Es un lugar común imaginar a las personas creativas –ya sean artistas, creativos de publicidad, músicos y emprendedores– a contracorriente de las tendencias de su tiempo: es sencillo ver en retrospectiva la contribución de sus puntos de vista, ya sea que hablemos de Andy Warhol pintando latas de sopa, a los surrealistas haciendo poemas con palabras recortadas del periódico o a Elvis moviendo la cadera en televisión nacional.

¿Pero qué tan rebeldes son realmente los rebeldes y cómo se relaciona la rebeldía con la creatividad?

Primero debemos pensar que la creatividad es el impulso que nos lleva a producir algo que no existe, pero cuya existencia necesitamos íntimamente. Ya sea una página web, un libro o una canción, creamos porque necesitamos que exista ese algo que aún no existe. Esta es tal vez la primera rebeldía del artista o del creativo: enfrentarse contra la inexistencia de algo, contra la inercia de la inexistencia de las cosas.

En un plano más concreto, el teórico y psicólogo Mihály Csíkszentmihályi cree que una de las características fundamentales del artista es su flexibilidad para asumir la paradoja y la ambigüedad. Haciendo eco de un famoso verso de Walt Whitman (“¿Me contradigo? Bien: me contradigo”), el artista es a la vez extrovertido e introvertido, inteligente e ingenuo, divertido y disciplinado, etc. Estas tensiones internas en la personalidad creativa generan las “luchas” que la tradición del artista atormentado ha hecho famosas. Pero más que la lucha interna y la búsqueda de soluciones positivas, el artista logra utilizar estos polos a su favor: de ahí la flexibilidad para cambiar su visión sobre sí mismo, para evolucionar y para crear.

Uno de los pares de contradicción remarcados por Csíkszentmihályi es el que el artista sea a la vez rebelde e iconoclasta, por un lado, y tradicional y conservador por otro. Los artistas suelen enfrentarse a las tradiciones nacionales y artísticas, además de retar y cuestionar el estado de cosas de un campo o una sociedad determinada; sin embargo, para llevar a cabo esta acción transgresora, es necesario un contrato previo con su cultura.

Tomemos el caso del poeta Arthur Rimbaud. Efectivamente, la breve pero poderosa obra de Rimbaud revolucionó la poesía moderna y sentó las bases sobre las que los poetas trabajarían al menos durante medio siglo después de publicado Une saison de enfer y las Iluminations. Pero estos revolucionarios libros no surgieron de la nada: el precoz Arthur escribía versos en latín a temprana edad, además de conocer la historia de Francia y ser un ávido lector de la literatura de su tiempo. Para cambiar el mundo primero es preciso conocerlo.

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Y es que esta puede ser una de las paradojas más interesantes del trabajo artístico: el rebelde, para ser rebelde, necesita un marco de trabajo, un contexto, un “enemigo”, por así decirlo, o en términos más generales, un antagonista. Esta figura antagónica puede ser la tradición artística de su país, sus propias limitantes (como cuando Picasso, durante un periodo de sequía pictórica se atrevió a escribir poesía, maravillosa, por cierto), eventos de su propia biografía, etc.

El novelista Ernest Hemingway solía decir que para encontrar la fuente de la escritura era preciso encontrar “la herida”, ese lugar en nosotros donde existe el dolor; al encontrarlo, dice Papa, es preciso “presionar”. Y es que tal vez la rebeldía puede entenderse mejor desde el no-conformismo, el no aceptar ninguna condición a priori y mantenerse en una posición de duda e investigación constante. Nadie puede ser rebelde una vez y para siempre: siempre se está tendiendo a la rebeldía, siempre se está revolucionando el propio ser. Es lo que mantiene la creatividad viva, como un fuego que no cesa.

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Es un lugar común imaginar a las personas creativas –ya sean artistas, creativos de publicidad, músicos y emprendedores– a contracorriente de las tendencias de su tiempo: es sencillo ver en retrospectiva la contribución de sus puntos de vista, ya sea que hablemos de Andy Warhol pintando latas de sopa, a los surrealistas haciendo poemas con palabras recortadas del periódico o a Elvis moviendo la cadera en televisión nacional.

¿Pero qué tan rebeldes son realmente los rebeldes y cómo se relaciona la rebeldía con la creatividad?

Primero debemos pensar que la creatividad es el impulso que nos lleva a producir algo que no existe, pero cuya existencia necesitamos íntimamente. Ya sea una página web, un libro o una canción, creamos porque necesitamos que exista ese algo que aún no existe. Esta es tal vez la primera rebeldía del artista o del creativo: enfrentarse contra la inexistencia de algo, contra la inercia de la inexistencia de las cosas.

En un plano más concreto, el teórico y psicólogo Mihály Csíkszentmihályi cree que una de las características fundamentales del artista es su flexibilidad para asumir la paradoja y la ambigüedad. Haciendo eco de un famoso verso de Walt Whitman (“¿Me contradigo? Bien: me contradigo”), el artista es a la vez extrovertido e introvertido, inteligente e ingenuo, divertido y disciplinado, etc. Estas tensiones internas en la personalidad creativa generan las “luchas” que la tradición del artista atormentado ha hecho famosas. Pero más que la lucha interna y la búsqueda de soluciones positivas, el artista logra utilizar estos polos a su favor: de ahí la flexibilidad para cambiar su visión sobre sí mismo, para evolucionar y para crear.

Uno de los pares de contradicción remarcados por Csíkszentmihályi es el que el artista sea a la vez rebelde e iconoclasta, por un lado, y tradicional y conservador por otro. Los artistas suelen enfrentarse a las tradiciones nacionales y artísticas, además de retar y cuestionar el estado de cosas de un campo o una sociedad determinada; sin embargo, para llevar a cabo esta acción transgresora, es necesario un contrato previo con su cultura.

Tomemos el caso del poeta Arthur Rimbaud. Efectivamente, la breve pero poderosa obra de Rimbaud revolucionó la poesía moderna y sentó las bases sobre las que los poetas trabajarían al menos durante medio siglo después de publicado Une saison de enfer y las Iluminations. Pero estos revolucionarios libros no surgieron de la nada: el precoz Arthur escribía versos en latín a temprana edad, además de conocer la historia de Francia y ser un ávido lector de la literatura de su tiempo. Para cambiar el mundo primero es preciso conocerlo.

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Y es que esta puede ser una de las paradojas más interesantes del trabajo artístico: el rebelde, para ser rebelde, necesita un marco de trabajo, un contexto, un “enemigo”, por así decirlo, o en términos más generales, un antagonista. Esta figura antagónica puede ser la tradición artística de su país, sus propias limitantes (como cuando Picasso, durante un periodo de sequía pictórica se atrevió a escribir poesía, maravillosa, por cierto), eventos de su propia biografía, etc.

El novelista Ernest Hemingway solía decir que para encontrar la fuente de la escritura era preciso encontrar “la herida”, ese lugar en nosotros donde existe el dolor; al encontrarlo, dice Papa, es preciso “presionar”. Y es que tal vez la rebeldía puede entenderse mejor desde el no-conformismo, el no aceptar ninguna condición a priori y mantenerse en una posición de duda e investigación constante. Nadie puede ser rebelde una vez y para siempre: siempre se está tendiendo a la rebeldía, siempre se está revolucionando el propio ser. Es lo que mantiene la creatividad viva, como un fuego que no cesa.

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