La palabra rusa ostranénie (остранение) es un sustantivo que quiere decir “alentar a personas a ver objetos comunes como extraños, salvajes o no familiares; desfamiliarizar lo que es conocido para conocer algo de manera diferente o más profunda”. Esta palabra contiene lo que Erik Davis, escritor e historiador norteamericano, desarrolló en una conferencia sobre sueños y chamanismo, dictada en la Ciudad de México.

Davis aborda el tema de las experiencias visionarias —incluidas la meditación, los sueños y los trances— de una manera dignificada, distinta a la habitual. “Mucha de la atracción hacia la experiencia visionaria se debe a que fuimos educados en un mundo extremadamente desencantado”. De acuerdo con el autor de Techgnosis, para que pueda funcionar la máquina del Occidente moderno tuvimos que retirar, tristemente, a los espíritus de la Tierra.

Las cosas necesitan estar desencantadas para que esta maquinaria de desarrollo de modernidad, que es cancerígena, maravillosa, brillante y terrorífica, pueda operar. Una de las razones por las que la gente está tan atraída a las experiencias visionarias es porque es una manera de re-encantar el mundo.

Como la palabra rusa, Davis sugiere que desfamiliarizar lo conocido (mirarlo desde otro lugar), nos ayuda a conocer algo de manera distinta; en este caso, de manera “encantada”. Su análisis alude a algo importante en el tema de la búsqueda espiritual de la modernidad en Occidente. Propone la idea –quizá sabida por muchos pero pocas veces elucidada–, que las personas buscan experiencias visionarias no en un afán de iluminarse necesariamente (como muchos teóricos plantean), sino en un afán de salirse de un mundo de objetos muertos y en cambio abrir un mundo distinto, en el cual “algo como espíritus, algo como energía, algo como poder” parece existir en él. Davis habla de esta búsqueda como una “re-animación” en el sentido de infundir narrativa, movimiento, a un mundo que fue esterilizado por necesidades prácticas.

De acuerdo con él, a partir de las experiencias visionarias, las pequeñas simplicidades que suceden día a día sugieren que hay una historia más profunda en la superficie mundana de la vida moderna y ordinaria. Sin embargo, y esto es de destacar, Davis también subraya la importancia de, una vez encantado el mundo, desencantarlo de nuevo. O al menos hasta cierto punto. “En el proceso de encantamiento” dice, “también podemos perder nuestro camino”.

Para mí, la experiencia visionaria se trata tanto de encantar como de desencantar. Y no me refiero al desencanto de una manera nihilista: “es sólo mi cerebro” o “es sólo la sustancia”. Me refiero a que parte de lo que estamos llamados a hacer si nos sentimos atraídos a la experiencia visionaria en este momento de la historia, es a simultáneamente abrir el misterio: permitir que los encuentros que tenemos nos cambien, arriesgar una transformación, pero hacerlo sólo mientras también estemos trayendo una perspectiva escéptica a estas cosas. Y cuando digo escepticismo, debo insistir, no me refiero a un acercamiento trivial o nihilista, sino a un entendimiento de cómo estas cosas pueden ser producidas; cómo estas visiones pueden llegar a nosotros y no ser realmente lo que parecen. Algunas cosas deben ser atribuidas a la brillantez de la mente; una mente que no es sólo una máquina hecha de carne sino que es extraordinariamente poderosa en sí misma.

El historiador ejemplifica esto último con los sueños y en cómo, en ese mundo, nuestros miedos y deseos pueden estar co-creando las experiencias visionarias de una realidad por lo demás intensa. Es por ello que, ante todo, la duda es imprescindible.

Pero después de la duda, después de que nos hemos permitido evaluar la experiencia y desencantar lo encantado, queda algo. “La historia no termina ahí”, añade Erik. “Siempre quedan remanentes. Y esas sobras son algo que no puedo más que acoger. No puedo más que defenderlas. No puedo más que decirle a la ciencia: ‘No, esa explicación no es suficiente’”. Este surplus, o excedente, del que habla Davis, es lo que verdaderamente encanta al mundo. Es la verdadera Anima mundi. 

La palabra rusa ostranénie (остранение) es un sustantivo que quiere decir “alentar a personas a ver objetos comunes como extraños, salvajes o no familiares; desfamiliarizar lo que es conocido para conocer algo de manera diferente o más profunda”. Esta palabra contiene lo que Erik Davis, escritor e historiador norteamericano, desarrolló en una conferencia sobre sueños y chamanismo, dictada en la Ciudad de México.

Davis aborda el tema de las experiencias visionarias —incluidas la meditación, los sueños y los trances— de una manera dignificada, distinta a la habitual. “Mucha de la atracción hacia la experiencia visionaria se debe a que fuimos educados en un mundo extremadamente desencantado”. De acuerdo con el autor de Techgnosis, para que pueda funcionar la máquina del Occidente moderno tuvimos que retirar, tristemente, a los espíritus de la Tierra.

Las cosas necesitan estar desencantadas para que esta maquinaria de desarrollo de modernidad, que es cancerígena, maravillosa, brillante y terrorífica, pueda operar. Una de las razones por las que la gente está tan atraída a las experiencias visionarias es porque es una manera de re-encantar el mundo.

Como la palabra rusa, Davis sugiere que desfamiliarizar lo conocido (mirarlo desde otro lugar), nos ayuda a conocer algo de manera distinta; en este caso, de manera “encantada”. Su análisis alude a algo importante en el tema de la búsqueda espiritual de la modernidad en Occidente. Propone la idea –quizá sabida por muchos pero pocas veces elucidada–, que las personas buscan experiencias visionarias no en un afán de iluminarse necesariamente (como muchos teóricos plantean), sino en un afán de salirse de un mundo de objetos muertos y en cambio abrir un mundo distinto, en el cual “algo como espíritus, algo como energía, algo como poder” parece existir en él. Davis habla de esta búsqueda como una “re-animación” en el sentido de infundir narrativa, movimiento, a un mundo que fue esterilizado por necesidades prácticas.

De acuerdo con él, a partir de las experiencias visionarias, las pequeñas simplicidades que suceden día a día sugieren que hay una historia más profunda en la superficie mundana de la vida moderna y ordinaria. Sin embargo, y esto es de destacar, Davis también subraya la importancia de, una vez encantado el mundo, desencantarlo de nuevo. O al menos hasta cierto punto. “En el proceso de encantamiento” dice, “también podemos perder nuestro camino”.

Para mí, la experiencia visionaria se trata tanto de encantar como de desencantar. Y no me refiero al desencanto de una manera nihilista: “es sólo mi cerebro” o “es sólo la sustancia”. Me refiero a que parte de lo que estamos llamados a hacer si nos sentimos atraídos a la experiencia visionaria en este momento de la historia, es a simultáneamente abrir el misterio: permitir que los encuentros que tenemos nos cambien, arriesgar una transformación, pero hacerlo sólo mientras también estemos trayendo una perspectiva escéptica a estas cosas. Y cuando digo escepticismo, debo insistir, no me refiero a un acercamiento trivial o nihilista, sino a un entendimiento de cómo estas cosas pueden ser producidas; cómo estas visiones pueden llegar a nosotros y no ser realmente lo que parecen. Algunas cosas deben ser atribuidas a la brillantez de la mente; una mente que no es sólo una máquina hecha de carne sino que es extraordinariamente poderosa en sí misma.

El historiador ejemplifica esto último con los sueños y en cómo, en ese mundo, nuestros miedos y deseos pueden estar co-creando las experiencias visionarias de una realidad por lo demás intensa. Es por ello que, ante todo, la duda es imprescindible.

Pero después de la duda, después de que nos hemos permitido evaluar la experiencia y desencantar lo encantado, queda algo. “La historia no termina ahí”, añade Erik. “Siempre quedan remanentes. Y esas sobras son algo que no puedo más que acoger. No puedo más que defenderlas. No puedo más que decirle a la ciencia: ‘No, esa explicación no es suficiente’”. Este surplus, o excedente, del que habla Davis, es lo que verdaderamente encanta al mundo. Es la verdadera Anima mundi. 

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