Vivimos en la era de las tipografías; la digitalización del antiguo arte de la caligrafía. Pero entre miles de diseños diversos que emulan la letra manuscrita –y su trazo dinámico– probablemente la manifestación más estimulante es la compuesta por el diseñador ruso, Ruslan Kharsanov.

Para llegar a lo que él llama “Caligrafía Líquida”, Kharsanov contó con la intercesión de la fortuna, esa entidad caprichosa que a veces se pone al servicio de la estética. Se encontraba diseñando un logo para el que quería evocar una sensación expansiva, una textura “como si una botella de vino estuviera en el fondo del mar por siglos, y las letras de la etiqueta fluyeran, formando patrones”. Probó entonces utilizando tinta en un papel mojado; los resultados no eran lo que esperaba. Dibujó después la letra del logo en la superficie mojada del baño: “la letra literalmente cobró vida –líneas negras crecieron con patrones grises de coral y luego desaparecieron como una oruga que se convierte en una mariposa y muere”.

En otras palabras, descubrió el tesoro de la caligrafía líquida, que luego completó en Photoshop y finalmente en un programa de animación. Kharsanov recreó un proceso seminal de vida y muerte, o bien de aparición y desaparición. En sus trazos líquidos, el lenguaje entra en un estado de fuga, en una oscilación entre dimensiones o un balbuceo de formas que no pueden mantenerse en un plano material. Las letras, al desvanecerse, se convierten en veloces órganos celulares como las estructuras marinas, los calamares y los corales. Por momentos la tinta explota y las escalas de grises en movimiento evocan un timelapse en ultrasonido del crecimiento de un feto. Empero, este incipiente ser hecho de lenguaje es devorado por un transhumeante agujero negro: el silencio.

Vivimos en la era de las tipografías; la digitalización del antiguo arte de la caligrafía. Pero entre miles de diseños diversos que emulan la letra manuscrita –y su trazo dinámico– probablemente la manifestación más estimulante es la compuesta por el diseñador ruso, Ruslan Kharsanov.

Para llegar a lo que él llama “Caligrafía Líquida”, Kharsanov contó con la intercesión de la fortuna, esa entidad caprichosa que a veces se pone al servicio de la estética. Se encontraba diseñando un logo para el que quería evocar una sensación expansiva, una textura “como si una botella de vino estuviera en el fondo del mar por siglos, y las letras de la etiqueta fluyeran, formando patrones”. Probó entonces utilizando tinta en un papel mojado; los resultados no eran lo que esperaba. Dibujó después la letra del logo en la superficie mojada del baño: “la letra literalmente cobró vida –líneas negras crecieron con patrones grises de coral y luego desaparecieron como una oruga que se convierte en una mariposa y muere”.

En otras palabras, descubrió el tesoro de la caligrafía líquida, que luego completó en Photoshop y finalmente en un programa de animación. Kharsanov recreó un proceso seminal de vida y muerte, o bien de aparición y desaparición. En sus trazos líquidos, el lenguaje entra en un estado de fuga, en una oscilación entre dimensiones o un balbuceo de formas que no pueden mantenerse en un plano material. Las letras, al desvanecerse, se convierten en veloces órganos celulares como las estructuras marinas, los calamares y los corales. Por momentos la tinta explota y las escalas de grises en movimiento evocan un timelapse en ultrasonido del crecimiento de un feto. Empero, este incipiente ser hecho de lenguaje es devorado por un transhumeante agujero negro: el silencio.

Etiquetado: , , , ,