–¿Piensas en ti como chino o como estadounidense?

–¿Sabes?, quiero pensar en mí mismo como ser humano. Porque —y no quiero sonar “como Confucio dijo”— pero, bajo el cielo sólo existe una familia: y resulta que la gente es diferente entre sí.

-Bruce Lee

La historia de Bruce Lee puede contarse desde la perspectiva del camino del héroe: los movimientos a los que se somete el alma en todas las tradiciones mitológicas y narrativas del mundo, donde se juegan además arquetipos como el maestro, el mago, y naturalmente el guerrero, son visibles en el trayecto vital, artístico y humano de Bruce Lee.

Lee posee un efecto fascinador sobre cualquier tipo de persona, no importa el sexo, el grupo etáreo ni la nacionalidad. A lo largo de su vida, Bruce se encontró muchas veces con que las diferencias entre las personas cobraban una importancia desproporcionada: la cárcel de las identidades —en su caso, por ejemplo, la fama como actor o su lugar como artista marcial, ambos medios muy competitivos— estanca al ser. Y la misión del ser es encontrar un modo de fluir.

Campeón de chachachá en 1957 en Hong Kong, su afición al baile, las peleas callejeras y las películas de boxeo sería fundamental para el posterior desarrollo del juego de piernas en su propio arte marcial: una soltura, una ligereza derivada del ritmo que permite que los movimientos adquieran viveza y fluidez, lo contrario de las rígidas posiciones de muchos tipos de combate asiáticos. Al poner a bailar los contrarios, el resultado es una forma muy particular de belleza.

Bruce sale de Hong Kong en 1959 debido a un altercado con la policía, y al llegar a Estados Unidos (nació en San Francisco en 1940), y comienza a dar clases de wing sun (o wing chun), un arte marcial minoritario hasta la primera mitad del siglo XX, que cobró estima global gracias a su influencia. Pero a su vez empataba el arte marcial con clases de filosofía en la Universidad, una mancuerna de aparentes opuestos que se expresan mutuamente: Bruce veía el arte marcial como una forma honesta de autoexpresión, más allá de una mera forma de violencia.

Y es que esta es una paradoja fundamental de muchos tipos de artes marciales: se aprende a luchar para evitar la lucha; se aprende a matar para proteger la vida. La verdadera violencia no son dos estudiantes de wing sun entrenando, sino la violencia estructural de la violencia racial y económica. Lee vivió su vida profesional acosado por el estereotipo racial del chino, mismo que lo sobrevive hasta hoy: no existe un solo actor con rasgos orientales que protagonice superproducciones.

Los chinos en Hollywood siguen apareciendo como parte de la escenografía, no como personajes complejos; en sus filmes, Lee encarnó un ícono de resistencia a través del juego de contrarios como el campesino contra el patrón, el luchador honesto que busca a su padre, o el buen alumno que tiene la obligación de vengar a su maestro muerto. Los chinos veían las películas de Bruce Lee como una declaración de independencia con respecto a los japoneses, quienes ejercieron la supremacía económica y militar sobre China hasta entrado el siglo XX. Donde los occidentales, veían una emocionante película de acción, sin embargo, veían también una declaración de guerra. Bruce Lee se mudó a Hong Kong donde sus películas tenían una aceptación creciente y donde podía desarrollar sus ideas sin las presiones raciales y financieras de Hollywood.

En EU sus películas recordaban demasiado al enemigo que se combatía en la guerra de Vietnam, además de los estereotipos raciales asociados a los asiáticos, por lo que, literalmente, su mensaje se perdía en la traducción. Lee Se transformó a sí mismo en un ícono rebelde de la resistencia de los “valores asiáticos” tradicionales frente a los colonizadores, ya fueran de procedencia caucásica-occidental (de ahí el arquetipo del villano estilo Chuck Norris, el vaquero estadounidense) y el enemigo interno, a saber, las pandillas, los ejércitos barriales que también están representados Fists of Fury o The Chinesse Connection.

Sus películas y el arte marcial Jeet Kune Do (el camino del puño interceptor) fueron los legados de Bruce Lee, quien falleció a los 33 años en el pico de su fama. Muchos lo recuerdan debido a las muchas teorías de conspiración que rodearon su fallecimiento; sin embargo, en una de sus últimas entrevistas, Bruce Lee comentó que “ser un artista marcial significa ser un artista de la vida”. Existe vida donde existe movimiento, y cifrado en el “estilo sin estilo” del Jeet Kune Do se encuentra la intrincada unión de los opuestos que se reconocen uno en el otro.

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Por Javier Raya, @javier_raya

–¿Piensas en ti como chino o como estadounidense?

–¿Sabes?, quiero pensar en mí mismo como ser humano. Porque —y no quiero sonar “como Confucio dijo”— pero, bajo el cielo sólo existe una familia: y resulta que la gente es diferente entre sí.

-Bruce Lee

La historia de Bruce Lee puede contarse desde la perspectiva del camino del héroe: los movimientos a los que se somete el alma en todas las tradiciones mitológicas y narrativas del mundo, donde se juegan además arquetipos como el maestro, el mago, y naturalmente el guerrero, son visibles en el trayecto vital, artístico y humano de Bruce Lee.

Lee posee un efecto fascinador sobre cualquier tipo de persona, no importa el sexo, el grupo etáreo ni la nacionalidad. A lo largo de su vida, Bruce se encontró muchas veces con que las diferencias entre las personas cobraban una importancia desproporcionada: la cárcel de las identidades —en su caso, por ejemplo, la fama como actor o su lugar como artista marcial, ambos medios muy competitivos— estanca al ser. Y la misión del ser es encontrar un modo de fluir.

Campeón de chachachá en 1957 en Hong Kong, su afición al baile, las peleas callejeras y las películas de boxeo sería fundamental para el posterior desarrollo del juego de piernas en su propio arte marcial: una soltura, una ligereza derivada del ritmo que permite que los movimientos adquieran viveza y fluidez, lo contrario de las rígidas posiciones de muchos tipos de combate asiáticos. Al poner a bailar los contrarios, el resultado es una forma muy particular de belleza.

Bruce sale de Hong Kong en 1959 debido a un altercado con la policía, y al llegar a Estados Unidos (nació en San Francisco en 1940), y comienza a dar clases de wing sun (o wing chun), un arte marcial minoritario hasta la primera mitad del siglo XX, que cobró estima global gracias a su influencia. Pero a su vez empataba el arte marcial con clases de filosofía en la Universidad, una mancuerna de aparentes opuestos que se expresan mutuamente: Bruce veía el arte marcial como una forma honesta de autoexpresión, más allá de una mera forma de violencia.

Y es que esta es una paradoja fundamental de muchos tipos de artes marciales: se aprende a luchar para evitar la lucha; se aprende a matar para proteger la vida. La verdadera violencia no son dos estudiantes de wing sun entrenando, sino la violencia estructural de la violencia racial y económica. Lee vivió su vida profesional acosado por el estereotipo racial del chino, mismo que lo sobrevive hasta hoy: no existe un solo actor con rasgos orientales que protagonice superproducciones.

Los chinos en Hollywood siguen apareciendo como parte de la escenografía, no como personajes complejos; en sus filmes, Lee encarnó un ícono de resistencia a través del juego de contrarios como el campesino contra el patrón, el luchador honesto que busca a su padre, o el buen alumno que tiene la obligación de vengar a su maestro muerto. Los chinos veían las películas de Bruce Lee como una declaración de independencia con respecto a los japoneses, quienes ejercieron la supremacía económica y militar sobre China hasta entrado el siglo XX. Donde los occidentales, veían una emocionante película de acción, sin embargo, veían también una declaración de guerra. Bruce Lee se mudó a Hong Kong donde sus películas tenían una aceptación creciente y donde podía desarrollar sus ideas sin las presiones raciales y financieras de Hollywood.

En EU sus películas recordaban demasiado al enemigo que se combatía en la guerra de Vietnam, además de los estereotipos raciales asociados a los asiáticos, por lo que, literalmente, su mensaje se perdía en la traducción. Lee Se transformó a sí mismo en un ícono rebelde de la resistencia de los “valores asiáticos” tradicionales frente a los colonizadores, ya fueran de procedencia caucásica-occidental (de ahí el arquetipo del villano estilo Chuck Norris, el vaquero estadounidense) y el enemigo interno, a saber, las pandillas, los ejércitos barriales que también están representados Fists of Fury o The Chinesse Connection.

Sus películas y el arte marcial Jeet Kune Do (el camino del puño interceptor) fueron los legados de Bruce Lee, quien falleció a los 33 años en el pico de su fama. Muchos lo recuerdan debido a las muchas teorías de conspiración que rodearon su fallecimiento; sin embargo, en una de sus últimas entrevistas, Bruce Lee comentó que “ser un artista marcial significa ser un artista de la vida”. Existe vida donde existe movimiento, y cifrado en el “estilo sin estilo” del Jeet Kune Do se encuentra la intrincada unión de los opuestos que se reconocen uno en el otro.

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Por Javier Raya, @javier_raya

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