La creatividad no se trata de nada en específico. Pero si hay algo que prepare el terreno para que pueda desenvolverse son las condiciones en que vivimos. Nuestro acontecer diario es, digamos, el laboratorio de cultivo de la imaginación. Si entonces nos rodeamos de referencias propicias, al igual que un niño se rodea de su elección de fantasías, es natural que entremos en sintonía con ellas. El maestro Arvo Pärt decía algo interesante al respecto: “los consejos y métodos para fomentar la creatividad proliferan tanto porque tienen un fin valiosísimo: nos ayudan a ser nosotros mismos, más genuinos de lo que seríamos si dejáramos sin explorar esa parte creativa. Y todos la tenemos”.

Pero sí, hay que alimentar a la musa. Es preciso diseñar un buen equilibrio entre toda la información que consumimos, porque el simple hecho de elegir entre qué sensibilidades y referencias vivimos nos vuelve parte de ellas; la información nos habita como un fantasma embruja una casa.

Cada artista ha “descubierto” su propio método (o anti-método, para el caso), y la mayoría lo ha compartido con el mundo. Pero entre ellos, hay algunos que recurren. Estas tres sencillas actividades parecen funcionar sin discriminaciones. Entonces, a la par de rodearse de aquellas cosas que nos inspiran, habrá que practicar lo que ya está probado por el tiempo. Recomendamos las siguientes tres actividades:

La técnica del cut-up, utilizada por personajes tan enormemente creativos como William Burroughs, Bob Dylan o David Bowie, consiste en tomar un texto ya escrito y editarlo a complacencia. Descomponer un texto, sin importar de qué trate, por medio del recorte azaroso de palabras y formar nuevos enunciados. El motor de este proceso es la intuición caótica, casi surrealista, por medio de la cual una obra se convierte en otra.

Thoreau creía que una caminata matutina era la mejor forma de prepararse para trabajar. Esto, aunado a las delicias creativas de despertar temprano, genera un inminente cambio en la percepción del mundo. Uno más limpio, más fresco, que propicia el terreno para ser creativos. Una de las cosas que podemos preguntarnos mientras tomamos un paseo a pie por la mañana es “¿Qué pasaría si…?”. Esta especulación es el principio de las grandes historias, y uno de los métodos que el gran Neil Gaiman emplea para escribir sus novelas.

Ray Bradbury y Susan Sontag acostumbraban hacer listas. El primero aconsejaba las listas para “desentumir el músculo creativo”. Su método era bajar al papel los sustantivos que ocupaban su mente y luego, mediante la asociación libre, armar el rompecabezas que compondría un relato. Sontag, por su lado, hacía listas de sus “cosas favoritas” y luego añadía el porqué. El flujo de estas listas debe ser tan inconsciente como se pueda. Una suerte de escritura automática desarticulada que al final termina por formar un maravilloso monstruo con todas sus partes.

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La creatividad no se trata de nada en específico. Pero si hay algo que prepare el terreno para que pueda desenvolverse son las condiciones en que vivimos. Nuestro acontecer diario es, digamos, el laboratorio de cultivo de la imaginación. Si entonces nos rodeamos de referencias propicias, al igual que un niño se rodea de su elección de fantasías, es natural que entremos en sintonía con ellas. El maestro Arvo Pärt decía algo interesante al respecto: “los consejos y métodos para fomentar la creatividad proliferan tanto porque tienen un fin valiosísimo: nos ayudan a ser nosotros mismos, más genuinos de lo que seríamos si dejáramos sin explorar esa parte creativa. Y todos la tenemos”.

Pero sí, hay que alimentar a la musa. Es preciso diseñar un buen equilibrio entre toda la información que consumimos, porque el simple hecho de elegir entre qué sensibilidades y referencias vivimos nos vuelve parte de ellas; la información nos habita como un fantasma embruja una casa.

Cada artista ha “descubierto” su propio método (o anti-método, para el caso), y la mayoría lo ha compartido con el mundo. Pero entre ellos, hay algunos que recurren. Estas tres sencillas actividades parecen funcionar sin discriminaciones. Entonces, a la par de rodearse de aquellas cosas que nos inspiran, habrá que practicar lo que ya está probado por el tiempo. Recomendamos las siguientes tres actividades:

La técnica del cut-up, utilizada por personajes tan enormemente creativos como William Burroughs, Bob Dylan o David Bowie, consiste en tomar un texto ya escrito y editarlo a complacencia. Descomponer un texto, sin importar de qué trate, por medio del recorte azaroso de palabras y formar nuevos enunciados. El motor de este proceso es la intuición caótica, casi surrealista, por medio de la cual una obra se convierte en otra.

Thoreau creía que una caminata matutina era la mejor forma de prepararse para trabajar. Esto, aunado a las delicias creativas de despertar temprano, genera un inminente cambio en la percepción del mundo. Uno más limpio, más fresco, que propicia el terreno para ser creativos. Una de las cosas que podemos preguntarnos mientras tomamos un paseo a pie por la mañana es “¿Qué pasaría si…?”. Esta especulación es el principio de las grandes historias, y uno de los métodos que el gran Neil Gaiman emplea para escribir sus novelas.

Ray Bradbury y Susan Sontag acostumbraban hacer listas. El primero aconsejaba las listas para “desentumir el músculo creativo”. Su método era bajar al papel los sustantivos que ocupaban su mente y luego, mediante la asociación libre, armar el rompecabezas que compondría un relato. Sontag, por su lado, hacía listas de sus “cosas favoritas” y luego añadía el porqué. El flujo de estas listas debe ser tan inconsciente como se pueda. Una suerte de escritura automática desarticulada que al final termina por formar un maravilloso monstruo con todas sus partes.

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