Una gran manera de no errar en el camino es recordar cada minucioso detalle presente durante el trayecto. Si no encuentras tierra nueva, al menos podrás encontrar tu camino de regreso a casa. De ahí que una vez que aprendes a trazar tu camino nunca estarás perdido. Este precepto –que opera tanto en el mundo físico como el vivencial– lo dominaron los navegantes polinesios cuando los únicos instrumentos que tenían a la mano eran la memoria y la valentía.

Imagina por un momento que no tuvieras que depender del GPS o mapas impresos para dirigirte a algún lugar desconocido, a miles de kilómetros de tu casa. Que tu memoria, tus instintos y tu conocimiento de la atmósfera fueran suficientes. Este es el arte del sistema de orientación (wayfinding) polinesio.

Para navegar, los polinesios dependían enteramente de tres facultades: conocimiento de las estrellas, entendimiento del ambiente y, sobre todo, sus recuerdos. Aunque hay varías teorías de cómo los polinesios se expandieron entre las islas, hay evidencia lingüística, antropológica y genética para sostener que los primeros polinesios se originaron de marineros austronecios, que trazan sus orígenes prehistóricos (de 5000 a 3000 años atrás) hacía lo que hoy es Taiwán. De ahí se expandieron a todo el Triángulo polinesio, que incluye más de mil islas con tres puntos principales en Nueva Zelanda, Hawái y la Isla de Pascua.

Firmamento:

Los polinesios notaron que cada estrella y constelación aparecería predeciblemente en un punto del cielo y desaparecería del otro lado. Uno siempre podía contar con la Osa mayor levantándose en una cierta posición durante el verano en una cierta isla, y metiéndose del lado opuesto de esa posición. Al memorizar cientos de estrellas en su sistema de “casas” relativas al horizonte, los navegantes podían deducir cómo se verían esas constelaciones en su punto de origen usando eso como latitud referente cuando estaban en altamar.

Sin instrumentos, los polinesios podían usar métodos simples de calibración y usar sus manos, por ejemplo, para deducir qué tan lejos estaban las constelaciones y estrellas del horizonte. Al combinar esto con su impresionante enciclopedia mental podían ir de isla a isla sin perder su camino.

Clima:

Otro recurso asombroso era, por supuesto, la meteorología. La presencia de una isla muchas veces altera la dirección de una ola: los navegantes prestaban absoluta atención a la dirección del viento en contraste con la dirección de las corrientes marinas. Generalmente, el viento y la corriente van en la misma dirección a menos que una isla cercana afecte la corriente. El avistamiento de cosas particulares como madera o algunas aves usualmente significa que hay tierra cerca. Algunos navegantes incluso usaban el color de las nubes como indicador de que había tierra debajo (la tierra y las lagunas pueden reflejar hacia arriba un color sutilmente distinto al del mar abierto).

Memoria:

“Recuerda todo”: esa era la regla más importante de la navegación polinesia. Cada ajuste de curso, cada cambio en el viento, cada constelación. Entre la tripulación de sus barcos siempre había uno designado para eludir cualquier tipo de distracción (incluso el sueño) e interpretar y memorizar todas las condiciones externas. Para ellos no había mapas, plumas o papel para registrar la trayectoria del viaje. Cada imagen visual, entonces, ya fuera el color de una nube o la dirección de una subcorriente, estaba ligada a sensaciones musculares y térmicas de manera que no pudiera olvidarse. El cuerpo recuerda.

El Triangulo polinesio es una enseña a la más portentosa memoria humana. Es difícil creer que algo tan perfecto y ventajoso como la facultad de saber recordar haya sido olvidado. Es una paradoja del tiempo. De ahí que debemos revisar nuestro catálogo de ídolos navegantes (que hoy llevan nombres como Cristóbal Colón o Nelson) para abrirle espacio a los anónimos polinesios que, sin astrolabios o brújulas, trazaron el triángulo más vigoroso de todos: un triángulo casi equilátero dibujado enteramente por recuerdos, en la aparente uniformidad del Pacífico.

Una gran manera de no errar en el camino es recordar cada minucioso detalle presente durante el trayecto. Si no encuentras tierra nueva, al menos podrás encontrar tu camino de regreso a casa. De ahí que una vez que aprendes a trazar tu camino nunca estarás perdido. Este precepto –que opera tanto en el mundo físico como el vivencial– lo dominaron los navegantes polinesios cuando los únicos instrumentos que tenían a la mano eran la memoria y la valentía.

Imagina por un momento que no tuvieras que depender del GPS o mapas impresos para dirigirte a algún lugar desconocido, a miles de kilómetros de tu casa. Que tu memoria, tus instintos y tu conocimiento de la atmósfera fueran suficientes. Este es el arte del sistema de orientación (wayfinding) polinesio.

Para navegar, los polinesios dependían enteramente de tres facultades: conocimiento de las estrellas, entendimiento del ambiente y, sobre todo, sus recuerdos. Aunque hay varías teorías de cómo los polinesios se expandieron entre las islas, hay evidencia lingüística, antropológica y genética para sostener que los primeros polinesios se originaron de marineros austronecios, que trazan sus orígenes prehistóricos (de 5000 a 3000 años atrás) hacía lo que hoy es Taiwán. De ahí se expandieron a todo el Triángulo polinesio, que incluye más de mil islas con tres puntos principales en Nueva Zelanda, Hawái y la Isla de Pascua.

Firmamento:

Los polinesios notaron que cada estrella y constelación aparecería predeciblemente en un punto del cielo y desaparecería del otro lado. Uno siempre podía contar con la Osa mayor levantándose en una cierta posición durante el verano en una cierta isla, y metiéndose del lado opuesto de esa posición. Al memorizar cientos de estrellas en su sistema de “casas” relativas al horizonte, los navegantes podían deducir cómo se verían esas constelaciones en su punto de origen usando eso como latitud referente cuando estaban en altamar.

Sin instrumentos, los polinesios podían usar métodos simples de calibración y usar sus manos, por ejemplo, para deducir qué tan lejos estaban las constelaciones y estrellas del horizonte. Al combinar esto con su impresionante enciclopedia mental podían ir de isla a isla sin perder su camino.

Clima:

Otro recurso asombroso era, por supuesto, la meteorología. La presencia de una isla muchas veces altera la dirección de una ola: los navegantes prestaban absoluta atención a la dirección del viento en contraste con la dirección de las corrientes marinas. Generalmente, el viento y la corriente van en la misma dirección a menos que una isla cercana afecte la corriente. El avistamiento de cosas particulares como madera o algunas aves usualmente significa que hay tierra cerca. Algunos navegantes incluso usaban el color de las nubes como indicador de que había tierra debajo (la tierra y las lagunas pueden reflejar hacia arriba un color sutilmente distinto al del mar abierto).

Memoria:

“Recuerda todo”: esa era la regla más importante de la navegación polinesia. Cada ajuste de curso, cada cambio en el viento, cada constelación. Entre la tripulación de sus barcos siempre había uno designado para eludir cualquier tipo de distracción (incluso el sueño) e interpretar y memorizar todas las condiciones externas. Para ellos no había mapas, plumas o papel para registrar la trayectoria del viaje. Cada imagen visual, entonces, ya fuera el color de una nube o la dirección de una subcorriente, estaba ligada a sensaciones musculares y térmicas de manera que no pudiera olvidarse. El cuerpo recuerda.

El Triangulo polinesio es una enseña a la más portentosa memoria humana. Es difícil creer que algo tan perfecto y ventajoso como la facultad de saber recordar haya sido olvidado. Es una paradoja del tiempo. De ahí que debemos revisar nuestro catálogo de ídolos navegantes (que hoy llevan nombres como Cristóbal Colón o Nelson) para abrirle espacio a los anónimos polinesios que, sin astrolabios o brújulas, trazaron el triángulo más vigoroso de todos: un triángulo casi equilátero dibujado enteramente por recuerdos, en la aparente uniformidad del Pacífico.

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