“Los seres humanos comparten una atracción natural hacia el agua”, decía Melville en Moby Dick. “Todos los caminos del hombre dan al agua, y la razón por la que nadie puede resistirse a su cauce es la misma por la que Narciso se ahogó en su propio rostro: porque en el agua se dibuja el inaprensible fantasma de la vida”.

Toda civilización con cuerpos de agua importantes, pero aun toda comarca que tenga un estanque o un pozo, se verá como hechizada por el líquido y organizará su vida en torno a él. No por otra razón existen mil y un leyendas e historias de cuerpos de agua encantados. Lagunas, pantanos, lagos inmensos (como el temido Lago Ness) o mares traicioneros que contienen seres tan antiguos como la tierra misma, delicadísimos que, al menor roce, rumor, al mínimo movimiento, despiertan.

El pantano Manchac parece un pantano más entre los cientos que se asentaron en Luisiana. Pero la leyenda dice que allí hay criaturas mucho más espeluznantes que los lagartos. Es también casa de Julie White, una princesa vudú que, cuando aún vivía, solía sentarse en su porche y predecir la destrucción de pueblos cercanos y cantar “Un día moriré, y me llevaré a todos ustedes conmigo”. El día de su funeral en 1915, un huracán realmente abatió la región y extinguió a tres pueblos. Hasta la fecha se organizan paseos nocturnos por Manchac para agitar el fantasma de White, como quien pica con un palo el lomo de un feroz y bello animal dormido.

Por la razón que uno puede solo intuir sin saber la respuesta (¿o sin querer saberla?), casi todos los fantasmas acuáticos son femeninos. El agua es el velo pero también el monstruo, tan delicada y tan terrible.

En el castillo Humeji hay un laberinto y hay un pozo. En ese pozo habita uno de los fantasmas más famosos de Japón (una verdadera Yuurimi, un tipo de fantasma caracterizado por usar vestido blanco, tener el pelo negro y las manos o los pies desmembrados). Okiku fue una sirvienta que trabajó por años en uno de los calabozos de Humeji. Su trabajo era cuidar diez costosas placas de oro para su amo, el samurái Tessan Aoyama. Cuando este se enamoró de ella y en secreto le pidió matrimonio, y ella honorablemente dijo no, el samurái decidió esconder una de las placas de oro. Okiku advirtió que faltaba una y comenzó a buscarla. Durante este momento, Tessan se acercó a ella y le dijo que si no accedía a ser su amante la culparía del robo, la torturaría y luego la ejecutaría. Okiku, que ciertamente no quería pasar tiempo con Tessan, se lanzó al pozo del castillo y se ahogó. Para cubrir la razón del suicidio, el amo dejó escondida la placa y culpó a Okiku.

Después de esa noche, todas las noches Okiku escala el pozo hacia la superficie, camina a la mansión y revisa las placas. El fantasma las cuenta una por una y, al llegar al nueve y no encontrar el diez, su espíritu se lamenta estruendosamente, antinaturalmente. El fenómeno, que acabó por volver loco a Tessan Aoyama y ahuyentarlo del castillo, continúa a la fecha, aunque con menor frecuencia y menor persistencia que entonces.

La muerte por agua, envuelta de ese apacible horror (como el de un pozo quieto cuyo fondo es oscurísimo e infinito) se combina con lo femenino para ser un fantasma perfecto. Bachelard decía que para algunas almas, el agua en verdad contiene la muerte en su sustancia. Transmite una ensoñación cuyo horror es lento y tranquilo. […] El horror que sonríe con la sonrisa tierna de una madre desconsolada. La muerte en un agua calma tiene rasgos maternales. El horror apacible está “disuelto en el agua que vuelve ligero el germen vivo”.

Así, la historia de la “Dama del lago” es una de las mejor conocidas en Norteamérica. El encuentro típico con esta mujer se reporta así: un hombre conduce ya entrada la noche en uno de los caminos que rodean el lago, cuando enfrente de él, en la calle, ve algo extraño: una mujer joven y solitaria que escurre agua y porta un vestido de noche de la época de los veintes.

El hombre se detiene y pregunta a la dama si necesita ayuda. Ella le pide que la lleve a una casa cercana y él acepta. La mujer permanece en silencio junto a él. Cuando finalmente llegan a la dirección que ella dio, el hombre le pregunta dónde quiere que la deje y, para su asombro, ella ya no está… Silenciosamente desapareció dejando solo una mancha de agua en el asiento del auto.

Estas vidas ahogadas las hemos explorado con profusión en todas las culturas, y parece que todas las doncellas del agua, además de estar bajo influjo de una extrema melancolía, se convierten en la esencia del agua. En la materia de los sueños y las pesadillas, cuyo horror es lento y tranquilo.

Twitter del autor: @luciaomr

“Los seres humanos comparten una atracción natural hacia el agua”, decía Melville en Moby Dick. “Todos los caminos del hombre dan al agua, y la razón por la que nadie puede resistirse a su cauce es la misma por la que Narciso se ahogó en su propio rostro: porque en el agua se dibuja el inaprensible fantasma de la vida”.

Toda civilización con cuerpos de agua importantes, pero aun toda comarca que tenga un estanque o un pozo, se verá como hechizada por el líquido y organizará su vida en torno a él. No por otra razón existen mil y un leyendas e historias de cuerpos de agua encantados. Lagunas, pantanos, lagos inmensos (como el temido Lago Ness) o mares traicioneros que contienen seres tan antiguos como la tierra misma, delicadísimos que, al menor roce, rumor, al mínimo movimiento, despiertan.

El pantano Manchac parece un pantano más entre los cientos que se asentaron en Luisiana. Pero la leyenda dice que allí hay criaturas mucho más espeluznantes que los lagartos. Es también casa de Julie White, una princesa vudú que, cuando aún vivía, solía sentarse en su porche y predecir la destrucción de pueblos cercanos y cantar “Un día moriré, y me llevaré a todos ustedes conmigo”. El día de su funeral en 1915, un huracán realmente abatió la región y extinguió a tres pueblos. Hasta la fecha se organizan paseos nocturnos por Manchac para agitar el fantasma de White, como quien pica con un palo el lomo de un feroz y bello animal dormido.

Por la razón que uno puede solo intuir sin saber la respuesta (¿o sin querer saberla?), casi todos los fantasmas acuáticos son femeninos. El agua es el velo pero también el monstruo, tan delicada y tan terrible.

En el castillo Humeji hay un laberinto y hay un pozo. En ese pozo habita uno de los fantasmas más famosos de Japón (una verdadera Yuurimi, un tipo de fantasma caracterizado por usar vestido blanco, tener el pelo negro y las manos o los pies desmembrados). Okiku fue una sirvienta que trabajó por años en uno de los calabozos de Humeji. Su trabajo era cuidar diez costosas placas de oro para su amo, el samurái Tessan Aoyama. Cuando este se enamoró de ella y en secreto le pidió matrimonio, y ella honorablemente dijo no, el samurái decidió esconder una de las placas de oro. Okiku advirtió que faltaba una y comenzó a buscarla. Durante este momento, Tessan se acercó a ella y le dijo que si no accedía a ser su amante la culparía del robo, la torturaría y luego la ejecutaría. Okiku, que ciertamente no quería pasar tiempo con Tessan, se lanzó al pozo del castillo y se ahogó. Para cubrir la razón del suicidio, el amo dejó escondida la placa y culpó a Okiku.

Después de esa noche, todas las noches Okiku escala el pozo hacia la superficie, camina a la mansión y revisa las placas. El fantasma las cuenta una por una y, al llegar al nueve y no encontrar el diez, su espíritu se lamenta estruendosamente, antinaturalmente. El fenómeno, que acabó por volver loco a Tessan Aoyama y ahuyentarlo del castillo, continúa a la fecha, aunque con menor frecuencia y menor persistencia que entonces.

La muerte por agua, envuelta de ese apacible horror (como el de un pozo quieto cuyo fondo es oscurísimo e infinito) se combina con lo femenino para ser un fantasma perfecto. Bachelard decía que para algunas almas, el agua en verdad contiene la muerte en su sustancia. Transmite una ensoñación cuyo horror es lento y tranquilo. […] El horror que sonríe con la sonrisa tierna de una madre desconsolada. La muerte en un agua calma tiene rasgos maternales. El horror apacible está “disuelto en el agua que vuelve ligero el germen vivo”.

Así, la historia de la “Dama del lago” es una de las mejor conocidas en Norteamérica. El encuentro típico con esta mujer se reporta así: un hombre conduce ya entrada la noche en uno de los caminos que rodean el lago, cuando enfrente de él, en la calle, ve algo extraño: una mujer joven y solitaria que escurre agua y porta un vestido de noche de la época de los veintes.

El hombre se detiene y pregunta a la dama si necesita ayuda. Ella le pide que la lleve a una casa cercana y él acepta. La mujer permanece en silencio junto a él. Cuando finalmente llegan a la dirección que ella dio, el hombre le pregunta dónde quiere que la deje y, para su asombro, ella ya no está… Silenciosamente desapareció dejando solo una mancha de agua en el asiento del auto.

Estas vidas ahogadas las hemos explorado con profusión en todas las culturas, y parece que todas las doncellas del agua, además de estar bajo influjo de una extrema melancolía, se convierten en la esencia del agua. En la materia de los sueños y las pesadillas, cuyo horror es lento y tranquilo.

Twitter del autor: @luciaomr

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