Los sueños tienen entre sus cualidades la de parecerse a un territorio, un lugar al que arribamos solo mediante un tránsito, un movimiento, el abandono de un punto que nos lleva como consecuencia a otro. Sin embargo, a diferencia de los viajes que emprendemos conscientemente, en este nunca sabemos bien a bien hacia dónde nos dirigimos, cuál será la ruta o cuáles las condiciones. Dormimos y, como el narrador al inicio de En busca del tiempo perdido, puede ser que el libro que leíamos apenas unos minutos antes nos provea el suelo sobre el cual caemos, los primeros elementos de un mundo caprichoso cuya formación pronto seguirá otras direcciones.

Si seguimos la metáfora, no será extraño entonces que ante ese territorio desconocido adoptemos las maneras de la curiosidad y la exploración. Que como ciertos grandes viajeros, privilegiemos la observación, el registro y el examen. Que al despertar y descubrir que al menos un sueño ha sobrevivido a ese paso violento hacia la vida diurna, detengamos un momento el curso corriente de las cosas para leer el mensaje que recién nos fue entregado.

En Dirección única, quizá la obra más entrañable de Walter Benjamin, el filósofo incluye un fragmento en el que glosa “una tradición popular” que “desaconseja contar sueños por la mañana, en ayunas”. El argumento es que la alimentación se distingue de otras acciones matutinas porque significa el punto de no retorno entre el mundo onírico y el mundo real, como si comer fuera el gesto definitivo de nuestra estancia en la realidad palpable y consciente.

SALITA PARA DESAYUNAR

Una tradición popular desaconseja contar sueños por la mañana, en ayunas. De hecho, quien acaba de despertarse sigue aún, en ese estado, bajo el hechizo del sueño. Pues el aseo no devuelve a la luz más que la superficie del cuerpo y sus funciones motrices visibles, mientras que en las capas más profundas, y también durante la ablución matinal, la penumbra gris del sueño sigue persistiendo, e incluso se consolida, en la soledad de la primera hora de vigilia. Quien rehúya el contacto con el día, ya sea por temor a la gente, ya sea por necesidad de recogimiento, no querrá comer y desdeñará el desayuno. De este modo evita la ruptura entre los mundos nocturno y diurno. Cautela esta que solo se justifica consumiendo el sueño mediante un intenso trabajo matinal, cuando no a través de la oración, ya que de otro modo provoca una confusión de los ritmos vitales. En esta disposición anímica, contar sueños resulta funesto porque el hombre, que aún es a medias cómplice del mundo onírico, lo traiciona con sus palabras y ha de atenerse a su venganza. Dicho en términos más modernos: se traiciona a sí mismo. Libre de la protección que le ofrecía la ingenuidad del sueño, queda totalmente desamparado al rozar, sin dominio alguno sobre ellas, sus propias visiones oníricas. Pues solo desde la otra orilla, desde la claridad del día, es lícito apostrofar al sueño con el poder evocador del recuerdo. Este más allá del sueño solo es alcanzable mediante una ablución análoga al aseo y que, no obstante, difiere totalmente de él. Pasa por el estómago. Quien está en ayunas habla del sueño como si hablase en sueños.

Es curioso que el fragmento no nos recomienda tajantemente comer o no comer antes de contar un sueño, solo establece la diferencia entre una y otra circunstancia. Si desayunamos, rompemos la continuidad del sueño y nos instalamos de plano en la realidad; de lo contrario, seguimos en ese otro mundo, y entonces es como si refiriéramos un hecho con otro lenguaje y desde una perspectiva que puede parecernos parcialmente desconocida.

En cierto sentido, el fragmento de Benajmin parece decirnos que necesitamos tomar distancia de nuestros propios sueños para contarlos y descifrarlos.

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Los sueños tienen entre sus cualidades la de parecerse a un territorio, un lugar al que arribamos solo mediante un tránsito, un movimiento, el abandono de un punto que nos lleva como consecuencia a otro. Sin embargo, a diferencia de los viajes que emprendemos conscientemente, en este nunca sabemos bien a bien hacia dónde nos dirigimos, cuál será la ruta o cuáles las condiciones. Dormimos y, como el narrador al inicio de En busca del tiempo perdido, puede ser que el libro que leíamos apenas unos minutos antes nos provea el suelo sobre el cual caemos, los primeros elementos de un mundo caprichoso cuya formación pronto seguirá otras direcciones.

Si seguimos la metáfora, no será extraño entonces que ante ese territorio desconocido adoptemos las maneras de la curiosidad y la exploración. Que como ciertos grandes viajeros, privilegiemos la observación, el registro y el examen. Que al despertar y descubrir que al menos un sueño ha sobrevivido a ese paso violento hacia la vida diurna, detengamos un momento el curso corriente de las cosas para leer el mensaje que recién nos fue entregado.

En Dirección única, quizá la obra más entrañable de Walter Benjamin, el filósofo incluye un fragmento en el que glosa “una tradición popular” que “desaconseja contar sueños por la mañana, en ayunas”. El argumento es que la alimentación se distingue de otras acciones matutinas porque significa el punto de no retorno entre el mundo onírico y el mundo real, como si comer fuera el gesto definitivo de nuestra estancia en la realidad palpable y consciente.

SALITA PARA DESAYUNAR

Una tradición popular desaconseja contar sueños por la mañana, en ayunas. De hecho, quien acaba de despertarse sigue aún, en ese estado, bajo el hechizo del sueño. Pues el aseo no devuelve a la luz más que la superficie del cuerpo y sus funciones motrices visibles, mientras que en las capas más profundas, y también durante la ablución matinal, la penumbra gris del sueño sigue persistiendo, e incluso se consolida, en la soledad de la primera hora de vigilia. Quien rehúya el contacto con el día, ya sea por temor a la gente, ya sea por necesidad de recogimiento, no querrá comer y desdeñará el desayuno. De este modo evita la ruptura entre los mundos nocturno y diurno. Cautela esta que solo se justifica consumiendo el sueño mediante un intenso trabajo matinal, cuando no a través de la oración, ya que de otro modo provoca una confusión de los ritmos vitales. En esta disposición anímica, contar sueños resulta funesto porque el hombre, que aún es a medias cómplice del mundo onírico, lo traiciona con sus palabras y ha de atenerse a su venganza. Dicho en términos más modernos: se traiciona a sí mismo. Libre de la protección que le ofrecía la ingenuidad del sueño, queda totalmente desamparado al rozar, sin dominio alguno sobre ellas, sus propias visiones oníricas. Pues solo desde la otra orilla, desde la claridad del día, es lícito apostrofar al sueño con el poder evocador del recuerdo. Este más allá del sueño solo es alcanzable mediante una ablución análoga al aseo y que, no obstante, difiere totalmente de él. Pasa por el estómago. Quien está en ayunas habla del sueño como si hablase en sueños.

Es curioso que el fragmento no nos recomienda tajantemente comer o no comer antes de contar un sueño, solo establece la diferencia entre una y otra circunstancia. Si desayunamos, rompemos la continuidad del sueño y nos instalamos de plano en la realidad; de lo contrario, seguimos en ese otro mundo, y entonces es como si refiriéramos un hecho con otro lenguaje y desde una perspectiva que puede parecernos parcialmente desconocida.

En cierto sentido, el fragmento de Benajmin parece decirnos que necesitamos tomar distancia de nuestros propios sueños para contarlos y descifrarlos.

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