El cine de la India es un fenómeno que en el horizonte cultural americano parece como venido de otro planeta: al auge y promoción de un mercado cinematográfico de un país con una diversidad lingüística y geográfica como pocas en el mundo, se le suma el gusto por fundir lo antiguo y lo moderno en una mezcla de entretenimiento y cultura que cuenta con millones de adeptos en el sur de Asia. Desde los años 70, esta industria cinematográfica se conoce como “Bollywood”, una mezcla entre Bombay (hoy Mumbai) y Hollywood, la capital del cine estadunidense.

Pero este auge no ocurrió por sí solo. Tempranos entusiastas de la cinematografía como Dadasaheb Phalke fueron los encargados de contagiarse de la magia del cine producido en Estados Unidos y Europa y traerlo de vuelta a la India. Phalke, sin ir más lejos, es considerado el padre de la cinematografía hindú. Su carrera comenzó con la película muda Raja Harishchandra, de 1913.

La historia proviene de dos de los libros más importantes de la tradición y la religión hindú, el Ramayana y el Mahabharata; relatos épicos, guías morales y espirituales, los dioses y los hombres se dan cita entre sus páginas. En la película de Phalke, Harishchandra es un rey que promete un sacrificio desmesurado: su reino, su reina, sus herederos, con tal de satisfacer a los dioses quienes, al estar complacidos, restauran todo lo sacrificado, por lo que el final es feliz.

Además de una historia clásica, el periplo y odisea de Harishchandra son similares a los de Phalke, quien se obsesionó con el cine 10 años antes, al punto de renunciar a su trabajo para salir de la India y estudiar cine en Londres. Al regresar a la India, Phalke y su esposa cobraron sus pólizas de seguro de vida y vendieron todo lo que tenían para producir Raja Harishchandra, dando comienzo a una prolífica carrera cinematográfica.

La historia de Phalke recuerda a la de Orson Welles o Werner Herzog, quienes se embarcaron también en proyectos fílmicos que tenían algo de utopía y de épica. El sacrificio que los tres directores demostraron a lo largo de su carrera parece recompensado en el hecho de haber producido y llevado a la pantalla sus sueños, sin concesiones, con grandes dificultades y grandes recompensas.

 

 

*Imagen:  Wikimedia Commons

El cine de la India es un fenómeno que en el horizonte cultural americano parece como venido de otro planeta: al auge y promoción de un mercado cinematográfico de un país con una diversidad lingüística y geográfica como pocas en el mundo, se le suma el gusto por fundir lo antiguo y lo moderno en una mezcla de entretenimiento y cultura que cuenta con millones de adeptos en el sur de Asia. Desde los años 70, esta industria cinematográfica se conoce como “Bollywood”, una mezcla entre Bombay (hoy Mumbai) y Hollywood, la capital del cine estadunidense.

Pero este auge no ocurrió por sí solo. Tempranos entusiastas de la cinematografía como Dadasaheb Phalke fueron los encargados de contagiarse de la magia del cine producido en Estados Unidos y Europa y traerlo de vuelta a la India. Phalke, sin ir más lejos, es considerado el padre de la cinematografía hindú. Su carrera comenzó con la película muda Raja Harishchandra, de 1913.

La historia proviene de dos de los libros más importantes de la tradición y la religión hindú, el Ramayana y el Mahabharata; relatos épicos, guías morales y espirituales, los dioses y los hombres se dan cita entre sus páginas. En la película de Phalke, Harishchandra es un rey que promete un sacrificio desmesurado: su reino, su reina, sus herederos, con tal de satisfacer a los dioses quienes, al estar complacidos, restauran todo lo sacrificado, por lo que el final es feliz.

Además de una historia clásica, el periplo y odisea de Harishchandra son similares a los de Phalke, quien se obsesionó con el cine 10 años antes, al punto de renunciar a su trabajo para salir de la India y estudiar cine en Londres. Al regresar a la India, Phalke y su esposa cobraron sus pólizas de seguro de vida y vendieron todo lo que tenían para producir Raja Harishchandra, dando comienzo a una prolífica carrera cinematográfica.

La historia de Phalke recuerda a la de Orson Welles o Werner Herzog, quienes se embarcaron también en proyectos fílmicos que tenían algo de utopía y de épica. El sacrificio que los tres directores demostraron a lo largo de su carrera parece recompensado en el hecho de haber producido y llevado a la pantalla sus sueños, sin concesiones, con grandes dificultades y grandes recompensas.

 

 

*Imagen:  Wikimedia Commons