Pocos como Brian Eno verían con tal claridad el lado triste de lo que en materia musical ha traído la actualidad. Porque si bien el revolucionario productor musical no es reticente a los cambios, también tiene, y de forma sobrada, la estatura para poder cuestionar la cara oscura de los mismos.

A partir de los avances tecnológicos que han permeado este campo, ahora la producción musical permite a cualquiera hacer música, y facilita que aquellos entendidos puedan producir piezas sin más recursos que una laptop.

Brian Eno advierte en esto una tentación, y como con toda tentación, ceder a ella tiene sus consecuencias. Una de ellas, es la búsqueda de la perfección pero que, en el caso de la tecnología aplicada al arte, implica un costo humano, lo deshumaniza. El músico no puede dejar de lado su esencia humana, ni la imperfección que ésta conlleva. Aquí recordemos Whiplash (2014), en la cual sólo hay una posibilidad para quien quiere ser el mejor baterista: tener la mejor métrica a costa incluso del propio cuerpo–.

Según el británico, alcanzar “la perfección” a través de las maquinas, puede resultar en un proceso mortífero para la música, porque cancela lo que ésta tiene de humano. Es la búsqueda de una perfección que, de convertirse en un patrón estético, suprime esa magia de los sucios rasgueos de los primeros bluseros, en la esencia descompuesta del grunge o en los alaridos aguardientosos de Bob Dylan –a quien en estos tiempos lo habrían afinado con Auto-Tune. 

Hace unos siglos, el avance de la música se centró en la medición de frecuencias, la notación, y, posteriormente, en el uso de escalas y acordes. Ya en el siglo XIX, innovar implicaba adentrarse en las razones científicas del sonido –como hizo Modest Mussorgsky, en la suite Pictures at an exhibition. El compositor ruso se inspiró en un principio de la acústica que dicta que los sonidos bajos duran más que los largos, lo que dota al movimiento de una oscura solemnidad.

Paradójicamente, la imperfección humana puede ser más perfecta que la perfección mecanizada. Y esto, como bien apunta Eno, es algo que hay que valorar y proteger no solo en el campo de la música, también en la realidad misma.

Pocos como Brian Eno verían con tal claridad el lado triste de lo que en materia musical ha traído la actualidad. Porque si bien el revolucionario productor musical no es reticente a los cambios, también tiene, y de forma sobrada, la estatura para poder cuestionar la cara oscura de los mismos.

A partir de los avances tecnológicos que han permeado este campo, ahora la producción musical permite a cualquiera hacer música, y facilita que aquellos entendidos puedan producir piezas sin más recursos que una laptop.

Brian Eno advierte en esto una tentación, y como con toda tentación, ceder a ella tiene sus consecuencias. Una de ellas, es la búsqueda de la perfección pero que, en el caso de la tecnología aplicada al arte, implica un costo humano, lo deshumaniza. El músico no puede dejar de lado su esencia humana, ni la imperfección que ésta conlleva. Aquí recordemos Whiplash (2014), en la cual sólo hay una posibilidad para quien quiere ser el mejor baterista: tener la mejor métrica a costa incluso del propio cuerpo–.

Según el británico, alcanzar “la perfección” a través de las maquinas, puede resultar en un proceso mortífero para la música, porque cancela lo que ésta tiene de humano. Es la búsqueda de una perfección que, de convertirse en un patrón estético, suprime esa magia de los sucios rasgueos de los primeros bluseros, en la esencia descompuesta del grunge o en los alaridos aguardientosos de Bob Dylan –a quien en estos tiempos lo habrían afinado con Auto-Tune. 

Hace unos siglos, el avance de la música se centró en la medición de frecuencias, la notación, y, posteriormente, en el uso de escalas y acordes. Ya en el siglo XIX, innovar implicaba adentrarse en las razones científicas del sonido –como hizo Modest Mussorgsky, en la suite Pictures at an exhibition. El compositor ruso se inspiró en un principio de la acústica que dicta que los sonidos bajos duran más que los largos, lo que dota al movimiento de una oscura solemnidad.

Paradójicamente, la imperfección humana puede ser más perfecta que la perfección mecanizada. Y esto, como bien apunta Eno, es algo que hay que valorar y proteger no solo en el campo de la música, también en la realidad misma.