Construido en uno de los lugares más inhóspitos del “sur profundo” de Louisiana, solía yacer el equivalente estadounidense a la torre Eiffel; un domo geodésico del tamaño de un estadio de futbol, capaz de albergar hasta 36 vagones de tren al mismo tiempo. Fue inaugurado por sus desarrolladores, Buckminster Fuller y el ingeniero civil Dick Lehr, quienes veían el domo no sólo como una estructura para realizar labores propias de un patio de trenes, sino un símbolo del futuro que se alzaba 40 metros de altura y que parecía más grande por dentro que por fuera, lleno de formas nuevas de resolver viejos problemas.

Sin embargo, pocos años después de la millonaria construcción, la empresa ferroviaria Union Tank Car tuvo que cerrar el domo, pues la nueva medida de los vagones de carga se había modificado, lo que transformaba la media esfera de Buck Fuller en Louisiana en una atracción de difícil acceso, sin aparente interés cultural o histórico, y se le dejó oxidarse hasta el 2007, cuando fue demolida.

La fascinante historia del domo geodésico de Union Tank Car (así como su gemelo de Wood River, que ofrece ejemplos fascinantes de diseño arquitectónico de finales de los 50 del siglo XX) es contada en un extraordinario documental titulado A Necessary Ruin: The Story of Buckminster Fuller and the Union Tank Car Dome.

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Con una duración de media hora, el filme reivindica la figura de Dick Lehr, diseñador original de la plataforma rotatoria que daría sentido práctico a la construcción, a la vez que un colaborador invisibilizado a menudo junto a la titánica figura de Fuller. Y es este aparente aprecio por el trabajo y las innovaciones de Fuller que el documental llama a preguntarse cómo construimos colectivamente la memoria de nuestra época a través de la relación con los espacios urbanos y rurales, los imaginarios en los que ocurre el progreso, el gran constructor y destructor de nuestra época.

El ojo de los fotógrafos Meg Holford e Ivan Massar nos permite realizar una visita guiada por las diferentes fases del domo de Alsen, Louisiana, desde los detalles técnicos de los planos hasta las visiones apocalípticas de su oxidación y posterior demolición. Según Ward Bond, una figura interesada en la preservación del domo, entrar en ese lugar era como “estar en el interior de un diamante”.

Un diamante, sí, por los cientos de nodos de acero que soportan sin aparente esfuerzo las placas de 10 toneladas; el uso apropiado de la tensión para producir ligereza es una de las constantes de los domos geodésicos de Fuller, un visionario arquitecto y diseñador que creía que los edificios debían mostrarnos con su sola presencia los futuros posibles que quisiéramos como humanidad. A pesar de su visión, la arquitectura de su época parece poco sustentable, en el sentido de que necesita mantenimiento cada 2 o 3 décadas; un terrible y esclarecedor recordatorio de que los espacios que habitamos también están vivos y dependen, como un ser vivo más, de la dinámica de interacción humana, del disfrute del movimiento y el reposo, así como del trabajo y el ocio.

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El contraste lo coloca el domo gemelo al de Alsen: a pocos kilómetros de ahí, en Wood River, Illinois, permanece operando y es propiedad de sus constructores originales. Ambos domos nos plantean la cuestión de cómo valorar ciertas estructuras que se insertan entre los nodos del arte y la técnica, del goce estético y el progreso; tal vez las estructuras físicas no cambien, pero las intersecciones entre los dominios humanos (ejemplificados como relaciones de dominio o colaboración, según el diseño geodésico de Buck Fuller), es decir, entre los habitantes, usuarios, trabajadores y visitantes, cambian continuamente, establecen nuevos patrones, y a menudo dejan ruinas imponentes tras de sí, como la estela del cometa del progreso que se pierde en el ciego abismo.

 

*Imágenes: 1)  Wikimedia Commons;  2) Joseph Bergen – flickr / Creative Commons; 3) Maia Valenzuela – flickr Creative Commons

 

Construido en uno de los lugares más inhóspitos del “sur profundo” de Louisiana, solía yacer el equivalente estadounidense a la torre Eiffel; un domo geodésico del tamaño de un estadio de futbol, capaz de albergar hasta 36 vagones de tren al mismo tiempo. Fue inaugurado por sus desarrolladores, Buckminster Fuller y el ingeniero civil Dick Lehr, quienes veían el domo no sólo como una estructura para realizar labores propias de un patio de trenes, sino un símbolo del futuro que se alzaba 40 metros de altura y que parecía más grande por dentro que por fuera, lleno de formas nuevas de resolver viejos problemas.

Sin embargo, pocos años después de la millonaria construcción, la empresa ferroviaria Union Tank Car tuvo que cerrar el domo, pues la nueva medida de los vagones de carga se había modificado, lo que transformaba la media esfera de Buck Fuller en Louisiana en una atracción de difícil acceso, sin aparente interés cultural o histórico, y se le dejó oxidarse hasta el 2007, cuando fue demolida.

La fascinante historia del domo geodésico de Union Tank Car (así como su gemelo de Wood River, que ofrece ejemplos fascinantes de diseño arquitectónico de finales de los 50 del siglo XX) es contada en un extraordinario documental titulado A Necessary Ruin: The Story of Buckminster Fuller and the Union Tank Car Dome.

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Con una duración de media hora, el filme reivindica la figura de Dick Lehr, diseñador original de la plataforma rotatoria que daría sentido práctico a la construcción, a la vez que un colaborador invisibilizado a menudo junto a la titánica figura de Fuller. Y es este aparente aprecio por el trabajo y las innovaciones de Fuller que el documental llama a preguntarse cómo construimos colectivamente la memoria de nuestra época a través de la relación con los espacios urbanos y rurales, los imaginarios en los que ocurre el progreso, el gran constructor y destructor de nuestra época.

El ojo de los fotógrafos Meg Holford e Ivan Massar nos permite realizar una visita guiada por las diferentes fases del domo de Alsen, Louisiana, desde los detalles técnicos de los planos hasta las visiones apocalípticas de su oxidación y posterior demolición. Según Ward Bond, una figura interesada en la preservación del domo, entrar en ese lugar era como “estar en el interior de un diamante”.

Un diamante, sí, por los cientos de nodos de acero que soportan sin aparente esfuerzo las placas de 10 toneladas; el uso apropiado de la tensión para producir ligereza es una de las constantes de los domos geodésicos de Fuller, un visionario arquitecto y diseñador que creía que los edificios debían mostrarnos con su sola presencia los futuros posibles que quisiéramos como humanidad. A pesar de su visión, la arquitectura de su época parece poco sustentable, en el sentido de que necesita mantenimiento cada 2 o 3 décadas; un terrible y esclarecedor recordatorio de que los espacios que habitamos también están vivos y dependen, como un ser vivo más, de la dinámica de interacción humana, del disfrute del movimiento y el reposo, así como del trabajo y el ocio.

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El contraste lo coloca el domo gemelo al de Alsen: a pocos kilómetros de ahí, en Wood River, Illinois, permanece operando y es propiedad de sus constructores originales. Ambos domos nos plantean la cuestión de cómo valorar ciertas estructuras que se insertan entre los nodos del arte y la técnica, del goce estético y el progreso; tal vez las estructuras físicas no cambien, pero las intersecciones entre los dominios humanos (ejemplificados como relaciones de dominio o colaboración, según el diseño geodésico de Buck Fuller), es decir, entre los habitantes, usuarios, trabajadores y visitantes, cambian continuamente, establecen nuevos patrones, y a menudo dejan ruinas imponentes tras de sí, como la estela del cometa del progreso que se pierde en el ciego abismo.

 

*Imágenes: 1)  Wikimedia Commons;  2) Joseph Bergen – flickr / Creative Commons; 3) Maia Valenzuela – flickr Creative Commons