Los fantasmas son la máxima expresión de la ausencia, por eso nunca desaparecerán de nuestro imaginario. Cada cultura ha sabido delinear estas borrosas presencias a su manera y Japón, por su parte, ha sabido hacerlo como ninguna otra —creando, por ejemplo, una religión exclusiva para los fantasmas que les otorgó en otra época, incluso, títulos nobiliarios. Yurei es la palabra japonesa que designa de manera general a los fantasmas, pero existen innumerables leyendas de conocidos espectros nipones con nombres específicos e historias propias, mitos que aún son capaces de causar espanto, pero más aún, de acercarnos a la singular relación que tiene este país asiático con la muerte.

La cultura japonesa en torno a los fantasmas, como apunta este artículo de Aeon, se extiende a siglos atrás y está profundamente relacionada con las nociones de justicia e injusticia; también se caracteriza por un profundo temor por las cuestiones no resueltas, por lo inconcluso. Pero en Japón, un alma en pena puede recibir la ayuda de sus familiares. Si éstos hacen los rituales propicios, como un funeral adecuado, los rezos convenientes y las visitas necesarias a la tumba, el alma puede acceder al mundo de los muertos y liberarse. Una vez ahí, el espíritu es capaz de dar protección y ayuda a sus parientes vivos.

Si alguien ha muerto de forma violenta o inesperada, a causa de una injusticia, su espíritu podría regresar al mundo de los vivos en busca de una satisfacción o venganza. Así, en el imaginario japonés abundan los fantasmas femeninos, víctimas frecuentes de crueldad y abandono. Existe una gran cantidad de leyendas de mujeres que regresan al mundo de los vivos en busca de venganza; también otras que murieron dando a luz, conocidas como ubume. Ellas figuran con frecuencia en historias, pinturas, xilografías y espectáculos dramáticos del teatro kabuki, por ejemplo.

Otro conocido espectro japonés es el ikiryo, un espíritu que deambula el mundo de los vivos movido por el enojo y los celos, y que es capaz de introducirse al cuerpo de una persona para atormentarla o tomar venganza contra sus enemigos. El mensaje en la mayor parte de las historias de fantasmas del Japón tiene una faceta moral; éstas hablan de las consecuencias de hacer el mal y sirvieron, en épocas pasadas, como vehículo para difundir los principios del budismo dentro de un público amplio.

Una de las más importantes recopilaciones de la herencia fantasmagórica nipona es Leyendas de Tono (1910) de Kunio Yanagita, uno de los primeros folcloristas japoneses. Fue escrito con al finalidad de acercar a los habitantes de las crecientes áreas urbanas a su cultura popular y así salvarla del olvido —algo que, probablemente, nunca podría haber sucedido: los fantasmas merodean la esencia del Japón.

Para los japoneses modernos, cada año durante el verano, los fantasmas visitan este mundo durante el Festival de Obon, que incluye comida y bebida, fiestas y bailes. Incluso, existe un lugar en al norte del país que es considerado por muchos la entrada al mundo de los muertos, un templo budista de más de mil años llamado Bodai-ji. Finalmente y en un espacio más contemporáneo, podemos pensar en el cine de terror japonés, cuyos memorables fantasmas habitan el imaginario del mundo entero.

Otro precioso ejemplo de estas costumbres son todas las recién nacidas leyendas de fantasmas que surgieron tras el severo terremoto que azotó al país asiático en 2011 y el tsunami posterior. Los sobrevivientes de estas tragedias muy pronto comenzaron a reportar presencias sobrenaturales, visitas de aquellos que perdieron la vida tras el desastre. Mujeres y hombres vestidos con ropas de invierno en pleno verano que eran vistos y desaparecían, pasajeros que se desvanecían en el asiento trasero de los taxis o el carro de juguete de un niño fallecido moviéndose en medio de una habitación son algunos de estos recuentos.

Hoy Japón existe como uno de los países más modernos y avanzados del mundo, al menos en lo que se refiere a la tecnología y los espacios urbanos. Paradójicamente, su relación con la fantasmagoria se conserva intacta. Los taxistas, acostumbrados a los pasajeros espectrales, no reaccionan con miedo ante su presencia, en cambio sólo escuchan lo que tienen que decir mientras los llevan a su destino. Los fantasmas, bondadosos o vengativos, antiguos o contemporáneos, habitan este país hoy como lo han hecho durante miles de años. Su sobrevivencia, a veces amable y a veces perturbadora, sólo puede provocar un cuestionamiento profundo y merecido sobre la estabilidad de nuestra propia existencia. Pues si algo es un fantasma, también, es una etérea indicación de la fragilidad de nuestra vida.

 

 

Imagen: Dominio público

Los fantasmas son la máxima expresión de la ausencia, por eso nunca desaparecerán de nuestro imaginario. Cada cultura ha sabido delinear estas borrosas presencias a su manera y Japón, por su parte, ha sabido hacerlo como ninguna otra —creando, por ejemplo, una religión exclusiva para los fantasmas que les otorgó en otra época, incluso, títulos nobiliarios. Yurei es la palabra japonesa que designa de manera general a los fantasmas, pero existen innumerables leyendas de conocidos espectros nipones con nombres específicos e historias propias, mitos que aún son capaces de causar espanto, pero más aún, de acercarnos a la singular relación que tiene este país asiático con la muerte.

La cultura japonesa en torno a los fantasmas, como apunta este artículo de Aeon, se extiende a siglos atrás y está profundamente relacionada con las nociones de justicia e injusticia; también se caracteriza por un profundo temor por las cuestiones no resueltas, por lo inconcluso. Pero en Japón, un alma en pena puede recibir la ayuda de sus familiares. Si éstos hacen los rituales propicios, como un funeral adecuado, los rezos convenientes y las visitas necesarias a la tumba, el alma puede acceder al mundo de los muertos y liberarse. Una vez ahí, el espíritu es capaz de dar protección y ayuda a sus parientes vivos.

Si alguien ha muerto de forma violenta o inesperada, a causa de una injusticia, su espíritu podría regresar al mundo de los vivos en busca de una satisfacción o venganza. Así, en el imaginario japonés abundan los fantasmas femeninos, víctimas frecuentes de crueldad y abandono. Existe una gran cantidad de leyendas de mujeres que regresan al mundo de los vivos en busca de venganza; también otras que murieron dando a luz, conocidas como ubume. Ellas figuran con frecuencia en historias, pinturas, xilografías y espectáculos dramáticos del teatro kabuki, por ejemplo.

Otro conocido espectro japonés es el ikiryo, un espíritu que deambula el mundo de los vivos movido por el enojo y los celos, y que es capaz de introducirse al cuerpo de una persona para atormentarla o tomar venganza contra sus enemigos. El mensaje en la mayor parte de las historias de fantasmas del Japón tiene una faceta moral; éstas hablan de las consecuencias de hacer el mal y sirvieron, en épocas pasadas, como vehículo para difundir los principios del budismo dentro de un público amplio.

Una de las más importantes recopilaciones de la herencia fantasmagórica nipona es Leyendas de Tono (1910) de Kunio Yanagita, uno de los primeros folcloristas japoneses. Fue escrito con al finalidad de acercar a los habitantes de las crecientes áreas urbanas a su cultura popular y así salvarla del olvido —algo que, probablemente, nunca podría haber sucedido: los fantasmas merodean la esencia del Japón.

Para los japoneses modernos, cada año durante el verano, los fantasmas visitan este mundo durante el Festival de Obon, que incluye comida y bebida, fiestas y bailes. Incluso, existe un lugar en al norte del país que es considerado por muchos la entrada al mundo de los muertos, un templo budista de más de mil años llamado Bodai-ji. Finalmente y en un espacio más contemporáneo, podemos pensar en el cine de terror japonés, cuyos memorables fantasmas habitan el imaginario del mundo entero.

Otro precioso ejemplo de estas costumbres son todas las recién nacidas leyendas de fantasmas que surgieron tras el severo terremoto que azotó al país asiático en 2011 y el tsunami posterior. Los sobrevivientes de estas tragedias muy pronto comenzaron a reportar presencias sobrenaturales, visitas de aquellos que perdieron la vida tras el desastre. Mujeres y hombres vestidos con ropas de invierno en pleno verano que eran vistos y desaparecían, pasajeros que se desvanecían en el asiento trasero de los taxis o el carro de juguete de un niño fallecido moviéndose en medio de una habitación son algunos de estos recuentos.

Hoy Japón existe como uno de los países más modernos y avanzados del mundo, al menos en lo que se refiere a la tecnología y los espacios urbanos. Paradójicamente, su relación con la fantasmagoria se conserva intacta. Los taxistas, acostumbrados a los pasajeros espectrales, no reaccionan con miedo ante su presencia, en cambio sólo escuchan lo que tienen que decir mientras los llevan a su destino. Los fantasmas, bondadosos o vengativos, antiguos o contemporáneos, habitan este país hoy como lo han hecho durante miles de años. Su sobrevivencia, a veces amable y a veces perturbadora, sólo puede provocar un cuestionamiento profundo y merecido sobre la estabilidad de nuestra propia existencia. Pues si algo es un fantasma, también, es una etérea indicación de la fragilidad de nuestra vida.

 

 

Imagen: Dominio público