En el más reciente libro de David Foster Wallace, Both Flesh and Not: Essays, una colección que reúne veinte años de ensayos sobre temas tan diversos como matemáticas, democracia, Borges y el Abierto de Tenis de E.U.A., se incluye uno de los textos más finos que podríamos leer sobre la escritura, “The Nature of the Fun” (“La naturaleza de la diversión”). Se trata de una meditación que indaga en las razones por las cuales los escritores escriben ficción.

Seamos o no escritores de ficción, hay algo en los textos de Wallace que nos incluye a todos, en este caso la diversión. Su principio sobre la diversión, la cual a su ver es la razón más importante para poder escribir bien, es uno que podemos aplicar a cualquier circunstancia de nuestra vida, pero sobre todo, a cualquier circunstancia de nuestro trabajo.

Con su prosa doméstica, por momentos abatida, siempre exorbitantemente consciente de sí misma, Wallace nos lleva del principio hasta el final de la ficción, y nos recuerda de paso (o se recuerda a sí mismo) que lo que no hay que perder de vista es la razón principal por la que uno empieza a escribir: la diversión.

Haciendo eco al sabio consejo de su contemporáneo Kurt Vonnegut: “Escribe para complacer a una sola persona. Si abres una ventana y le haces el amor al mundo, tu historia cachará neumonía”, Wallace escribe:

Al principio, cuando intentas escribir ficción por primera vez, el esfuerzo tiene como único fin la diversión. No esperas que nadie más lea lo que haces. Escribes casi con el único motivo de pasarla bien. Para dar rienda suelta a tus fantasías y pensamientos retorcidos y para huir de partes de ti mismo que no te gustan, o bien para transformarlas. Y funciona. Y es muy divertido. Entonces, si tienes buena suerte y a la gente parece gustarle lo que haces, y empiezas a recibir dinero a cambio, y llegas a ver tu material profesionalmente impreso y encuadernado y publicitado y reseñado e incluso (una única vez) siendo leído en el metro por una linda desconocida todo esto lo hace aún más divertido. Durante unos momentos. Entonces las cosas empiezan a complicarse y a volverse confusas, por no decir que llegan a asustarte. Ahora sientes que estás escribiendo para otras personas, o al menos así lo esperas. Ya no escribes sólo para pasarla bien -que como cualquier tipo de masturbación es una labor solitaria y vacía-, lo que probablemente resulta positivo. ¿Pero qué sustituye a la motivación onanista? Has descubierto que el hecho de que a otras personas les guste tu trabajo te produce gran satisfacción, y te esfuerzas para que también les guste el material en que estás trabajando ahora. La motivación de la pura satisfacción personal empieza a ser suplantada por la motivación de gustar, de que haya gente bonita a la que le gustes y que te admire y que opine que eres un buen escritor. El onanismo, como motivación, cede su lugar a un intento de seducción. Y ese intento de seducción se convierte en un trabajo duro, y la diversión se ve sustituida por un terrible miedo al rechazo. Sea lo que sea el “ego”, tu ego se ha incorporado al juego. O puede que “vanidad” sea una palabra más adecuada. Porque te has dado cuenta de que destacar, convencer a la gente de que eres bueno, representa una buena compensación por tu esfuerzo. Esto es comprensible. Ahora escribir significa mucho para ti: tu vanidad está en juego. Descubres un aspecto complejo de la labor del escritor: una cierta dosis de vanidad es necesaria para llevarla a cabo, pero en cuanto la vanidad supera esa dosis precisa, se vuelve letal.

En algún momento descubres que el noventa por ciento de lo que escribes está motivado y nutrido por una exacerbada necesidad de satisfacer a los demás. El resultado es trabajo de mierda. Y la ficción de mierda debe acabar en la basura, no por algo que podemos llamar integridad artística, sino porque el trabajo que es mierda provocará que dejes de gustar a los demás. En este punto de la evolución de la diversión a través de la escritura, lo que antes te había incitado a escribir se convierte en la causa de que tires tu trabajo a la basura. Esto es una paradoja y una lata, y puede bloquearte durante meses e incluso años, periodo durante el que gimes y rechinas los dientes y lamentas tu mala suerte y tratas de imaginar a dónde se ha ido la diversión.

La mejor conclusión que se puede extraer, creo, es que la salida de ese bloqueo es retroceder hacia tu motivación original: la diversión. Y si puedes encontrar el camino de regreso a la diversión, descubrirás que el bloqueo durante el periodo de vanidad resulta haber sido un golpe de buena suerte. Porque la diversión hacia la que luchas por volver ha sido transfigurada por la profunda insatisfacción causada por la vanidad y el miedo, una insatisfacción que ahora estás tan ansioso de evitar, que la diversión que redescubres es de un tipo más pleno y abrazador. Tiene algo que ver con el trabajo como forma de juego. O con el descubrimiento de que la diversión disciplinada es algo más que la diversión impulsiva y hedonista. O con comprender que no todas las paradojas tienen que ser paralizantes. La administración de este nuevo tipo de diversión convierte la escritura de ficción en un medio para profundizar en tu interior e iluminar precisamente las cosas que no quieres ver ni que los demás vean, y esas cosas se revelan a la postre (paradójicamente) como aquello que todos los escritores y lectores, en todas partes, comparten y a lo que responden: sentimiento. La escritura se convierte en un modo de conocerse a uno mismo y decir la verdad en lugar de un modo de escapar de ti o de presentarte a ti mismo como alguien que tú crees que es mucho más interesante. El proceso es complicado y confuso y da miedo, y también es un trabajo duro, pero su fruto es la mejor diversión que existe.

El hecho de que ahora puedes cimentar la diversión de la escritura en el enfrentamiento a las partes menos divertidas de ti, y que en un primer momento habías tratado de evitar mediante la escritura, es otra paradoja, pero ésta no es, en absoluto, motivo de bloqueo. Lo que es, es un regalo, algo parecido a un milagro, y comparado con ella la recompensa del afecto de los demás se convierte en polvo, en pelusas.

.

En el más reciente libro de David Foster Wallace, Both Flesh and Not: Essays, una colección que reúne veinte años de ensayos sobre temas tan diversos como matemáticas, democracia, Borges y el Abierto de Tenis de E.U.A., se incluye uno de los textos más finos que podríamos leer sobre la escritura, “The Nature of the Fun” (“La naturaleza de la diversión”). Se trata de una meditación que indaga en las razones por las cuales los escritores escriben ficción.

Seamos o no escritores de ficción, hay algo en los textos de Wallace que nos incluye a todos, en este caso la diversión. Su principio sobre la diversión, la cual a su ver es la razón más importante para poder escribir bien, es uno que podemos aplicar a cualquier circunstancia de nuestra vida, pero sobre todo, a cualquier circunstancia de nuestro trabajo.

Con su prosa doméstica, por momentos abatida, siempre exorbitantemente consciente de sí misma, Wallace nos lleva del principio hasta el final de la ficción, y nos recuerda de paso (o se recuerda a sí mismo) que lo que no hay que perder de vista es la razón principal por la que uno empieza a escribir: la diversión.

Haciendo eco al sabio consejo de su contemporáneo Kurt Vonnegut: “Escribe para complacer a una sola persona. Si abres una ventana y le haces el amor al mundo, tu historia cachará neumonía”, Wallace escribe:

Al principio, cuando intentas escribir ficción por primera vez, el esfuerzo tiene como único fin la diversión. No esperas que nadie más lea lo que haces. Escribes casi con el único motivo de pasarla bien. Para dar rienda suelta a tus fantasías y pensamientos retorcidos y para huir de partes de ti mismo que no te gustan, o bien para transformarlas. Y funciona. Y es muy divertido. Entonces, si tienes buena suerte y a la gente parece gustarle lo que haces, y empiezas a recibir dinero a cambio, y llegas a ver tu material profesionalmente impreso y encuadernado y publicitado y reseñado e incluso (una única vez) siendo leído en el metro por una linda desconocida todo esto lo hace aún más divertido. Durante unos momentos. Entonces las cosas empiezan a complicarse y a volverse confusas, por no decir que llegan a asustarte. Ahora sientes que estás escribiendo para otras personas, o al menos así lo esperas. Ya no escribes sólo para pasarla bien -que como cualquier tipo de masturbación es una labor solitaria y vacía-, lo que probablemente resulta positivo. ¿Pero qué sustituye a la motivación onanista? Has descubierto que el hecho de que a otras personas les guste tu trabajo te produce gran satisfacción, y te esfuerzas para que también les guste el material en que estás trabajando ahora. La motivación de la pura satisfacción personal empieza a ser suplantada por la motivación de gustar, de que haya gente bonita a la que le gustes y que te admire y que opine que eres un buen escritor. El onanismo, como motivación, cede su lugar a un intento de seducción. Y ese intento de seducción se convierte en un trabajo duro, y la diversión se ve sustituida por un terrible miedo al rechazo. Sea lo que sea el “ego”, tu ego se ha incorporado al juego. O puede que “vanidad” sea una palabra más adecuada. Porque te has dado cuenta de que destacar, convencer a la gente de que eres bueno, representa una buena compensación por tu esfuerzo. Esto es comprensible. Ahora escribir significa mucho para ti: tu vanidad está en juego. Descubres un aspecto complejo de la labor del escritor: una cierta dosis de vanidad es necesaria para llevarla a cabo, pero en cuanto la vanidad supera esa dosis precisa, se vuelve letal.

En algún momento descubres que el noventa por ciento de lo que escribes está motivado y nutrido por una exacerbada necesidad de satisfacer a los demás. El resultado es trabajo de mierda. Y la ficción de mierda debe acabar en la basura, no por algo que podemos llamar integridad artística, sino porque el trabajo que es mierda provocará que dejes de gustar a los demás. En este punto de la evolución de la diversión a través de la escritura, lo que antes te había incitado a escribir se convierte en la causa de que tires tu trabajo a la basura. Esto es una paradoja y una lata, y puede bloquearte durante meses e incluso años, periodo durante el que gimes y rechinas los dientes y lamentas tu mala suerte y tratas de imaginar a dónde se ha ido la diversión.

La mejor conclusión que se puede extraer, creo, es que la salida de ese bloqueo es retroceder hacia tu motivación original: la diversión. Y si puedes encontrar el camino de regreso a la diversión, descubrirás que el bloqueo durante el periodo de vanidad resulta haber sido un golpe de buena suerte. Porque la diversión hacia la que luchas por volver ha sido transfigurada por la profunda insatisfacción causada por la vanidad y el miedo, una insatisfacción que ahora estás tan ansioso de evitar, que la diversión que redescubres es de un tipo más pleno y abrazador. Tiene algo que ver con el trabajo como forma de juego. O con el descubrimiento de que la diversión disciplinada es algo más que la diversión impulsiva y hedonista. O con comprender que no todas las paradojas tienen que ser paralizantes. La administración de este nuevo tipo de diversión convierte la escritura de ficción en un medio para profundizar en tu interior e iluminar precisamente las cosas que no quieres ver ni que los demás vean, y esas cosas se revelan a la postre (paradójicamente) como aquello que todos los escritores y lectores, en todas partes, comparten y a lo que responden: sentimiento. La escritura se convierte en un modo de conocerse a uno mismo y decir la verdad en lugar de un modo de escapar de ti o de presentarte a ti mismo como alguien que tú crees que es mucho más interesante. El proceso es complicado y confuso y da miedo, y también es un trabajo duro, pero su fruto es la mejor diversión que existe.

El hecho de que ahora puedes cimentar la diversión de la escritura en el enfrentamiento a las partes menos divertidas de ti, y que en un primer momento habías tratado de evitar mediante la escritura, es otra paradoja, pero ésta no es, en absoluto, motivo de bloqueo. Lo que es, es un regalo, algo parecido a un milagro, y comparado con ella la recompensa del afecto de los demás se convierte en polvo, en pelusas.

.

Etiquetado: , ,