La conversación tiene fama de ser una de las actividades civilizatorias por excelencia. Saber conversar es, de algún modo, saber compartir, saber escuchar al otro, pero también saber defender las convicciones propias y desde allí establecer un diálogo. La conversación exige respeto y reconocimiento, cultura general y desde luego, ingenio (ese Witz tan significativo para Freud y Lacan). Como una forma de la seducción, la conversación también puede considerarse una mezcla de espontaneidad con voluntad de descubrimiento.

De ahí que desde tiempos remotos la conversación se ha considerado un arte, una disciplina que es posible perfeccionar a través de los consejos y la práctica constante. En la década de los 70 el poeta Joseph Brodsky, Premio Nobel de Literatura en 1987, arribó a Estados Unidos a causa de la difícil situación que vivía en su natal Rusia, donde desde los 24 años había enfrentado el conflicto entre su propia vocación como escritor y las exigencias del régimen totalitario de la entonces URSS. Gracias a la ayuda de W. H. Auden y el profesor Carl Proffer, a quienes conoció en Austria, Brodsky pudo exiliarse en la Unión Americana, donde casi de inmediato comenzó a ganarse la vida como profesor universitario.

En una de esas clases de poesía rusa del siglo XIX que impartió en el Mount Holyoke College, en Massachusetts, el poeta repartió entre los estudiantes una lista manuscrita de títulos que “toda persona debería leer para tener una conversación elemental”.

La Ilíada y la Odisea, el Antiguo Testamento, los Libros de Historia de Herodoto, las tragedias de Sófocles y de Esquilo, la Comedia de Dante y los Ensayos de Montaigne, el Quijote, Spinoza, Hobbes, Kierkegaard, la poesía de Yeats y la de Luis Cernuda, la de Reverdy y la de Seferis, los libros de sus compatriotas Osip Mandelstam y Boris Pasternak son algunos de los títulos y autores que Brodsky aconsejaba como imprescindibles dentro de la formación del buen conversador.

Al recorrer su selección sin pensar tanto en el susodicho fin práctico, inmediato, los títulos podrían verse también como un refinado canon de literatura, como el trazo apresurado de un universo que afortunadamente se descubre finito. Si, como a veces sucede, el mundo de los libros nos parece inagotable, inmenso, desmesurado, la ruta que nos traza Brodsky, so pretexto de tener una “buena conversación”, reduce esta tarea a límites asequibles y humanos.

Y quizá, más allá de la intención del poeta, esta sea la manera en que nosotros mismos podríamos emprender la travesía de la conversacion con aquellos autores que aunque muertos prueban ser los mejores inetrlocutores posibles.

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La conversación tiene fama de ser una de las actividades civilizatorias por excelencia. Saber conversar es, de algún modo, saber compartir, saber escuchar al otro, pero también saber defender las convicciones propias y desde allí establecer un diálogo. La conversación exige respeto y reconocimiento, cultura general y desde luego, ingenio (ese Witz tan significativo para Freud y Lacan). Como una forma de la seducción, la conversación también puede considerarse una mezcla de espontaneidad con voluntad de descubrimiento.

De ahí que desde tiempos remotos la conversación se ha considerado un arte, una disciplina que es posible perfeccionar a través de los consejos y la práctica constante. En la década de los 70 el poeta Joseph Brodsky, Premio Nobel de Literatura en 1987, arribó a Estados Unidos a causa de la difícil situación que vivía en su natal Rusia, donde desde los 24 años había enfrentado el conflicto entre su propia vocación como escritor y las exigencias del régimen totalitario de la entonces URSS. Gracias a la ayuda de W. H. Auden y el profesor Carl Proffer, a quienes conoció en Austria, Brodsky pudo exiliarse en la Unión Americana, donde casi de inmediato comenzó a ganarse la vida como profesor universitario.

En una de esas clases de poesía rusa del siglo XIX que impartió en el Mount Holyoke College, en Massachusetts, el poeta repartió entre los estudiantes una lista manuscrita de títulos que “toda persona debería leer para tener una conversación elemental”.

La Ilíada y la Odisea, el Antiguo Testamento, los Libros de Historia de Herodoto, las tragedias de Sófocles y de Esquilo, la Comedia de Dante y los Ensayos de Montaigne, el Quijote, Spinoza, Hobbes, Kierkegaard, la poesía de Yeats y la de Luis Cernuda, la de Reverdy y la de Seferis, los libros de sus compatriotas Osip Mandelstam y Boris Pasternak son algunos de los títulos y autores que Brodsky aconsejaba como imprescindibles dentro de la formación del buen conversador.

Al recorrer su selección sin pensar tanto en el susodicho fin práctico, inmediato, los títulos podrían verse también como un refinado canon de literatura, como el trazo apresurado de un universo que afortunadamente se descubre finito. Si, como a veces sucede, el mundo de los libros nos parece inagotable, inmenso, desmesurado, la ruta que nos traza Brodsky, so pretexto de tener una “buena conversación”, reduce esta tarea a límites asequibles y humanos.

Y quizá, más allá de la intención del poeta, esta sea la manera en que nosotros mismos podríamos emprender la travesía de la conversacion con aquellos autores que aunque muertos prueban ser los mejores inetrlocutores posibles.

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