Habitantes casi abstractos del aire, los pájaros tienen un poder sobrenatural sobre los hombres. Su símbolo, su arquetipo, su sola capacidad de vuelo, ejercen una fuerza sobre nosotros: ante su iluminada presencia, nuestro subconsciente despierta inevitablemente. Encarnaciones del alma, de lo elevado, las aves han sido parte de mitos y leyendas donde figuran como creadores, mensajeros, deidades y, en ocasiones, como ángeles sin alas.

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En 1522, las pieles emplumadas de una especie de pájaros nunca antes vistos en Europa llegaron a la corte de Carlos V. Eran aves del paraíso (o lo que quedaba de sus bellos cuerpos); habían sido traídas de las Indias Orientales al lado de especias y otras exóticas maravillas a bordo del último barco que quedaba de la flota que, en 1519, había zarpado para recorrer el globo bajo el mando de Fernando de Magallanes. Antonio Pigafetta, cronista del barco, describió a los cinco pájaros que llegaron a España:

Estas aves tienen el tamaño de un tordo; tienen cabezas pequeñas, picos largos, piernas delgadas como plumas para escribir y miden un palmo de largo; no tienen alas, en vez ostentan largas plumas de distintos colores, como cálamos… nunca vuelan, excepto cuando el viento sopla. Nos han dicho que estos pájaros provienen del Paraíso terrenal y son llamados ‘bolon dinata’, es decir, ‘pájaros divinos’.

Así, durante los siglos XVI y XVII, a Europa llegaban sólo los restos de estas aves asiáticas, nunca ejemplares vivos. Los habitantes de Nueva Guinea los usaban como accesorios en danzas y ceremonias tribales, por lo que los pájaros se presentaban encogidos, deformes y sin alas ni patas; sus entrañas habían sido removidas y su piel ahumada para darle un aspecto dramático; por esta razón sus enormes picos y largas plumas parecían tener un tamaño desproporcionado en comparación con el resto de su cuerpo. Probablemente, su extraña apariencia fue una de las razones del nacimiento de su leyenda.

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Por su espectacular belleza, las plumas de estas aves se comerciaban en Asia como costosas mercancías miles de años antes de que los europeos llegaran ahí en el siglo XV (en busca de codiciadas especias como la canela, el clavo y la nuez moscada). Junto con los cuerpos mutilados y sus deslumbrantes plumajes, a Europa también arribaron los mitos. Uno de muchos contaba la historia de una hermosa especie de pájaros que vivían en el aire y sólo tocaban el suelo cuando morían; se creía que provenían del Paraíso y las llamaron “aves de Dios”.

Al estudiar a los extraños pájaros, los naturalistas de la época llegaron a conclusiones extrañas y encantadoras. Por no tener órganos internos, supusieron que se alimentaban sólo de aire y rocío. Además, se creía que los machos tenían una cavidad en su espalda donde las hembras ponían los huevos y los incubaban. Muchas especulaciones más se hicieron sobre sus métodos de reproducción y algunos valientes propusieron, más adelante, que las aves se alimentaban de insectos. Fueron llamados Manucodiata, un nombre que venía del malayo Mamuco diuata (“pájaros de Dios”).

Con el paso del tiempo, los cuerpos de las aves del paraíso se volvieron más abundantes en Europa, frecuentemente importados por comerciantes españoles y portugueses que viajaban al Oriente. Sus plumajes iridiscentes terminaban, casi siempre, en las preciosas colecciones y gabinetes de curiosidades de nobles y acaudalados —sólo ellos podían verlos, por lo que para la gente común existían exclusivamente en descripciones y narraciones de los pocos que las habían visto. Estos raros objetos también figuraron en libros de emblemas y de filosofía natural como seres angelicales que flotaban por el aire y eran símbolo de la ascensión espiritual; incluso llegaron a ser pensados como seres emparentados con el Ave Fénix. Estas historias también derivaron de las muchas leyendas que circulaban entonces por Europa y que sostenían que el Oriente había sido un paraíso exótico, abundante de riquezas y maravillas.

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Con el tiempo, los naturalistas y estudiosos tuvieron acceso a algunos especímenes a los que no se les habían cortado las patas; este fue el comienzo del fin de la leyenda de las aves del paraíso, que poco a poco se volvieron terrenales. A pesar de esto, sus imágenes sobrevivieron, y su presencia en pinturas, textos religiosos y alegorías sólo comprobó aquello de lo que estaban realmente hechos: de lo maravilloso y lo espiritual dentro de los hombres que las concibieron. Tan potente como sus cantos, la imposibilidad angelical sobrevive a estos animales que nacieron de la imaginación de una era.

 

 

 

Imágenes: 1) Dominio Público 2) Dominio Público 3) Dominio Público 4) Internet Archive

 

 

Habitantes casi abstractos del aire, los pájaros tienen un poder sobrenatural sobre los hombres. Su símbolo, su arquetipo, su sola capacidad de vuelo, ejercen una fuerza sobre nosotros: ante su iluminada presencia, nuestro subconsciente despierta inevitablemente. Encarnaciones del alma, de lo elevado, las aves han sido parte de mitos y leyendas donde figuran como creadores, mensajeros, deidades y, en ocasiones, como ángeles sin alas.

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En 1522, las pieles emplumadas de una especie de pájaros nunca antes vistos en Europa llegaron a la corte de Carlos V. Eran aves del paraíso (o lo que quedaba de sus bellos cuerpos); habían sido traídas de las Indias Orientales al lado de especias y otras exóticas maravillas a bordo del último barco que quedaba de la flota que, en 1519, había zarpado para recorrer el globo bajo el mando de Fernando de Magallanes. Antonio Pigafetta, cronista del barco, describió a los cinco pájaros que llegaron a España:

Estas aves tienen el tamaño de un tordo; tienen cabezas pequeñas, picos largos, piernas delgadas como plumas para escribir y miden un palmo de largo; no tienen alas, en vez ostentan largas plumas de distintos colores, como cálamos… nunca vuelan, excepto cuando el viento sopla. Nos han dicho que estos pájaros provienen del Paraíso terrenal y son llamados ‘bolon dinata’, es decir, ‘pájaros divinos’.

Así, durante los siglos XVI y XVII, a Europa llegaban sólo los restos de estas aves asiáticas, nunca ejemplares vivos. Los habitantes de Nueva Guinea los usaban como accesorios en danzas y ceremonias tribales, por lo que los pájaros se presentaban encogidos, deformes y sin alas ni patas; sus entrañas habían sido removidas y su piel ahumada para darle un aspecto dramático; por esta razón sus enormes picos y largas plumas parecían tener un tamaño desproporcionado en comparación con el resto de su cuerpo. Probablemente, su extraña apariencia fue una de las razones del nacimiento de su leyenda.

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Por su espectacular belleza, las plumas de estas aves se comerciaban en Asia como costosas mercancías miles de años antes de que los europeos llegaran ahí en el siglo XV (en busca de codiciadas especias como la canela, el clavo y la nuez moscada). Junto con los cuerpos mutilados y sus deslumbrantes plumajes, a Europa también arribaron los mitos. Uno de muchos contaba la historia de una hermosa especie de pájaros que vivían en el aire y sólo tocaban el suelo cuando morían; se creía que provenían del Paraíso y las llamaron “aves de Dios”.

Al estudiar a los extraños pájaros, los naturalistas de la época llegaron a conclusiones extrañas y encantadoras. Por no tener órganos internos, supusieron que se alimentaban sólo de aire y rocío. Además, se creía que los machos tenían una cavidad en su espalda donde las hembras ponían los huevos y los incubaban. Muchas especulaciones más se hicieron sobre sus métodos de reproducción y algunos valientes propusieron, más adelante, que las aves se alimentaban de insectos. Fueron llamados Manucodiata, un nombre que venía del malayo Mamuco diuata (“pájaros de Dios”).

Con el paso del tiempo, los cuerpos de las aves del paraíso se volvieron más abundantes en Europa, frecuentemente importados por comerciantes españoles y portugueses que viajaban al Oriente. Sus plumajes iridiscentes terminaban, casi siempre, en las preciosas colecciones y gabinetes de curiosidades de nobles y acaudalados —sólo ellos podían verlos, por lo que para la gente común existían exclusivamente en descripciones y narraciones de los pocos que las habían visto. Estos raros objetos también figuraron en libros de emblemas y de filosofía natural como seres angelicales que flotaban por el aire y eran símbolo de la ascensión espiritual; incluso llegaron a ser pensados como seres emparentados con el Ave Fénix. Estas historias también derivaron de las muchas leyendas que circulaban entonces por Europa y que sostenían que el Oriente había sido un paraíso exótico, abundante de riquezas y maravillas.

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Con el tiempo, los naturalistas y estudiosos tuvieron acceso a algunos especímenes a los que no se les habían cortado las patas; este fue el comienzo del fin de la leyenda de las aves del paraíso, que poco a poco se volvieron terrenales. A pesar de esto, sus imágenes sobrevivieron, y su presencia en pinturas, textos religiosos y alegorías sólo comprobó aquello de lo que estaban realmente hechos: de lo maravilloso y lo espiritual dentro de los hombres que las concibieron. Tan potente como sus cantos, la imposibilidad angelical sobrevive a estos animales que nacieron de la imaginación de una era.

 

 

 

Imágenes: 1) Dominio Público 2) Dominio Público 3) Dominio Público 4) Internet Archive