Más allá de que muchos intuyen o advierten algo muy especial en los sueños, son pocas las personas que logran usarlos para transformar su vida cotidiana. Deposito de los residuos diurnos o absurdas narrativas sin importancia, para la mayoría de las personas los sueños a lo mucho alcanzan lo anecdótico. Sin embargo, como le ha ocurrido a muchos artistas y científicos, en estos yace un gran potencial creativo.

Ejemplos de inspiración creativa encontrada en los sueños abundan. La novela Frankenstein es el resultado de un la impresión que le dejó un sueño a la escritora Mary Shelley. Se dice que también la canción ”Yesterday”, una de las más populares en la historia del rock, es el producto de un sueño que tuvo Paul McCartney. Aún más sobresaliente es el sueño que relata haber tenido Samuel Taylor Coleridge, a quien la dimensión onírica le reveló los versos del poema Kubla Kahn –y al despertar solo tuvo que transcribirlos. Incluso el descubrimiento de la tabla periódica parece estar ligado a un sueño que tuvo el químico ruso Dimitri Mendeleev, quien vislumbró los intervalos entre los elementos cuando yacía bajo el encantamiento de Morfeo.

Históricamente la tradición popular ha visto en los sueños una fuente de conocimiento divino o extrasensorial. Las profecías, por ejemplo, suelen aparecer en sueños. Homero, el gran patriarca de la cultura occidental, explica en la Odisea, en voz de Penélope, que existen dos tipos de sueños: “Dos son las sombrías puertas de los sueños, una está fraguada en marfil y la otra en cuerno”. La puerta de marfil son engañosos y no llegan a suceder; los de la puerta de cuerno son ominosos y acaban materializando, según la visión homérica.

Una explicación alternativa a esta aparente cualidad de los sueños apela al inconsciente individual y colectivo. Si Carl Jung está en lo correcto, la mente humana no solo es un deposito de todo lo que la ha ocurrido a una persona –memorias que a veces se reprimen—sino de todo lo que le ha ocurrido a la especie humana. La neurociencia sabe que cuando estamos dormidos se encienden regiones del cerebro a las que, ante la atención requerida por la vigilia, difícilmente accedemos. Es posible que en los sueños podamos entablar una especie de diálogo cinematográfico con las imágenes del mundo, con los arquetipos –con la información transpersonal.

El lenguaje de los sueños, dice Jung, es el lenguaje de los símbolos. Parte del poder creativo de los sueños radica en que las imágenes que observamos son construcciones simbólicas, y por lo tanto tienen una mayor riqueza de significados. El símbolo es algo que siempre es otra cosa, es decir, es algo más. Esto en términos simples significa que hay una mayor cantidad de información que nuestro inconsciente nos está revelando, a la cual normalmente no tendríamos acceso. Los símbolos, como los mitos, discurren con una lógica que no es la de la vida común y corriente, por lo tanto nos insertan en otra realidad. Observar el flujo de una realidad alternativa, estimula la creatividad en tanto que nos revela el potencial de otra forma de ser y hacer.

Para poder utilizar esta riqueza simbólica, que es a fin de cuentas una mayor cantidad (y quizás cualidad) de información, es fundamental practicar algún tipo de disciplina para aumentar la memoria de los sueños e incluso para aprender a controlarlos –o a tener sueños lúcidos. Lo primero que se recomienda para fomentar esto es mantener un diario, e idealmente escribir los sueños lo primero en la mañana. También se pueden realizar meditaciones antes de dormir o durante el día, manifestando una intención de recordar los sueños. Leer libros sobre sueños o sueños lúcidos, como El Arte de Ensoñar, de Carlos Castaneda, también parecen ayudar en este sentido.

El ser humano pasa alrededor de la tercera parte de su vida dormido. Siempre que duerme está latente la oportunidad de soñar y acceder a una parte oculta y fecunda de su memoria. No aprovechar este tiempo o no internarse en una “base de datos” donde no sólo pueda que estén todas las vidas sino justamente aquella información vital para la vida actual, sería un gran desperdicio.

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Más allá de que muchos intuyen o advierten algo muy especial en los sueños, son pocas las personas que logran usarlos para transformar su vida cotidiana. Deposito de los residuos diurnos o absurdas narrativas sin importancia, para la mayoría de las personas los sueños a lo mucho alcanzan lo anecdótico. Sin embargo, como le ha ocurrido a muchos artistas y científicos, en estos yace un gran potencial creativo.

Ejemplos de inspiración creativa encontrada en los sueños abundan. La novela Frankenstein es el resultado de un la impresión que le dejó un sueño a la escritora Mary Shelley. Se dice que también la canción ”Yesterday”, una de las más populares en la historia del rock, es el producto de un sueño que tuvo Paul McCartney. Aún más sobresaliente es el sueño que relata haber tenido Samuel Taylor Coleridge, a quien la dimensión onírica le reveló los versos del poema Kubla Kahn –y al despertar solo tuvo que transcribirlos. Incluso el descubrimiento de la tabla periódica parece estar ligado a un sueño que tuvo el químico ruso Dimitri Mendeleev, quien vislumbró los intervalos entre los elementos cuando yacía bajo el encantamiento de Morfeo.

Históricamente la tradición popular ha visto en los sueños una fuente de conocimiento divino o extrasensorial. Las profecías, por ejemplo, suelen aparecer en sueños. Homero, el gran patriarca de la cultura occidental, explica en la Odisea, en voz de Penélope, que existen dos tipos de sueños: “Dos son las sombrías puertas de los sueños, una está fraguada en marfil y la otra en cuerno”. La puerta de marfil son engañosos y no llegan a suceder; los de la puerta de cuerno son ominosos y acaban materializando, según la visión homérica.

Una explicación alternativa a esta aparente cualidad de los sueños apela al inconsciente individual y colectivo. Si Carl Jung está en lo correcto, la mente humana no solo es un deposito de todo lo que la ha ocurrido a una persona –memorias que a veces se reprimen—sino de todo lo que le ha ocurrido a la especie humana. La neurociencia sabe que cuando estamos dormidos se encienden regiones del cerebro a las que, ante la atención requerida por la vigilia, difícilmente accedemos. Es posible que en los sueños podamos entablar una especie de diálogo cinematográfico con las imágenes del mundo, con los arquetipos –con la información transpersonal.

El lenguaje de los sueños, dice Jung, es el lenguaje de los símbolos. Parte del poder creativo de los sueños radica en que las imágenes que observamos son construcciones simbólicas, y por lo tanto tienen una mayor riqueza de significados. El símbolo es algo que siempre es otra cosa, es decir, es algo más. Esto en términos simples significa que hay una mayor cantidad de información que nuestro inconsciente nos está revelando, a la cual normalmente no tendríamos acceso. Los símbolos, como los mitos, discurren con una lógica que no es la de la vida común y corriente, por lo tanto nos insertan en otra realidad. Observar el flujo de una realidad alternativa, estimula la creatividad en tanto que nos revela el potencial de otra forma de ser y hacer.

Para poder utilizar esta riqueza simbólica, que es a fin de cuentas una mayor cantidad (y quizás cualidad) de información, es fundamental practicar algún tipo de disciplina para aumentar la memoria de los sueños e incluso para aprender a controlarlos –o a tener sueños lúcidos. Lo primero que se recomienda para fomentar esto es mantener un diario, e idealmente escribir los sueños lo primero en la mañana. También se pueden realizar meditaciones antes de dormir o durante el día, manifestando una intención de recordar los sueños. Leer libros sobre sueños o sueños lúcidos, como El Arte de Ensoñar, de Carlos Castaneda, también parecen ayudar en este sentido.

El ser humano pasa alrededor de la tercera parte de su vida dormido. Siempre que duerme está latente la oportunidad de soñar y acceder a una parte oculta y fecunda de su memoria. No aprovechar este tiempo o no internarse en una “base de datos” donde no sólo pueda que estén todas las vidas sino justamente aquella información vital para la vida actual, sería un gran desperdicio.

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