Tradicionalmente, la creatividad ha estado asociada a la inspiración, la cual es un estímulo que comúnmente incentiva el crear algo. ¿Será entonces un inherente estado a la creatividad? Si la respuesta fuese positiva, cualquier interesado en practicarla, privilegiaría una exhaustiva persecución de inspiración. Sin embargo, el estado inspirador, más que encontrase, tal vez podría desarrollarse a partir de algo más práctico y sencillo: una actitud de apertura cognitiva.

Si la creación proviene de estimulantes ideas o sentimientos, entonces el mundo se desdobla en infinitas posibilidades, las cuales mediante una mente abierta, podrían convertirse en inspiración. El cliché creativo, acompañado generalmente de “prácticas” que no necesariamente inspirarán tu mente, como el hecho de vivir en un lugar hermoso, cargar siempre con una libreta, o dejar de lado las noticias negativas del mundo, habrá de descartarse.

Posiblemente la clave para desarrollar la creatividad sería encontrar su cualidad auténtica, aquella que habita en casi cualquier experiencia, persona o paisaje. El ejercicio se trataría entonces de mantener una actitud curiosa, permeada de un sentido de admiración continuo, ante todo lo que nos ocurre.

Aquí algunos prácticos ejemplos:

La actitud negativa del empledo de un súpermercado podría inspirarte para desarrollar una novela acerca de su posible historia de vida.

Una “mala” noticia, como la caída de la bolsa de valores de tu país, podría invitarte a imaginar alternativas económicas posibles para tu comunidad o familia.

El mal olor de los pies de tu bebé quizá pueda terminar inspirando una memorable melodía.

Sales de tu casa y está nublado, pero el azul profundo de la escena te genera unas incontenibles ganas de pintar una hoja de papel enteramente de azul.

Carecemos de fórmulas para desarrollar una mente creativa, pero tal vez la inspiración requiere únicamente de comprender la sencillez de este estado. A fin de cuentas las ideas más estimulantes podrían provenir de las experiencias más cotidianas y aparentemente insignificantes. La magia de lo micro.

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Tradicionalmente, la creatividad ha estado asociada a la inspiración, la cual es un estímulo que comúnmente incentiva el crear algo. ¿Será entonces un inherente estado a la creatividad? Si la respuesta fuese positiva, cualquier interesado en practicarla, privilegiaría una exhaustiva persecución de inspiración. Sin embargo, el estado inspirador, más que encontrase, tal vez podría desarrollarse a partir de algo más práctico y sencillo: una actitud de apertura cognitiva.

Si la creación proviene de estimulantes ideas o sentimientos, entonces el mundo se desdobla en infinitas posibilidades, las cuales mediante una mente abierta, podrían convertirse en inspiración. El cliché creativo, acompañado generalmente de “prácticas” que no necesariamente inspirarán tu mente, como el hecho de vivir en un lugar hermoso, cargar siempre con una libreta, o dejar de lado las noticias negativas del mundo, habrá de descartarse.

Posiblemente la clave para desarrollar la creatividad sería encontrar su cualidad auténtica, aquella que habita en casi cualquier experiencia, persona o paisaje. El ejercicio se trataría entonces de mantener una actitud curiosa, permeada de un sentido de admiración continuo, ante todo lo que nos ocurre.

Aquí algunos prácticos ejemplos:

La actitud negativa del empledo de un súpermercado podría inspirarte para desarrollar una novela acerca de su posible historia de vida.

Una “mala” noticia, como la caída de la bolsa de valores de tu país, podría invitarte a imaginar alternativas económicas posibles para tu comunidad o familia.

El mal olor de los pies de tu bebé quizá pueda terminar inspirando una memorable melodía.

Sales de tu casa y está nublado, pero el azul profundo de la escena te genera unas incontenibles ganas de pintar una hoja de papel enteramente de azul.

Carecemos de fórmulas para desarrollar una mente creativa, pero tal vez la inspiración requiere únicamente de comprender la sencillez de este estado. A fin de cuentas las ideas más estimulantes podrían provenir de las experiencias más cotidianas y aparentemente insignificantes. La magia de lo micro.

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