Las ciudades son seres vivos y fascinantes que, además, están cada vez más poblados. Se sabe que durante el siglo pasado y lo que va del presente, los patrones migratorios en todo el mundo se dirigen a las ciudades al grado que, se calcula que para 2050, alrededor del 70% de la población mundial vivirá en zonas urbanas. Estas cifras nos invitan a pensar en opciones para hacer más equilibrados, funcionales y bellos esos espacios que compartimos tan de cerca. Existen numerosas propuestas para hacerlo (como por ejemplo la acupuntura urbana) y una de ellas, practicada hace siglos en China, es el feng shui, que puede ser aplicado tanto a un espacio en el que habitamos, como a una gran ciudad.

Las palabras chinas feng y shui significan, literalmente, “viento” y “agua” —una traducción más precisa sería “el camino del viento y el agua”. Estos dos elementos naturales, de acuerdo a la tradición taoísta, son imprescindibles para que la energía o Qi fluya, algo que promueve la ocupación consciente y armónica del espacio y el bienestar de aquellos que lo habitan. Esta antigua práctica actúa en dos planos: ken kai, el de la tierra (visible y físico) y yu kai, el del cielo (desconocido, invisible y con cualidades vibratorias). Así, el antiguo arte chino del feng shui consiste en el acomodo de construcciones y objetos en el espacio para fomentar la armonía, conservar la energía y el balance.

Algunos de los conceptos básicos para entender el feng shui y practicarlo son Qi (la energía como fuerza de vida), Geju (ubicación), Jushi (balance) y TianRenHeYi (la armonía entre el hombre y su entorno). A pesar de que en Occidente estamos más familiarizados con el uso del Geju en los espacios cerrados y en la decoración de interiores, las teorías y conceptos que se utilizan en el feng shui bien podrían ser llevados al urbanismo, el diseño de los espacios o la arquitectura del paisaje, y resultar en espacios públicos y urbanos mucho más armoniosos, cómodos y funcionales.

En la antigua China, se sabe, las ciudades eran planeadas siguiendo algunos principios que hoy identificamos con el feng shui desde hace al menos 4 mil años —enfocados, principalmente, en la configuración de patrones espaciales basados en la organización y disposición del agua y el viento, elementos que permiten el flujo de la energía que es capaz de afectar de manera positiva o negativa al espacio y los elementos dentro de él.

Otro elemento importante en el feng shui, fácilmente aplicado a la arquitectura, se basa en las direcciones cardinales que, por cierto, ostentan nombres hermosos: dragón azul (este), fénix rojo (sur), tigre blanco (oeste) y tortuga oscura (norte). De acuerdo a esta doctrina, el correcto posicionamiento de los elementos con respecto a estos puntos puede equilibrar la energía del espacio y por lo tanto, la cualidad del paisaje y los ecosistemas. Finalmente, los dos métodos principales del feng shui para restaurar un  paisaje son la adición y la supresión de elementos.

Estos preceptos aún influencian, de una u otra manera, la arquitectura contemporánea de muchos países del lejano Oriente, especialmente China, Japón y Corea, y una de sus principales implicaciones incluye una configuración de los espacios que implica, necesariamente, interacciones frecuentes entre las actividades humanas y su entorno físico —un ejemplo podrían ser los jardines interiores.

El feng shui nació del conocimiento empírico de los patrones de paisajes naturales, lo que lo dota de una sabiduría milenaria y, de alguna manera, inexplicable. Estrictamente hablando, esta práctica no es una teoría científica, sino más bien una colección de principios empíricos que integran creencias culturales, religiosas e idiosincrasias. Pero independientemente de que se trate de una práctica más relacionada con la magia y la espiritualidad, ésta funciona a partir de principios reales; es verdad que existen espacios que son más o menos adecuados para el hombre y su correcto funcionamiento: lugares en donde el aire corre, la luz ilumina, donde hay fuentes de agua o elementos naturales como plantas, y donde es posible crear lo que podríamos llamar “pequeños microclimas”, espacio que aplicados a una ciudad podrían tener resultados fascinantes.

 

 

Imagen: Creative Commons, por Dronepicr (editada por Faena Aleph).

Las ciudades son seres vivos y fascinantes que, además, están cada vez más poblados. Se sabe que durante el siglo pasado y lo que va del presente, los patrones migratorios en todo el mundo se dirigen a las ciudades al grado que, se calcula que para 2050, alrededor del 70% de la población mundial vivirá en zonas urbanas. Estas cifras nos invitan a pensar en opciones para hacer más equilibrados, funcionales y bellos esos espacios que compartimos tan de cerca. Existen numerosas propuestas para hacerlo (como por ejemplo la acupuntura urbana) y una de ellas, practicada hace siglos en China, es el feng shui, que puede ser aplicado tanto a un espacio en el que habitamos, como a una gran ciudad.

Las palabras chinas feng y shui significan, literalmente, “viento” y “agua” —una traducción más precisa sería “el camino del viento y el agua”. Estos dos elementos naturales, de acuerdo a la tradición taoísta, son imprescindibles para que la energía o Qi fluya, algo que promueve la ocupación consciente y armónica del espacio y el bienestar de aquellos que lo habitan. Esta antigua práctica actúa en dos planos: ken kai, el de la tierra (visible y físico) y yu kai, el del cielo (desconocido, invisible y con cualidades vibratorias). Así, el antiguo arte chino del feng shui consiste en el acomodo de construcciones y objetos en el espacio para fomentar la armonía, conservar la energía y el balance.

Algunos de los conceptos básicos para entender el feng shui y practicarlo son Qi (la energía como fuerza de vida), Geju (ubicación), Jushi (balance) y TianRenHeYi (la armonía entre el hombre y su entorno). A pesar de que en Occidente estamos más familiarizados con el uso del Geju en los espacios cerrados y en la decoración de interiores, las teorías y conceptos que se utilizan en el feng shui bien podrían ser llevados al urbanismo, el diseño de los espacios o la arquitectura del paisaje, y resultar en espacios públicos y urbanos mucho más armoniosos, cómodos y funcionales.

En la antigua China, se sabe, las ciudades eran planeadas siguiendo algunos principios que hoy identificamos con el feng shui desde hace al menos 4 mil años —enfocados, principalmente, en la configuración de patrones espaciales basados en la organización y disposición del agua y el viento, elementos que permiten el flujo de la energía que es capaz de afectar de manera positiva o negativa al espacio y los elementos dentro de él.

Otro elemento importante en el feng shui, fácilmente aplicado a la arquitectura, se basa en las direcciones cardinales que, por cierto, ostentan nombres hermosos: dragón azul (este), fénix rojo (sur), tigre blanco (oeste) y tortuga oscura (norte). De acuerdo a esta doctrina, el correcto posicionamiento de los elementos con respecto a estos puntos puede equilibrar la energía del espacio y por lo tanto, la cualidad del paisaje y los ecosistemas. Finalmente, los dos métodos principales del feng shui para restaurar un  paisaje son la adición y la supresión de elementos.

Estos preceptos aún influencian, de una u otra manera, la arquitectura contemporánea de muchos países del lejano Oriente, especialmente China, Japón y Corea, y una de sus principales implicaciones incluye una configuración de los espacios que implica, necesariamente, interacciones frecuentes entre las actividades humanas y su entorno físico —un ejemplo podrían ser los jardines interiores.

El feng shui nació del conocimiento empírico de los patrones de paisajes naturales, lo que lo dota de una sabiduría milenaria y, de alguna manera, inexplicable. Estrictamente hablando, esta práctica no es una teoría científica, sino más bien una colección de principios empíricos que integran creencias culturales, religiosas e idiosincrasias. Pero independientemente de que se trate de una práctica más relacionada con la magia y la espiritualidad, ésta funciona a partir de principios reales; es verdad que existen espacios que son más o menos adecuados para el hombre y su correcto funcionamiento: lugares en donde el aire corre, la luz ilumina, donde hay fuentes de agua o elementos naturales como plantas, y donde es posible crear lo que podríamos llamar “pequeños microclimas”, espacio que aplicados a una ciudad podrían tener resultados fascinantes.

 

 

Imagen: Creative Commons, por Dronepicr (editada por Faena Aleph).