Como todos los años, este verano turbas de gente se trasladarán a alguna playa en alguna de las costas del planeta. Los más afortunados no tendrán que ir muy lejos, mientras otros, menos beneficiados por el clima y las distancias, viajarán lo que sea necesario para respirar el intoxicante aire de la frontera entre dos mundos. Y es que el mar es el eterno extrañado.

Pero no siempre fue así. Hasta el siglo XVIII, la playa provocaba miedo y ansiedad en la imaginación popular. Era lugar de naufragios, desastres naturales, monstruos mitológicos y, desde luego, de muy reales piratas y bandidos. No por nada el tercer círculo del infierno de Dante está delineado por arena y Robinson Crusoe, al quedar varado en una playa, fue en su momento uno de los personajes más desdichados de la literatura. La playa como la concebimos hoy, como el paisaje perfecto de la tranquilidad y el ocio, nació precisamente cuando el “bienestar” y la salud adquirieron protagonismo entre la élite europea.

El “descubrimiento” de la playa tiene mucho qué ver con el inminente recordatorio de que la naturaleza es un espacio vital para el ser humano, y ello desde luego ocurrió en la era industrial. En el siglo XIX, las élites europeas comenzaron a necesitar el aire fresco y la brisa porque estaban muriendo en tropeles por la tuberculosis. Especialmente en Inglaterra, casa de la revolución Industrial, los intelectuales y aristócratas (quienes paradójicamente se enfermaban mucho más que los trabajadores) comenzaron a preocuparse por su salud y su higiene. Así surgió la noción del “mar restaurador”.

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El primer resort de playa nació en la costa este de Inglaterra, en un minúsculo pueblo de Scarborough, cerca de York. Otras comunidades costeras le siguieron, acumulando una clientela enorme de personas enfermas que buscaban tratamiento para un sinnúmero de afecciones: melancolía, lepra, gota, impotencia, tuberculosis, etc. Pero fueron los poetas y pintores románticos quienes dotaron a la playa de símbolos y trascendencia.

Algunos poetas como Percy Bysshe Shelley (“Julian and Maddalo”) y Matthew Arnold (“Dover Beach”) ayudaron a transformar el paisaje marino de peligroso y terrorífico a sublime. El fulgor intempestivo de los puñados de fósforo, la mansa espuma, las caminatas y el rumor repetitivo de las olas, cuya repetición es consuelo, adquirieron valor ontológico. Pintores como J. M. W. Turner y David Friedrich también hicieron lo suyo para que las vistas desde la costa, expresivamente intensas, fueran cotizadas por las mentes más sensibles.

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Así, el irresistible despertar de un deseo colectivo por la playa tuvo lugar. Se convirtió en un sitio de “escape” de las ciudades y su ebullición. Incluso la palabra “vacación”, que solía describir una ausencia involuntaria del trabajo, cambió de significado. Para mejor o peor, el fenómeno de la vacación en la playa se expandió a todo el mundo y se popularizó como un “no-lugar” en el cual el vacío histórico, geográfico y social es prístino y delicioso. La playa como una tabula rasa, como una abstracción en la que la mente se recrea a golpe de olas y todos juegan a existir por el mero hecho de hacerlo se potencializó en el siglo XX; y anhelarla es parte de la imaginación colectiva.

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Como todos los años, este verano turbas de gente se trasladarán a alguna playa en alguna de las costas del planeta. Los más afortunados no tendrán que ir muy lejos, mientras otros, menos beneficiados por el clima y las distancias, viajarán lo que sea necesario para respirar el intoxicante aire de la frontera entre dos mundos. Y es que el mar es el eterno extrañado.

Pero no siempre fue así. Hasta el siglo XVIII, la playa provocaba miedo y ansiedad en la imaginación popular. Era lugar de naufragios, desastres naturales, monstruos mitológicos y, desde luego, de muy reales piratas y bandidos. No por nada el tercer círculo del infierno de Dante está delineado por arena y Robinson Crusoe, al quedar varado en una playa, fue en su momento uno de los personajes más desdichados de la literatura. La playa como la concebimos hoy, como el paisaje perfecto de la tranquilidad y el ocio, nació precisamente cuando el “bienestar” y la salud adquirieron protagonismo entre la élite europea.

El “descubrimiento” de la playa tiene mucho qué ver con el inminente recordatorio de que la naturaleza es un espacio vital para el ser humano, y ello desde luego ocurrió en la era industrial. En el siglo XIX, las élites europeas comenzaron a necesitar el aire fresco y la brisa porque estaban muriendo en tropeles por la tuberculosis. Especialmente en Inglaterra, casa de la revolución Industrial, los intelectuales y aristócratas (quienes paradójicamente se enfermaban mucho más que los trabajadores) comenzaron a preocuparse por su salud y su higiene. Así surgió la noción del “mar restaurador”.

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El primer resort de playa nació en la costa este de Inglaterra, en un minúsculo pueblo de Scarborough, cerca de York. Otras comunidades costeras le siguieron, acumulando una clientela enorme de personas enfermas que buscaban tratamiento para un sinnúmero de afecciones: melancolía, lepra, gota, impotencia, tuberculosis, etc. Pero fueron los poetas y pintores románticos quienes dotaron a la playa de símbolos y trascendencia.

Algunos poetas como Percy Bysshe Shelley (“Julian and Maddalo”) y Matthew Arnold (“Dover Beach”) ayudaron a transformar el paisaje marino de peligroso y terrorífico a sublime. El fulgor intempestivo de los puñados de fósforo, la mansa espuma, las caminatas y el rumor repetitivo de las olas, cuya repetición es consuelo, adquirieron valor ontológico. Pintores como J. M. W. Turner y David Friedrich también hicieron lo suyo para que las vistas desde la costa, expresivamente intensas, fueran cotizadas por las mentes más sensibles.

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Así, el irresistible despertar de un deseo colectivo por la playa tuvo lugar. Se convirtió en un sitio de “escape” de las ciudades y su ebullición. Incluso la palabra “vacación”, que solía describir una ausencia involuntaria del trabajo, cambió de significado. Para mejor o peor, el fenómeno de la vacación en la playa se expandió a todo el mundo y se popularizó como un “no-lugar” en el cual el vacío histórico, geográfico y social es prístino y delicioso. La playa como una tabula rasa, como una abstracción en la que la mente se recrea a golpe de olas y todos juegan a existir por el mero hecho de hacerlo se potencializó en el siglo XX; y anhelarla es parte de la imaginación colectiva.

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