El azul está en todos lados y en ninguno. El cielo pareciera ser azul, pero no lo es, su tono es sólo un truco de la luz al difractarse en las alturas; el mar, a la distancia, podría llamarse azul también, pero si lo capturamos en un recipiente es posible comprobar que no lo es. En nuestro planeta, el planeta azul, existen muy pocos materiales que tienen naturalmente este caprichoso color, y esta es una de las razones por las que, en el pasado, los pigmentos con este tono fueron un lujo y una rareza. Tal vez a esto se deben también todas sus connotaciones divinas, místicas, etéreas e iluminadas. Pero la historia simbólica del azul es otra historia.

En muchas civilizaciones antiguas el azul no se concibió como un color, a diferencia del rojo o el verde, que se encuentran en tantos objetos del mundo que nos rodea; existieron pueblos que ni siquiera tenían una palabra para nombrarlo. Los egipcios fueron una de las primeras culturas en producir una tintura azul —un precedente de los actuales pigmentos sintéticos—, relacionado siempre con las deidades y estirpes faraónicas. Se sabe que su pigmento era una forma de silicato de calcio y cobre, pero la manera en que se producía se perdió con el tiempo. Los chinos produjeron un pigmento azul similar, ese que usaron durante siglos para colorear su preciosa porcelana.

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Lapislázuli.
Durante la Edad Media y el Renacimiento en Europa, el único pigmento azul disponible para los artistas provenía del lapislázuli, piedra semipreciosa y escasa que se extraía a mano en minas del Medio Oriente, lo que hoy es Afganistán. Este color se llamó azul ultramarino, es decir, proveniente de más allá del mar, pues llegaba al continente europeo en barcos que cruzaban el Mediterráneo. El proceso para extraerlo era largo y laborioso: una vez hallada la piedra debía aislarse de los otros minerales. Por esto fue muy costoso y ningún artista podía pagar este pigmento sin la ayuda de un acaudalado mecenas. Así, el azul era raro en las pinturas de entonces y se usaba solamente para las figuras más importantes de una composición, en el caso del arte religioso, para el Cristo, la Virgen o alguna representación de Cielo. Existió, sin embargo, una alternativa al ultramarino, un pigmento sacado de la azurita, un mineral de cobre que se extraía en el sur de Francia, Alemania y Hungría. Éste se usaba en pintura témpera u óleo, pero tenía una desventaja, se tornaba verdoso con el tiempo.

El inicio del siglo XIX vio una revolución en la química y, por lo tanto, en la elaboración de pigmentos. Esto trajo consigo dos nuevos azules (y hermosas clasificaciones de sus matices) a la paleta del imaginario artístico, el azul cobalto y azul Prusia —este último, un tono oscuro y verdoso que, de hecho, se logró por casualidad cuando un químico intentaba sintetizar un pigmento rojo. Todos estps sucesos, por supuesto, permitieron que el azul coloreara más y más piezas de arte y otros objetos (y es una de las razones por las que hoy el arte es más azul que nunca). Pero el ultramarino, en su bellísima profundidad, mantuvo su lugar como el rey de los azules, y para 1826 el francés Jean Baptiste Guimet logró sintetizarlo haciendo un compuesto con sulfuro que contiene silicato de aluminio y sodio; fue conocido entonces como ultramarino francés. A partir de esto y por primera vez en siglos, este robusto azul estuvo a la mano para cualquier artista. 

El desarrollo de la química en el siglo XX trajo consigo nuevos azules y nuevos métodos para sintetizar sus hermosos matices; también vio la llegada de un artista que, obsesionado con la pureza del celeste, dedicó su obra a este color y creó su propio tono de azul, Yves Klein. La historia de cómo este color, que alguna vez fue un fantasma, llegó a estar disponible para todos es capaz de recordarnos el poder de los colores sobre nuestra sensibilidad, sobre nuestra interioridad, e incluso, sobre nuestra salud emocional.

 

 

 

Imágenes: 1) Public Domain 2) Creative Commons – Hannes Grobe

 

El azul está en todos lados y en ninguno. El cielo pareciera ser azul, pero no lo es, su tono es sólo un truco de la luz al difractarse en las alturas; el mar, a la distancia, podría llamarse azul también, pero si lo capturamos en un recipiente es posible comprobar que no lo es. En nuestro planeta, el planeta azul, existen muy pocos materiales que tienen naturalmente este caprichoso color, y esta es una de las razones por las que, en el pasado, los pigmentos con este tono fueron un lujo y una rareza. Tal vez a esto se deben también todas sus connotaciones divinas, místicas, etéreas e iluminadas. Pero la historia simbólica del azul es otra historia.

En muchas civilizaciones antiguas el azul no se concibió como un color, a diferencia del rojo o el verde, que se encuentran en tantos objetos del mundo que nos rodea; existieron pueblos que ni siquiera tenían una palabra para nombrarlo. Los egipcios fueron una de las primeras culturas en producir una tintura azul —un precedente de los actuales pigmentos sintéticos—, relacionado siempre con las deidades y estirpes faraónicas. Se sabe que su pigmento era una forma de silicato de calcio y cobre, pero la manera en que se producía se perdió con el tiempo. Los chinos produjeron un pigmento azul similar, ese que usaron durante siglos para colorear su preciosa porcelana.

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Lapislázuli.
Durante la Edad Media y el Renacimiento en Europa, el único pigmento azul disponible para los artistas provenía del lapislázuli, piedra semipreciosa y escasa que se extraía a mano en minas del Medio Oriente, lo que hoy es Afganistán. Este color se llamó azul ultramarino, es decir, proveniente de más allá del mar, pues llegaba al continente europeo en barcos que cruzaban el Mediterráneo. El proceso para extraerlo era largo y laborioso: una vez hallada la piedra debía aislarse de los otros minerales. Por esto fue muy costoso y ningún artista podía pagar este pigmento sin la ayuda de un acaudalado mecenas. Así, el azul era raro en las pinturas de entonces y se usaba solamente para las figuras más importantes de una composición, en el caso del arte religioso, para el Cristo, la Virgen o alguna representación de Cielo. Existió, sin embargo, una alternativa al ultramarino, un pigmento sacado de la azurita, un mineral de cobre que se extraía en el sur de Francia, Alemania y Hungría. Éste se usaba en pintura témpera u óleo, pero tenía una desventaja, se tornaba verdoso con el tiempo.

El inicio del siglo XIX vio una revolución en la química y, por lo tanto, en la elaboración de pigmentos. Esto trajo consigo dos nuevos azules (y hermosas clasificaciones de sus matices) a la paleta del imaginario artístico, el azul cobalto y azul Prusia —este último, un tono oscuro y verdoso que, de hecho, se logró por casualidad cuando un químico intentaba sintetizar un pigmento rojo. Todos estps sucesos, por supuesto, permitieron que el azul coloreara más y más piezas de arte y otros objetos (y es una de las razones por las que hoy el arte es más azul que nunca). Pero el ultramarino, en su bellísima profundidad, mantuvo su lugar como el rey de los azules, y para 1826 el francés Jean Baptiste Guimet logró sintetizarlo haciendo un compuesto con sulfuro que contiene silicato de aluminio y sodio; fue conocido entonces como ultramarino francés. A partir de esto y por primera vez en siglos, este robusto azul estuvo a la mano para cualquier artista. 

El desarrollo de la química en el siglo XX trajo consigo nuevos azules y nuevos métodos para sintetizar sus hermosos matices; también vio la llegada de un artista que, obsesionado con la pureza del celeste, dedicó su obra a este color y creó su propio tono de azul, Yves Klein. La historia de cómo este color, que alguna vez fue un fantasma, llegó a estar disponible para todos es capaz de recordarnos el poder de los colores sobre nuestra sensibilidad, sobre nuestra interioridad, e incluso, sobre nuestra salud emocional.

 

 

 

Imágenes: 1) Public Domain 2) Creative Commons – Hannes Grobe