Tal vez porque se trata de objetos que han logrado conquistar el tiempo y así permanecer, o porque su arquitectura remota tiene algo de hechizante, el encanto que proyectan en general las ruinas es apreciado casi universalmente. En la frontera turco-armenia, muy cerca del río Arpa, se observa lo que queda de una ciudad medieval, un páramo cuyas ruinas hablan de todos sus fantasmas: los recuerdos del ingobernable pueblo de Ani o “la ciudad de las 1001 iglesias”.

Antiguamente la legendaria ciudad de Ani, fundada por la dinastía Bagratuni, encontró un lugar en el mapa de ciudades históricas como Constantinopla o El Cairo, con una población que oscilaba entre los 100,000 y 200,000 habitantes. Como todo gran imperio atestado de audacia, Ani fue construida en una zona estratégica, una especie de triángulo superpuesto en lo alto de una colina, que le confirió fortaleza a lo largo de un centenario y hasta la conquista bizantina, en 1045. Desde aquella fecha, los escenarios próximos de esta ambiciosa metrópoli fueron decadentes: persistentes conquistas y saqueos obligaron a su población, finalmente, a convertirla en ciudad fantasma a mediados del siglo XVIII.

Sin embargo, lo que a Ani no pudo nadie arrebatarle fue precisamente el más grande de sus tesoros: su preciosa arquitectura religiosa. En 992, el Catholicós de Armenia la eligió como principal sede patriarcal. Se erigieron ejemplos de arquitectura sasánida, árabe, armenia y seljuk, principalmente iglesias construidas de basalto volcánico. De ahí que hoy en día, a más de 1 milenio de su fundación, sobrevivan entre sus colinas incansables monumentos sacro-medievales por los que es nombrada la ciudad de las 1001 iglesias.

La historia de Ani, de su territorio, ha sido siempre la de un páramo en destrucción continua. 1 siglo más tarde de su abandono en el siglo XVIII fue redescubierta por arqueólogos y viajeros europeos que consolidaron un museo dedicado a los objetos encontrados ahí, pero finalmente se destinó a su saqueo y abandono una vez que Turquía se apoderó del territorio, después de la primera guerra mundial. Luego, encontrándose en la comarca que actualmente divide Turquía y Armenia, ha sido víctima de inacabables explotaciones, vandalismo, restauraciones poco adecuadas y azares desfavorables de la naturaleza misma.

A pesar de lo anterior, Ani, con su legión de 1001 iglesias, parece que seguirá desafiando al tiempo, quizá por siempre.

ani
wall-in-ani
ani
ani-katedral
ani-tigran-honents
armenia-churches-ani

*Imágenes: 1, 2, 4) Ggia; 3) Dusty Kurtz; 5) Citrat; 6) Marko Anastasia; 7) hraigoes / Wikimedia Commons

Tal vez porque se trata de objetos que han logrado conquistar el tiempo y así permanecer, o porque su arquitectura remota tiene algo de hechizante, el encanto que proyectan en general las ruinas es apreciado casi universalmente. En la frontera turco-armenia, muy cerca del río Arpa, se observa lo que queda de una ciudad medieval, un páramo cuyas ruinas hablan de todos sus fantasmas: los recuerdos del ingobernable pueblo de Ani o “la ciudad de las 1001 iglesias”.

Antiguamente la legendaria ciudad de Ani, fundada por la dinastía Bagratuni, encontró un lugar en el mapa de ciudades históricas como Constantinopla o El Cairo, con una población que oscilaba entre los 100,000 y 200,000 habitantes. Como todo gran imperio atestado de audacia, Ani fue construida en una zona estratégica, una especie de triángulo superpuesto en lo alto de una colina, que le confirió fortaleza a lo largo de un centenario y hasta la conquista bizantina, en 1045. Desde aquella fecha, los escenarios próximos de esta ambiciosa metrópoli fueron decadentes: persistentes conquistas y saqueos obligaron a su población, finalmente, a convertirla en ciudad fantasma a mediados del siglo XVIII.

Sin embargo, lo que a Ani no pudo nadie arrebatarle fue precisamente el más grande de sus tesoros: su preciosa arquitectura religiosa. En 992, el Catholicós de Armenia la eligió como principal sede patriarcal. Se erigieron ejemplos de arquitectura sasánida, árabe, armenia y seljuk, principalmente iglesias construidas de basalto volcánico. De ahí que hoy en día, a más de 1 milenio de su fundación, sobrevivan entre sus colinas incansables monumentos sacro-medievales por los que es nombrada la ciudad de las 1001 iglesias.

La historia de Ani, de su territorio, ha sido siempre la de un páramo en destrucción continua. 1 siglo más tarde de su abandono en el siglo XVIII fue redescubierta por arqueólogos y viajeros europeos que consolidaron un museo dedicado a los objetos encontrados ahí, pero finalmente se destinó a su saqueo y abandono una vez que Turquía se apoderó del territorio, después de la primera guerra mundial. Luego, encontrándose en la comarca que actualmente divide Turquía y Armenia, ha sido víctima de inacabables explotaciones, vandalismo, restauraciones poco adecuadas y azares desfavorables de la naturaleza misma.

A pesar de lo anterior, Ani, con su legión de 1001 iglesias, parece que seguirá desafiando al tiempo, quizá por siempre.

ani
wall-in-ani
ani
ani-katedral
ani-tigran-honents
armenia-churches-ani

*Imágenes: 1, 2, 4) Ggia; 3) Dusty Kurtz; 5) Citrat; 6) Marko Anastasia; 7) hraigoes / Wikimedia Commons