Si leemos sus cuentos, sus novelas de ciencia ficción, sus afectuosos artículos, o inclusive si lo vemos en alguna entrevista en video, Ray Bradbury es pura generosidad. Parte de su encanto fue haber dedicado su oficio a tratar de mejorar la vida de sus coterráneos, pero sobre todo de sus compatriotas. Ray logró recabar millones de lectores primerizos, y usó su imaginación no sólo para concebir los futuros de todas sus historias, también para concebir el futuro de su ciudad adoptiva: Los Ángeles.

En su poco conocido artículo titulado “The Small Town Plaza: What Life Is All About”, publicado en 1970, Bradbury lo dice simple:

 Reunirse y mirar es uno de los grandes pasatiempos en las ciudades del mundo. Pero no en Los Ángeles. Hemos olvidado cómo reunirnos. Hemos olvidado cómo mirar. Y lo olvidamos no porque quisimos, sino porque, por casualidad o plan, fuimos arrojados fuera de las aceras familiares o expulsados de los viejos lugares. El cambio trepó en nosotros mientras dormíamos. Somos roedores en cámara lenta ahora. No hay a dónde ir.

El escritor vivió en Los Ángeles desde que era adolescente, y en su texto lamenta el hecho de que la ciudad haya sacrificado sus lugares de reunión (sus plazas, tiendas de dulces, fuentes de sodas, librerías…) en aras de un culto al automóvil. Nos subimos en nuestros autos. Conducimos… y conducimos… y conducimos… y llegamos a casa ciegos de cansancio. No hemos visto nada, ni nos han visto. ¿Cómo lo perdimos todo?, pregunta. ¿Cómo podemos recobrarlo?

A continuación describe paso por paso lo que él haría para regresarle la vida a esa ciudad californiana que se ha extraviado en sus carreteras. Su modelo se basa en una gran cuadra urbana, a manera de plaza, que ofrece un lugar de reunión para cada núcleo de la población, donde la gente pueda merodear, vaguear, permanecer, o simplemente sentarse y mirar. Una plaza para cada uno de los 80 o 90 pueblos que conforman la ciudad de Los Ángeles.

Exactamente en el centro: un escenario o quiosco.

Alrededor de esto, un enorme espacio de conversación. Mesas suficientes y sillas para que cuatrocientas personas puedan sentarse bajo las estrellas a tomar café o Coca-Colas.

En las cuatro esquinas de la cuadra, cuatro teatros. Uno para nuevas películas. Un segundo para películas clásicas. Un tercero para albergar teatro en vivo o, en ocasiones, conferencias. El cuarto teatro sería una cafetería para grupos de rock-folk. Cada teatro hospedaría alrededor de trescientas a quinientas personas.

Las tiendas de la plaza, de acuerdo a él, serían:

Lugar de pizzas. Tienda de maltas. Delicatesen. Hamburguesas. Tienda de dulces. Cafetería y espagueti…

Bradbury también propone una gran papelería, una ferretería, una tienda de material de arte, una galería, una tienda de discos, una tabaquería y tres librerías.

Una para libros de pasta dura, una para libros de pasta blanda y una tercera que fuera una cripta vieja y rara de bibliotecario, apropiadamente embalada en polvo y media luz. Esta última debería tener un a chimenea real en su centro, donde, en las noches frías, seis sillas cómodas pudieran ser arrimadas para estudiantes/lectores ociosos en comunicación con el fantasma de Byron, amurallados por miles de honorables tomos antiguos.

Así como siempre utilizó el futuro hipotético como su materia de genio, utilizó el pasado idílico, el pasado sencillo, para proyectar los valores que deben rescatarse antes de desaparecer en detrimento de todos nosotros. Uno donde simplemente ir a tomar un helado, o a sentarse en la banca a ver gente pasar, sea la mejor manera de convivir y de estar emocionalmente sanos. Su entusiasmo es tan gentil que lo hace ver todo tan sencillo, revela también la sencillez implícita en el amor por la vida, y que la creatividad solo requiere que hagamos listas.

Si leemos sus cuentos, sus novelas de ciencia ficción, sus afectuosos artículos, o inclusive si lo vemos en alguna entrevista en video, Ray Bradbury es pura generosidad. Parte de su encanto fue haber dedicado su oficio a tratar de mejorar la vida de sus coterráneos, pero sobre todo de sus compatriotas. Ray logró recabar millones de lectores primerizos, y usó su imaginación no sólo para concebir los futuros de todas sus historias, también para concebir el futuro de su ciudad adoptiva: Los Ángeles.

En su poco conocido artículo titulado “The Small Town Plaza: What Life Is All About”, publicado en 1970, Bradbury lo dice simple:

 Reunirse y mirar es uno de los grandes pasatiempos en las ciudades del mundo. Pero no en Los Ángeles. Hemos olvidado cómo reunirnos. Hemos olvidado cómo mirar. Y lo olvidamos no porque quisimos, sino porque, por casualidad o plan, fuimos arrojados fuera de las aceras familiares o expulsados de los viejos lugares. El cambio trepó en nosotros mientras dormíamos. Somos roedores en cámara lenta ahora. No hay a dónde ir.

El escritor vivió en Los Ángeles desde que era adolescente, y en su texto lamenta el hecho de que la ciudad haya sacrificado sus lugares de reunión (sus plazas, tiendas de dulces, fuentes de sodas, librerías…) en aras de un culto al automóvil. Nos subimos en nuestros autos. Conducimos… y conducimos… y conducimos… y llegamos a casa ciegos de cansancio. No hemos visto nada, ni nos han visto. ¿Cómo lo perdimos todo?, pregunta. ¿Cómo podemos recobrarlo?

A continuación describe paso por paso lo que él haría para regresarle la vida a esa ciudad californiana que se ha extraviado en sus carreteras. Su modelo se basa en una gran cuadra urbana, a manera de plaza, que ofrece un lugar de reunión para cada núcleo de la población, donde la gente pueda merodear, vaguear, permanecer, o simplemente sentarse y mirar. Una plaza para cada uno de los 80 o 90 pueblos que conforman la ciudad de Los Ángeles.

Exactamente en el centro: un escenario o quiosco.

Alrededor de esto, un enorme espacio de conversación. Mesas suficientes y sillas para que cuatrocientas personas puedan sentarse bajo las estrellas a tomar café o Coca-Colas.

En las cuatro esquinas de la cuadra, cuatro teatros. Uno para nuevas películas. Un segundo para películas clásicas. Un tercero para albergar teatro en vivo o, en ocasiones, conferencias. El cuarto teatro sería una cafetería para grupos de rock-folk. Cada teatro hospedaría alrededor de trescientas a quinientas personas.

Las tiendas de la plaza, de acuerdo a él, serían:

Lugar de pizzas. Tienda de maltas. Delicatesen. Hamburguesas. Tienda de dulces. Cafetería y espagueti…

Bradbury también propone una gran papelería, una ferretería, una tienda de material de arte, una galería, una tienda de discos, una tabaquería y tres librerías.

Una para libros de pasta dura, una para libros de pasta blanda y una tercera que fuera una cripta vieja y rara de bibliotecario, apropiadamente embalada en polvo y media luz. Esta última debería tener un a chimenea real en su centro, donde, en las noches frías, seis sillas cómodas pudieran ser arrimadas para estudiantes/lectores ociosos en comunicación con el fantasma de Byron, amurallados por miles de honorables tomos antiguos.

Así como siempre utilizó el futuro hipotético como su materia de genio, utilizó el pasado idílico, el pasado sencillo, para proyectar los valores que deben rescatarse antes de desaparecer en detrimento de todos nosotros. Uno donde simplemente ir a tomar un helado, o a sentarse en la banca a ver gente pasar, sea la mejor manera de convivir y de estar emocionalmente sanos. Su entusiasmo es tan gentil que lo hace ver todo tan sencillo, revela también la sencillez implícita en el amor por la vida, y que la creatividad solo requiere que hagamos listas.

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