¿La religión o el pensamiento metafísico están apartados de la economía? En condiciones normales, de sentido común, podríamos pensar que sí, que el dominio de cada uno concierne solo a sus asuntos, que rezar o meditar son acciones muy distintas a comprar una mercancía o pagar por un servicio.

Sin embargo, todo es parte de la vida. Hay un punto de conexión entre los hechos del mundo y las acciones del individuo, y aunque suene poco inteligente, ese punto es el individuo mismo. La economía no es un territorio aislado, impenetrable, sino justo lo contrario, uno que existe en parte por nuestras decisiones cotidianas.

Con esta premisa en mente podemos comenzar a pensar en una perspectiva budista de la economía. Como sabemos, el budismo se caracteriza por predicar la renuncia al mundo y sus demandas, la disolución de los deseos del individuo en el bienestar colectivo, el respeto a todos los seres vivientes y algunos otros preceptos que solo de mencionarlos revelan ya su contradicción franca con el sistema de producción en el que vive casi toda la población desde hace más de 5 siglos. El capitalismo fomenta la división, el individualismo, la competencia, la acumulación, la destrucción, la satisfacción inmediata y otras conductas y prácticas que distan mucho de favorecer nuestra espiritualidad. ¿Entonces? ¿Cómo es la economía budista?

Una de las primeras personas en hablar sobre este asunto y conceptualizarlo fue Ernst Friedrich Schumacher en 1955, luego de la temporada que pasó en Birmania (hoy Myanmar) como consejero económico de U Nu, entonces primer ministro del país. Por su experiencia Schumacher escribió un ensayo que, polémico en su tiempo, con el paso de los años se volvió influyente, en buena medida porque buscaba la síntesis entre los fundamentos del budismo y las exigencias materiales de la vida. Para darnos cuenta del riesgo asumido por el economista, veamos sus consideraciones a propósito del trabajo:

Existe un acuerdo universal por el cual se acepta que el trabajo humano es una fuente fundamental de riqueza. Ahora bien, el economista moderno ha crecido en la enseñanza de que el trabajo ha de considerarse poco menos que un mal necesario. Desde el punto de vista del empleador es simplemente un elemento de coste que ha de ser reducido a un mínimo, si no eliminado totalmente y reemplazado por la automatización. Desde el punto de vista del trabajador, es una «des-utilidad». Trabajar es sacrificar el tiempo libre y el confort y el salario viene a ser una suerte de compensación por el sacrificio. De aquí que el ideal, desde el punto de vista del empleador, es tener una producción sin empleados mientras que, para el trabajador, el ideal es obtener un ingreso sin tener un empleo.

[…]

El punto de vista budista considera la función del trabajo por lo menos en tres aspectos: dar al hombre una posibilidad de utilizar y desarrollar sus facultades; ayudarle a liberarse de su egocentrismo, uniéndolo a otras personas en una tarea común; y producir los bienes y servicios necesarios para la vida. Las consecuencias que se derivan de esta perspectiva son interminables. Sería poco menos que criminal organizar el trabajo de tal manera que llegue a ser algo sin sentido, aburrido, que idiotice y enerve al trabajador; eso indicaría una mayor preocupación por las mercancías que por la gente, una diabólica falta de compasión y un grado de inclinación hacia el lado más primitivo de la existencia que destruye el alma. Igualmente, esforzarse por el ocio como una alternativa al trabajo sería considerado como una total mal interpretación de una de las verdades básicas de la existencia humana, es decir, que el trabajo y el ocio son partes complementarias de un mismo proceso vital y no pueden ser separadas sin destruir el gozo del trabajo y la felicidad del ocio.

El contraste es diametral. Mientras que en el capitalismo la consecuencia lógica del trabajo es la alienación, la disociación entre la persona y aquello en lo que emplea diariamente su tiempo y sus recursos, Schumacher apela a una idea del trabajo en donde este tenga significado existencial para quien lo realiza, una labor trascendente para su vida.

¿Pero qué decir de las mercancías y el culto que se les ofrece en el capitalismo, al grado de la fetichización, según el término de Marx? ¿Qué decir de la ambición egoísta con que se maneja la economía, en casi cualquier nivel, que hace que la ganancia sea el único parámetro que dicta el éxito o el fracaso de un negocio, sin importar las vidas que cueste o los recursos naturales que se destruyan en el camino? ¿Qué decir de las necesidades creadas y los deseos falsos que ya creemos nuestros, auténticos, y cuya puesta en práctica mantiene aceitada la maquinaria de la producción y el consumo?

Para cada una de esas situaciones, la economía budista ofrece una alternativa:

a) Al individualismo opone el “anātman”, la creencia en el no-yo que en este caso lleva a privilegiar la generosidad y el esfuerzo colectivo.

b) Frente a la maximización de ganancias, la economía budista opta por la disminución del sufrimiento, en seres vivos y no vivos.

c) El deseo y la acumulación, el budismo los combate con la simplificación. Cuando nuestros deseos son elementales, su satisfacción es sencilla.

d) Para la saturación del mercado, la economía budista propone la disminución de la violencia. Si la economía se rigiera por la “ahiṃsā”, no se pondría en práctica ningún procedimiento que implicara violentar a otros.

e) Para el pragmatismo y la instrumentalización de todas las relaciones, incluso las humanas, la economía budista prefiere la consideración humana de cada uno de los elementos implicados en un proceso.

f) Al “más es mejor” del capitalismo, el budismo opone el “menos es más”, y más bello si es pequeño.

g) Finalmente, frente la persecución del Producto Interno Bruto, el budismo prefiere trabajar por la mejora en los índices de felicidad.

Este breve sumario parece dar la impresión de que la economía budista es posible solo en oposición al capitalismo o a otros modelos económicos. Sin embargo, a este respecto cabe citar la locución latina y decir que ex nihilo nihil fit, “nada surge de la nada”. Si algún día se transforma el sistema económico en que vivimos por uno más compasivo, más humano, no será por casualidad, sino por las decisiones que tomemos cotidianamente y eso también lo enseña el budismo.

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¿La religión o el pensamiento metafísico están apartados de la economía? En condiciones normales, de sentido común, podríamos pensar que sí, que el dominio de cada uno concierne solo a sus asuntos, que rezar o meditar son acciones muy distintas a comprar una mercancía o pagar por un servicio.

Sin embargo, todo es parte de la vida. Hay un punto de conexión entre los hechos del mundo y las acciones del individuo, y aunque suene poco inteligente, ese punto es el individuo mismo. La economía no es un territorio aislado, impenetrable, sino justo lo contrario, uno que existe en parte por nuestras decisiones cotidianas.

Con esta premisa en mente podemos comenzar a pensar en una perspectiva budista de la economía. Como sabemos, el budismo se caracteriza por predicar la renuncia al mundo y sus demandas, la disolución de los deseos del individuo en el bienestar colectivo, el respeto a todos los seres vivientes y algunos otros preceptos que solo de mencionarlos revelan ya su contradicción franca con el sistema de producción en el que vive casi toda la población desde hace más de 5 siglos. El capitalismo fomenta la división, el individualismo, la competencia, la acumulación, la destrucción, la satisfacción inmediata y otras conductas y prácticas que distan mucho de favorecer nuestra espiritualidad. ¿Entonces? ¿Cómo es la economía budista?

Una de las primeras personas en hablar sobre este asunto y conceptualizarlo fue Ernst Friedrich Schumacher en 1955, luego de la temporada que pasó en Birmania (hoy Myanmar) como consejero económico de U Nu, entonces primer ministro del país. Por su experiencia Schumacher escribió un ensayo que, polémico en su tiempo, con el paso de los años se volvió influyente, en buena medida porque buscaba la síntesis entre los fundamentos del budismo y las exigencias materiales de la vida. Para darnos cuenta del riesgo asumido por el economista, veamos sus consideraciones a propósito del trabajo:

Existe un acuerdo universal por el cual se acepta que el trabajo humano es una fuente fundamental de riqueza. Ahora bien, el economista moderno ha crecido en la enseñanza de que el trabajo ha de considerarse poco menos que un mal necesario. Desde el punto de vista del empleador es simplemente un elemento de coste que ha de ser reducido a un mínimo, si no eliminado totalmente y reemplazado por la automatización. Desde el punto de vista del trabajador, es una «des-utilidad». Trabajar es sacrificar el tiempo libre y el confort y el salario viene a ser una suerte de compensación por el sacrificio. De aquí que el ideal, desde el punto de vista del empleador, es tener una producción sin empleados mientras que, para el trabajador, el ideal es obtener un ingreso sin tener un empleo.

[…]

El punto de vista budista considera la función del trabajo por lo menos en tres aspectos: dar al hombre una posibilidad de utilizar y desarrollar sus facultades; ayudarle a liberarse de su egocentrismo, uniéndolo a otras personas en una tarea común; y producir los bienes y servicios necesarios para la vida. Las consecuencias que se derivan de esta perspectiva son interminables. Sería poco menos que criminal organizar el trabajo de tal manera que llegue a ser algo sin sentido, aburrido, que idiotice y enerve al trabajador; eso indicaría una mayor preocupación por las mercancías que por la gente, una diabólica falta de compasión y un grado de inclinación hacia el lado más primitivo de la existencia que destruye el alma. Igualmente, esforzarse por el ocio como una alternativa al trabajo sería considerado como una total mal interpretación de una de las verdades básicas de la existencia humana, es decir, que el trabajo y el ocio son partes complementarias de un mismo proceso vital y no pueden ser separadas sin destruir el gozo del trabajo y la felicidad del ocio.

El contraste es diametral. Mientras que en el capitalismo la consecuencia lógica del trabajo es la alienación, la disociación entre la persona y aquello en lo que emplea diariamente su tiempo y sus recursos, Schumacher apela a una idea del trabajo en donde este tenga significado existencial para quien lo realiza, una labor trascendente para su vida.

¿Pero qué decir de las mercancías y el culto que se les ofrece en el capitalismo, al grado de la fetichización, según el término de Marx? ¿Qué decir de la ambición egoísta con que se maneja la economía, en casi cualquier nivel, que hace que la ganancia sea el único parámetro que dicta el éxito o el fracaso de un negocio, sin importar las vidas que cueste o los recursos naturales que se destruyan en el camino? ¿Qué decir de las necesidades creadas y los deseos falsos que ya creemos nuestros, auténticos, y cuya puesta en práctica mantiene aceitada la maquinaria de la producción y el consumo?

Para cada una de esas situaciones, la economía budista ofrece una alternativa:

a) Al individualismo opone el “anātman”, la creencia en el no-yo que en este caso lleva a privilegiar la generosidad y el esfuerzo colectivo.

b) Frente a la maximización de ganancias, la economía budista opta por la disminución del sufrimiento, en seres vivos y no vivos.

c) El deseo y la acumulación, el budismo los combate con la simplificación. Cuando nuestros deseos son elementales, su satisfacción es sencilla.

d) Para la saturación del mercado, la economía budista propone la disminución de la violencia. Si la economía se rigiera por la “ahiṃsā”, no se pondría en práctica ningún procedimiento que implicara violentar a otros.

e) Para el pragmatismo y la instrumentalización de todas las relaciones, incluso las humanas, la economía budista prefiere la consideración humana de cada uno de los elementos implicados en un proceso.

f) Al “más es mejor” del capitalismo, el budismo opone el “menos es más”, y más bello si es pequeño.

g) Finalmente, frente la persecución del Producto Interno Bruto, el budismo prefiere trabajar por la mejora en los índices de felicidad.

Este breve sumario parece dar la impresión de que la economía budista es posible solo en oposición al capitalismo o a otros modelos económicos. Sin embargo, a este respecto cabe citar la locución latina y decir que ex nihilo nihil fit, “nada surge de la nada”. Si algún día se transforma el sistema económico en que vivimos por uno más compasivo, más humano, no será por casualidad, sino por las decisiones que tomemos cotidianamente y eso también lo enseña el budismo.

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