Por ser el tono de la tierra y de la sangre, es un color y también un arquetipo. Se trata del primer pigmento que el hombre pudo fabricar, capturar. Por eso, el imaginario humano —en el que todos los colores tienen un lugar simbólico— atesora la historia del rojo como una de las relaciones más antiguas que el hombre ha mantenido con un color. El artista Keith Haring alguna vez escribió “es uno de los colores más fuertes, es sangre, tiene un poder dentro del ojo”, y no se equivocó: se trata del color de lo revolucionario, de la seducción, del interior de nuestro cuerpo, y su uso, incluso en los lugares más pragmáticos de nuestra vida, guarda una cualidad capital. Esta es la historia de los materiales de los cuales se ha obtenido a lo largo del tiempo.

La tierra fue la fuente de los primeros pigmentos que se conocen, de la cual se obtuvieron distintos tonos de rojo, café y amarillo. Lo que se consideran las primeras obras de arte, los murales prehistóricos que han sobrevivido al tiempo, ostentan un rojo terroso, que se obtenía de los minerales de la tierra, especialmente de la hematita, que es una clase de óxido. Se sabe que este pigmento fue usado desde hace unos 250,000 años por neandertales en lo que hoy son los Países Bajos, y se cree que estos grupos humanos también lo utilizaban para adornar su cuerpo como parte de algunos rituales, como pegamento y como ablandador de pieles. Uno de los ejemplos más notables de su uso son los murales en la Cuevas de Altamira, en España, que datan de hace unos 20,000 años.

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La cultura egipcia, hace muchísimos siglos, hizo uso de numerosos pigmentos rojos incluido el cinabrio, un sulfuro de mercurio que era altamente tóxico. Los romanos también usaron este químico como pigmento, que era entonces codiciado y muy costo. Se sabe que los gladiadores que salían victoriosos del Coliseo eran pintados con cinabrio antes de recorrer Roma, y la trágica Pompeya está llena de este tinte en murales y otros artículos pertenecientes a las clases altas que alguna vez la habitaron. Más adelante, el cinabrio se volvió un sinónimo de la laca utilizada en China, a partir del siglo XII, en jarrones y otros artículos de lujo.

El minio fue otro de los químicos que se usaron para obtener rojo, especialmente por los romanos. Como el cinabrio, era venenoso, y algunos especialistas advierten que se trató de uno de los primeros pigmentos sintetizados por el hombre. Sus tonos anaranjados se plasmaron perfectamente en las piezas de mármol y oro, e inscripciones en distintas superficies. El minio también fue usado en los manuscritos iluminados medievales, y en India y Persia durante los siglos XVII y XVIII. Mucho tiempo después, Van Gogh usaría este pigmento, algo que desafortunadamente ha causado un daño irreversible en algunas de sus piezas, pues se decolora con la luz.

Otro pigmento rojo, uno de los más utilizados a lo largo de la historia, es el bermellón. Existe una confusión con el nombre, pues algunos autores de la antigüedad llamaron así al color que resultaba de pulverizar el cinabrio. Pero el nombre también designa a la versión sintética del pigmento inventado en China y llevado al Occidente por los alquimistas árabes durante la Edad Media —éste tiene un tono ligeramente anaranjado pero, tras ser expuesto a la luz, tiende a oscurecerse. Fue usado por numerosos pintores renacentistas, entre ellos el gran Tiziano. El siglo XVII vio un enorme auge en el uso de este pigmento por parte de pintores, primero en Venecia y después en los Países Bajos y Alemania.

Quizá, el rojo más curioso de todos (y el que fascinó a Europa durante siglos) fue aquel extraído de un pequeño insecto. Se trata de un pigmento rojo que se conseguía al secar y pulverizar la cochinilla, animal que habita dentro de un cactus mexicano; éste fue el producto más importado a Europa desde el Nuevo Mundo en el siglo XVI (después, por supuesto, del oro y la plata). Aunque inicialmente se utilizó para hacer tinturas, la cochinilla se convirtió rápidamente en un pigmento conocido como carmín. Rembrandt, van Dyck, Rubens y Vermeer son sólo algunos de los artistas que lo usaron durante el periodo, pero éste llegaría hasta las brochas del gran J. M. W. Turner y otros artistas posteriores.

No fue sino varios siglos después, en 1817, que el químico alemán Friedrich Stromeyer descubrió un nuevo elemento de la tabla periódica, el cadmio, del que inicialmente se extrajeron pigmentos amarillos y naranjas. Fue hasta 1910 que se obtuvo rojo a partir de él, y fue uno de los pigmentos favoritos de Matisse. Hoy, los pigmentos sintéticos más utilizados para obtener rojo en obras de arte son conocidos como litol y naphtol.

El rojo dominó durante siglos la cultura visual humana, y a pesar de que se sabe que hoy el azul y el verde son los preferidos por la cultura occidental, el poder del rojo (en cualquiera de sus tonos) sigue siendo el mismo; como dato curioso, las obras de arte en las que predomina este color son las más costosas en las subastas, algo que deja claro su preponderancia como símbolo y como parte de nuestro interior.

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Imágenes: 1) Dominio público 2) Dominio público 3) Public domain

Por ser el tono de la tierra y de la sangre, es un color y también un arquetipo. Se trata del primer pigmento que el hombre pudo fabricar, capturar. Por eso, el imaginario humano —en el que todos los colores tienen un lugar simbólico— atesora la historia del rojo como una de las relaciones más antiguas que el hombre ha mantenido con un color. El artista Keith Haring alguna vez escribió “es uno de los colores más fuertes, es sangre, tiene un poder dentro del ojo”, y no se equivocó: se trata del color de lo revolucionario, de la seducción, del interior de nuestro cuerpo, y su uso, incluso en los lugares más pragmáticos de nuestra vida, guarda una cualidad capital. Esta es la historia de los materiales de los cuales se ha obtenido a lo largo del tiempo.

La tierra fue la fuente de los primeros pigmentos que se conocen, de la cual se obtuvieron distintos tonos de rojo, café y amarillo. Lo que se consideran las primeras obras de arte, los murales prehistóricos que han sobrevivido al tiempo, ostentan un rojo terroso, que se obtenía de los minerales de la tierra, especialmente de la hematita, que es una clase de óxido. Se sabe que este pigmento fue usado desde hace unos 250,000 años por neandertales en lo que hoy son los Países Bajos, y se cree que estos grupos humanos también lo utilizaban para adornar su cuerpo como parte de algunos rituales, como pegamento y como ablandador de pieles. Uno de los ejemplos más notables de su uso son los murales en la Cuevas de Altamira, en España, que datan de hace unos 20,000 años.

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La cultura egipcia, hace muchísimos siglos, hizo uso de numerosos pigmentos rojos incluido el cinabrio, un sulfuro de mercurio que era altamente tóxico. Los romanos también usaron este químico como pigmento, que era entonces codiciado y muy costo. Se sabe que los gladiadores que salían victoriosos del Coliseo eran pintados con cinabrio antes de recorrer Roma, y la trágica Pompeya está llena de este tinte en murales y otros artículos pertenecientes a las clases altas que alguna vez la habitaron. Más adelante, el cinabrio se volvió un sinónimo de la laca utilizada en China, a partir del siglo XII, en jarrones y otros artículos de lujo.

El minio fue otro de los químicos que se usaron para obtener rojo, especialmente por los romanos. Como el cinabrio, era venenoso, y algunos especialistas advierten que se trató de uno de los primeros pigmentos sintetizados por el hombre. Sus tonos anaranjados se plasmaron perfectamente en las piezas de mármol y oro, e inscripciones en distintas superficies. El minio también fue usado en los manuscritos iluminados medievales, y en India y Persia durante los siglos XVII y XVIII. Mucho tiempo después, Van Gogh usaría este pigmento, algo que desafortunadamente ha causado un daño irreversible en algunas de sus piezas, pues se decolora con la luz.

Otro pigmento rojo, uno de los más utilizados a lo largo de la historia, es el bermellón. Existe una confusión con el nombre, pues algunos autores de la antigüedad llamaron así al color que resultaba de pulverizar el cinabrio. Pero el nombre también designa a la versión sintética del pigmento inventado en China y llevado al Occidente por los alquimistas árabes durante la Edad Media —éste tiene un tono ligeramente anaranjado pero, tras ser expuesto a la luz, tiende a oscurecerse. Fue usado por numerosos pintores renacentistas, entre ellos el gran Tiziano. El siglo XVII vio un enorme auge en el uso de este pigmento por parte de pintores, primero en Venecia y después en los Países Bajos y Alemania.

Quizá, el rojo más curioso de todos (y el que fascinó a Europa durante siglos) fue aquel extraído de un pequeño insecto. Se trata de un pigmento rojo que se conseguía al secar y pulverizar la cochinilla, animal que habita dentro de un cactus mexicano; éste fue el producto más importado a Europa desde el Nuevo Mundo en el siglo XVI (después, por supuesto, del oro y la plata). Aunque inicialmente se utilizó para hacer tinturas, la cochinilla se convirtió rápidamente en un pigmento conocido como carmín. Rembrandt, van Dyck, Rubens y Vermeer son sólo algunos de los artistas que lo usaron durante el periodo, pero éste llegaría hasta las brochas del gran J. M. W. Turner y otros artistas posteriores.

No fue sino varios siglos después, en 1817, que el químico alemán Friedrich Stromeyer descubrió un nuevo elemento de la tabla periódica, el cadmio, del que inicialmente se extrajeron pigmentos amarillos y naranjas. Fue hasta 1910 que se obtuvo rojo a partir de él, y fue uno de los pigmentos favoritos de Matisse. Hoy, los pigmentos sintéticos más utilizados para obtener rojo en obras de arte son conocidos como litol y naphtol.

El rojo dominó durante siglos la cultura visual humana, y a pesar de que se sabe que hoy el azul y el verde son los preferidos por la cultura occidental, el poder del rojo (en cualquiera de sus tonos) sigue siendo el mismo; como dato curioso, las obras de arte en las que predomina este color son las más costosas en las subastas, algo que deja claro su preponderancia como símbolo y como parte de nuestro interior.

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