“Los árboles son los embajadores del tiempo”, dice Edwin Honig mientras contempla la frondosa copa de árbol que llena el cristal de su ventana. Sentado en su viejo sofá, completamente inmóvil, el anciano Honig nos sorprende con un verso de inusual lucidez para un enfermo de Alzheimer. La pérdida de memoria parece no afectar a su profundo instinto poético.

El documentalista Alan Berliner, ganador de tres premios Emmy, retrata los últimos años de vida de su primo, el poeta y traductor Edwin Honig, en su nuevo documental Tío en segundo grado. A través de encuentros con el propio poeta, entrevistas con sus familiares e imágenes de archivo, Berliner logra componer un estremecedor documento acerca del valor de la memoria.

 

Las visitas de Berliner a casa de su primo y mentor, empiezan siempre con la misma pregunta: ¿sabes quién soy? De un día para otro, el poeta no puede recordar el más mínimo detalle de la visita. Sonriente, Honig reconoce su total desconocimiento de las cosas más triviales, como saber el día que es o quién es el presidente de su país. El olvido de otros detalles se vuelve más dramático; su madre, su hermano y él mismo, se le aparecen como rostros desconocidos en  las viejas fotos que Berliner pone ante sus ojos. El pasado ha desaparecido para sumir a Honig en un presente sin fisuras. A la pregunta de Berliner de qué se siente al no poder recordar, Honig responde:

La mente está vacía pero sigue funcionando.

Sin ningún vínculo con su pasado,  el poeta contempla la inmovilidad de los días y la imparable disolución de su identidad.

Honig fue un poeta internacionalmente elogiado y un traductor de gran reconocimiento, habiendo traducido al inglés la poesía de Federico García Lorca y Fernando Pessoa, entre otros. Su labor mereció el reconocimiento como caballero del Rey de España y el presidente de Portugal, y sus alumnos todavía recuerdan sus magistrales clases en la Universidad de Harvard.

Pero ¿qué importa todo eso para alguien que no puede recordar? Honig sonríe irónicamente al verse a sí mismo recitando para la cámara. Ese eres tú, le advierte Berliner.

El director indaga en las consecuencias de la perdida de la memoria. Imágenes de trenes, puentes derrumbándose y de estentóreos relámpagos vertebran poéticamente el film. Honig ha perdido el puente que lo transportaba a su pasado, el camino que le podía proporcionar las pistas para rehacer su presente y conformar un futuro de redención. La muerte prematura de su hermano, de la que fue culpado por su padre, parece ser uno de los pocos recuerdos que Honig conserva. Sin embargo, aislado en su diáfana memoria, esa pequeña esquirla no parece servirle para emanciparse del dolor. Su memoria lo ha olvidado casi todo, pero no el remordimiento que marcó irreversiblemente la progresión de sus días.

Honig continúa contemplando el árbol a través de su ventana. Las estaciones se suceden. El invierno llega y el árbol va perdiendo sus hojas hasta quedarse completamente desnudo. Berliner se pregunta si así es la memoria de alguien con alzheimer. Honig parece esperar  resignado  a que la última hoja se desprenda definitivamente de su memoria.

Berliner hace su última pregunta:

-Imagine que está usted en una película y millones de personas lo están viendo, ¿Qué les diría?

-Recuerden cómo olvidar, solamente.

“Los árboles son los embajadores del tiempo”, dice Edwin Honig mientras contempla la frondosa copa de árbol que llena el cristal de su ventana. Sentado en su viejo sofá, completamente inmóvil, el anciano Honig nos sorprende con un verso de inusual lucidez para un enfermo de Alzheimer. La pérdida de memoria parece no afectar a su profundo instinto poético.

El documentalista Alan Berliner, ganador de tres premios Emmy, retrata los últimos años de vida de su primo, el poeta y traductor Edwin Honig, en su nuevo documental Tío en segundo grado. A través de encuentros con el propio poeta, entrevistas con sus familiares e imágenes de archivo, Berliner logra componer un estremecedor documento acerca del valor de la memoria.

 

Las visitas de Berliner a casa de su primo y mentor, empiezan siempre con la misma pregunta: ¿sabes quién soy? De un día para otro, el poeta no puede recordar el más mínimo detalle de la visita. Sonriente, Honig reconoce su total desconocimiento de las cosas más triviales, como saber el día que es o quién es el presidente de su país. El olvido de otros detalles se vuelve más dramático; su madre, su hermano y él mismo, se le aparecen como rostros desconocidos en  las viejas fotos que Berliner pone ante sus ojos. El pasado ha desaparecido para sumir a Honig en un presente sin fisuras. A la pregunta de Berliner de qué se siente al no poder recordar, Honig responde:

La mente está vacía pero sigue funcionando.

Sin ningún vínculo con su pasado,  el poeta contempla la inmovilidad de los días y la imparable disolución de su identidad.

Honig fue un poeta internacionalmente elogiado y un traductor de gran reconocimiento, habiendo traducido al inglés la poesía de Federico García Lorca y Fernando Pessoa, entre otros. Su labor mereció el reconocimiento como caballero del Rey de España y el presidente de Portugal, y sus alumnos todavía recuerdan sus magistrales clases en la Universidad de Harvard.

Pero ¿qué importa todo eso para alguien que no puede recordar? Honig sonríe irónicamente al verse a sí mismo recitando para la cámara. Ese eres tú, le advierte Berliner.

El director indaga en las consecuencias de la perdida de la memoria. Imágenes de trenes, puentes derrumbándose y de estentóreos relámpagos vertebran poéticamente el film. Honig ha perdido el puente que lo transportaba a su pasado, el camino que le podía proporcionar las pistas para rehacer su presente y conformar un futuro de redención. La muerte prematura de su hermano, de la que fue culpado por su padre, parece ser uno de los pocos recuerdos que Honig conserva. Sin embargo, aislado en su diáfana memoria, esa pequeña esquirla no parece servirle para emanciparse del dolor. Su memoria lo ha olvidado casi todo, pero no el remordimiento que marcó irreversiblemente la progresión de sus días.

Honig continúa contemplando el árbol a través de su ventana. Las estaciones se suceden. El invierno llega y el árbol va perdiendo sus hojas hasta quedarse completamente desnudo. Berliner se pregunta si así es la memoria de alguien con alzheimer. Honig parece esperar  resignado  a que la última hoja se desprenda definitivamente de su memoria.

Berliner hace su última pregunta:

-Imagine que está usted en una película y millones de personas lo están viendo, ¿Qué les diría?

-Recuerden cómo olvidar, solamente.

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