Existen pocas cosas más íntimas que una carta. Y aunque vivimos en una era de correos electrónicos y mensajes de texto, nada nunca será tan personal como una misiva escrita sobre papel. Como si el simple hecho de hacer algo con nuestras propias manos dotara al objeto de una cualidad metafísica que podría contener, al menos, un poco de la esencia del quien la envía.

Por siglos, los remitentes han utilizado distintos métodos para guardar una carta de ser violada, dobleces y cortes en el papel, sellos de laca o de cera y otros, hilos y lazos, extraños métodos que escondieron los secretos de reyes y emperadores, de generales y soldados —mensajes de los que muchas cosas importantes podían depender, incluso la vida de alguien o el destino de una nación.

Por hablar sólo de un ejemplo, el 8 de febrero de 1587 María, reina de Escocia, escribió a su cuñado lo que sería su última carta, seis horas después habría de ser decapitada por traición, por órdenes de su prima la reina Isabel I de Inglaterra. La misiva, desde entonces, se ha convertido en uno de los objetos más valorados en Escocia como símbolo de su historia y como conmovedor testigo de una mujer lidiando con su inevitable muerte. Para guardar la privacidad de su última carta, la reina usó lo que se conocía como “candado de mariposa”, una de las cientos de técnicas que durante años ha estudiado Jana Dambrogio, curadora en la MIT Library del Instituto de Tecnología de Massachusetts.

Dambrogio ha dedicado la última década de su vida a estudiar los distintos mecanismos y técnicas que se han usado a lo largo de la historia para asegurar correspondencia, antes de que los sobres fabricados de forma masiva (que pueden cerrase, simplemente, lamiendo la orilla con pegamento) se inventaran. Ella actualmente prepara un diccionario de técnicas para asegurar cartas. Su trabajo podría pensarse como la de una investigadora privada de antiguos y fascinantes secretos epistolares.

Muchos otros personajes de la historia, además de María de Escocia, recurrieron a  las diversas técnicas que existen para resguardar correspondencia, algunos de ellos fueron Maquiavelo, Galileo, María Antonieta, John Donne y Alberto Durero, por nombrar sólo algunos. Se trata de una práctica que acompañó la comunicación escrita durante siglos y su diversidad de técnicas, con todo el ingenio que suponen, es sorprendente.

Frecuentemente, en el pasado, las cartas se sellaban de manera que el mismo papel escrito se convertía en el sobre. Dependiendo del nivel de privacidad deseado, se podía recurrir a un simple sellado triangular o, si se necesitaba más seguridad, se recurría a un sellado-trampa en forma de daga, por ejemplo. Éste incluía cortes, dobleces, un hilo que aseguraba la carta y un sello de laca; las características de esta técnica eran una trampa porque, a primera vista, el sello de la carta parecía sencillo, pero una vez que se intentaba abrir, podía destruirse el papel.

El tiempo de existencia de la práctica de sellado de cartas en Occidente comenzó con la fabricación de papel flexible, alrededor del siglo XIII, y termina con la fabricación de sobres a gran escala, en el siglo XIX. Pero se trata de una costumbre que forma parte de la larga historia (de por lo menos 10,000 años) de la práctica de asegurar documentos, una que empieza con las tablillas de arcilla de la antigua Mesopotamia.

Quienes estudian en la actualidad el antiguo arte de asegurar la correspondencia creen que la técnica que se usaba para hacerlo siempre hablaba del gusto y la personalidad del remitente, y podía decir muchas cosas acerca de su estatus social, su gusto y otras cuestiones del tipo. Pero más aún, las hermosas técnicas que existen para resguardar una misiva nos recuerdan que las cartas son objetos-tesoro capaces de salvar vidas, y objetos dotados de un poder misterioso, fascinante y, muchas veces, secreto.

 

Imagen: Dominio público

Existen pocas cosas más íntimas que una carta. Y aunque vivimos en una era de correos electrónicos y mensajes de texto, nada nunca será tan personal como una misiva escrita sobre papel. Como si el simple hecho de hacer algo con nuestras propias manos dotara al objeto de una cualidad metafísica que podría contener, al menos, un poco de la esencia del quien la envía.

Por siglos, los remitentes han utilizado distintos métodos para guardar una carta de ser violada, dobleces y cortes en el papel, sellos de laca o de cera y otros, hilos y lazos, extraños métodos que escondieron los secretos de reyes y emperadores, de generales y soldados —mensajes de los que muchas cosas importantes podían depender, incluso la vida de alguien o el destino de una nación.

Por hablar sólo de un ejemplo, el 8 de febrero de 1587 María, reina de Escocia, escribió a su cuñado lo que sería su última carta, seis horas después habría de ser decapitada por traición, por órdenes de su prima la reina Isabel I de Inglaterra. La misiva, desde entonces, se ha convertido en uno de los objetos más valorados en Escocia como símbolo de su historia y como conmovedor testigo de una mujer lidiando con su inevitable muerte. Para guardar la privacidad de su última carta, la reina usó lo que se conocía como “candado de mariposa”, una de las cientos de técnicas que durante años ha estudiado Jana Dambrogio, curadora en la MIT Library del Instituto de Tecnología de Massachusetts.

Dambrogio ha dedicado la última década de su vida a estudiar los distintos mecanismos y técnicas que se han usado a lo largo de la historia para asegurar correspondencia, antes de que los sobres fabricados de forma masiva (que pueden cerrase, simplemente, lamiendo la orilla con pegamento) se inventaran. Ella actualmente prepara un diccionario de técnicas para asegurar cartas. Su trabajo podría pensarse como la de una investigadora privada de antiguos y fascinantes secretos epistolares.

Muchos otros personajes de la historia, además de María de Escocia, recurrieron a  las diversas técnicas que existen para resguardar correspondencia, algunos de ellos fueron Maquiavelo, Galileo, María Antonieta, John Donne y Alberto Durero, por nombrar sólo algunos. Se trata de una práctica que acompañó la comunicación escrita durante siglos y su diversidad de técnicas, con todo el ingenio que suponen, es sorprendente.

Frecuentemente, en el pasado, las cartas se sellaban de manera que el mismo papel escrito se convertía en el sobre. Dependiendo del nivel de privacidad deseado, se podía recurrir a un simple sellado triangular o, si se necesitaba más seguridad, se recurría a un sellado-trampa en forma de daga, por ejemplo. Éste incluía cortes, dobleces, un hilo que aseguraba la carta y un sello de laca; las características de esta técnica eran una trampa porque, a primera vista, el sello de la carta parecía sencillo, pero una vez que se intentaba abrir, podía destruirse el papel.

El tiempo de existencia de la práctica de sellado de cartas en Occidente comenzó con la fabricación de papel flexible, alrededor del siglo XIII, y termina con la fabricación de sobres a gran escala, en el siglo XIX. Pero se trata de una costumbre que forma parte de la larga historia (de por lo menos 10,000 años) de la práctica de asegurar documentos, una que empieza con las tablillas de arcilla de la antigua Mesopotamia.

Quienes estudian en la actualidad el antiguo arte de asegurar la correspondencia creen que la técnica que se usaba para hacerlo siempre hablaba del gusto y la personalidad del remitente, y podía decir muchas cosas acerca de su estatus social, su gusto y otras cuestiones del tipo. Pero más aún, las hermosas técnicas que existen para resguardar una misiva nos recuerdan que las cartas son objetos-tesoro capaces de salvar vidas, y objetos dotados de un poder misterioso, fascinante y, muchas veces, secreto.

 

Imagen: Dominio público