece haber un consenso en la Edad Media respecto al khutu. Hay quien dice que es un ingrediente que se extrae del cuerno de un toro, otros que proviene del cuerno de una gran serpiente, otros del cuerno de un pez y unos más del cuerno de un ave. Un ingrediente de este caldo mitológico puede ser la morsa que, como pasa mucho tiempo en el agua, era para algunos un pez, y que los chinos consideraban una serpiente milenaria. Otro podrían ser los colmillos del mamut, que se conseguían en Siberia y en China, y otro puede relacionarse con el ave Roc, un animal fantástico, tan feroz que comía elefantes.

En 1630, un profesor danés, Ole Wurm, dio a conocer que el supuesto cuerno del unicornio provenía en realidad de un animal marino del norte. Podría pensarse que esto desanimaría la creencia en el unicornio, pero sólo la alentó. En esa época se pensaba que muchos animales tenían una contraparte marina, así que el unicornio terrestre todavía podía seguir por ahí.

La ciencia no renunció al unicornio hasta principios del siglo XIX, cuando Cuvier explicó que los animales con pezuñas tenían el cráneo dividido y por lo tanto no podían tener dos cuernos. En una traducción de un bestiario del siglo XII que hace T.H. White, éste cuenta que hace poco tiempo se llevó a cabo un experimento, en el que a un becerro le extirparon los cuernos y los trasplantaron juntos al centro de la frente. El toro creció más fuerte que los toros normales, se volvió el líder de la manada y a la vez era gentil y dócil, similar a las descripciones del unicornio.

La fe es un bicho raro. Como la esperanza, se adapta a todo tipo de pruebas adversas. Hay algo en el símbolo del unicornio que sobrevive hasta hoy en día, que hace que la gente lo persiga, lo rastree y lo reconstruya. El unicornio representa la pureza, la magia, la bondad, lo inaprensible y lo salvaje. Su existencia sobrepasa los límites de lo meramente animal. El unicornio sobrevive mucho más allá de su existencia material, porque sobrevive su arquetipo. Aunque se puede encontrar los orígenes del unicornio en otras leyendas y animales, es posible que el verdadero origen se encuentre en la estructura misma de la mente humana. Así como es consecuente con la psique del hombre que haya tenido que inventar a Dios, es comprensible, casi necesario, también que haya inventado al unicornio. Resulta inevitable, por lo tanto, que siga buscándolo y creándolo.

.

 Img 1 / The Unicorn in Captivity (from the Unicorn Tapestries – 1495–1505) – The Metropolitan Museum of Art
 Img 2 / Pie: Engraved plate from Historiæ Naturalis de Quadrupedibus (1657) by Joannes Jonstonus

.

Varios museos de historia y arte medieval, como los Cloisters en Nueva York o el museo de Cluny en París, tienen cuernos de unicornio entre su colección. Son larguísimos, de alrededor de dos metros de altura, de un material parecido al marfil que asciende en un patrón espiral hacia la punta. Si no se lee la cédula, si se piensa que en la Edad Media no había plástico ni impresoras 3D, es difícil comprender el origen de este objeto. Si se hace un esfuerzo por colocarse en la mente de un medieval, digamos, en el norte de Francia, resulta casi imposible no imaginar que esto es en verdad un cuerno de unicornio.

El libro The Natural History of Unicorns, de Chris Lavers, explica cómo distintos animales pudieron dar origen al mito del unicornio. En su trabajo detectivesco, rastrea también la historia de los cuernos a los que se refiere como Alicornios (dice que esta palabra se comenzó a utilizar para evitar la repetición de sonido en frases como “el cuerno del unicornio”). Aquellos que podemos encontrar en las iglesias y museos son en realidad dientes de narval, y durante la Edad Media fueron muy populares entre la nobleza y el clero, para quienes el unicornio tenía una relación directa con la figura de Cristo. Se dice que uno de estos cuernos podía costar lo mismo que media ciudad. Se obtenían por medio de mercaderes árabes, y vikingos, porque los narvales vivían en esa época todavía en el ártico, y a veces llegaban inclusive al norte de Alemania o Inglaterra.

El alicornio, que a partir del siglo XVI se comenzó a vender en polvo hecho con huesos animales, era famoso por una propiedad en específico. Se decía que si se acercaba veneno al cuerno, comenzaba a sudar. Es posible, a decir de Lavers, que esta idea llegara a los europeos a través de los árabes, quienes mencionan en sus textos al karkadann, un ser parecido al búfalo con un solo cuerno en la frente. Su cuerno también sudaba al acercarse a un veneno. Lo más probable es que el karkadann que describe Al-Biruni, un viajero del siglo XI, haya sido un rinoceronte, cuyo cuerno se consideraba un potente afrodisiaco en Asia. Una teoría es que el rinoceronte comía plantas venenosas y por ello se pensaba que su cuerno (venenoso) funcionaría como antídoto, bajo la premisa de que lo mismo cura lo mismo.

Pero también es posible que la propiedad curativa que se atribuía al alicornio tuviera que ver con un ingrediente que también, se decía, sudaba ante la presencia de veneno: el khutu. No parece haber un consenso en la Edad Media respecto al khutu. Hay quien dice que es un ingrediente que se extrae del cuerno de un toro, otros que proviene del cuerno de una gran serpiente, otros del cuerno de un pez y unos más del cuerno de un ave. Un ingrediente de este caldo mitológico puede ser la morsa que, como pasa mucho tiempo en el agua, era para algunos un pez, y que los chinos consideraban una serpiente milenaria. Otro podrían ser los colmillos del mamut, que se conseguían en Siberia y en China, y otro puede relacionarse con el ave Roc, un animal fantástico, tan feroz que comía elefantes.

En 1630, un profesor danés, Ole Wurm, dio a conocer que el supuesto cuerno del unicornio provenía en realidad de un animal marino del norte. Podría pensarse que esto desanimaría la creencia en el unicornio, pero sólo la alentó. En esa época se pensaba que muchos animales tenían una contraparte marina, así que el unicornio terrestre todavía podía seguir por ahí.

La ciencia no renunció al unicornio hasta principios del siglo XIX, cuando Cuvier explicó que los animales con pezuñas tenían el cráneo dividido y por lo tanto no podían tener dos cuernos. En una traducción de un bestiario del siglo XII que hace T.H. White, éste cuenta que hace poco tiempo se llevó a cabo un experimento, en el que a un becerro le extirparon los cuernos y los trasplantaron juntos al centro de la frente. El toro creció más fuerte que los toros normales, se volvió el líder de la manada y a la vez era gentil y dócil, similar a las descripciones del unicornio.

La fe es un bicho raro. Como la esperanza, se adapta a todo tipo de pruebas adversas. Hay algo en el símbolo del unicornio que sobrevive hasta hoy en día, que hace que la gente lo persiga, lo rastree y lo reconstruya. El unicornio representa la pureza, la magia, la bondad, lo inaprensible y lo salvaje. Su existencia sobrepasa los límites de lo meramente animal. El unicornio sobrevive mucho más allá de su existencia material, porque sobrevive su arquetipo. Aunque se puede encontrar los orígenes del unicornio en otras leyendas y animales, es posible que el verdadero origen se encuentre en la estructura misma de la mente humana. Así como es consecuente con la psique del hombre que haya tenido que inventar a Dios, es comprensible, casi necesario, también que haya inventado al unicornio. Resulta inevitable, por lo tanto, que siga buscándolo y creándolo.

.

 Img 1 / The Unicorn in Captivity (from the Unicorn Tapestries – 1495–1505) – The Metropolitan Museum of Art
 Img 2 / Pie: Engraved plate from Historiæ Naturalis de Quadrupedibus (1657) by Joannes Jonstonus

.

Etiquetado: , , ,